Apuesta Mortal.

X- Entre la espada y la pared.

_“El pasado nunca muere… solo espera el momento perfecto para reclamar lo que aún arde.”_

Cuando llegamos a la estación de policía me di cuenta de lo ansiosa que estaba por llegar. Los nervios me recorrían la piel como descargas eléctricas, haciéndome torpe, inestable, incapaz de hilar una frase sin que la voz me temblara. Por eso había decidido mantener la boca cerrada durante todo el trayecto. Luca, al parecer, había tomado la misma decisión: se había sumido en sus propios pensamientos, con la mirada fija en la carretera y el ceño fruncido como si cargara con un peso invisible.

El silencio se volvió insoportable.

—Gracias por el aventón —dije al fin, rompiendo la quietud, después de cinco largos minutos estacionados frente a la estación.

Luca parpadeó, como si lo hubiera arrancado de un trance, y lentamente giró el rostro hacia mí. No sé qué esperaba encontrar en sus ojos, pero desde luego no era el frío que me devolvieron.

—No es nada —respondió con voz grave, seca—. Como dije antes, es mi trabajo.

Ese tono me atravesó como un cuchillo. Era obvio que estaba molesto, y lo entendía. No era la primera vez que intentaba besarlo, y cada intento fallido parecía abrir más la brecha entre nosotros.

—Gracias de todos modos —murmuré, bajando la mirada.

—Haré que uno de los muchachos vaya por tu auto y lo deje en el estacionamiento de la estación —añadió, aún mirándome con esa distancia que me dolía más que cualquier reproche.

—Sí… eso estaría genial. Gracias de nuevo y… que tengas un buen día —susurré mientras abría la puerta y bajaba de la camioneta.

Él asintió apenas, sin una palabra más. En cuanto cerré la puerta, arrancó el vehículo y se perdió en la calle como alma que lleva el diablo. Lo vi alejarse con un nudo en la garganta, y suspiré antes de encaminarme hacia el edificio. No tenía ánimos de ir a mi oficina; mi cabeza estaba en otro lugar, demasiado ocupada comparando a Luca con Ethan.

Ambos eran apuestos, sí. Pero mientras Luca me atraía físicamente, con esa seguridad que emanaba de cada gesto, Ethan… con él era distinto. Y complicado. No era solo atracción física lo que sentía por él; lo nuestro siempre había estado más allá de lo evidente. Con Ethan me había sentido segura, libre, capaz de ser yo misma sin máscaras.

La imagen de sus ojos grises se presentó en mi mente sin permiso: profundos, tormentosos, enmarcados por pestañas negras que parecían delinear un secreto. Sus labios carnosos y varoniles prometían una fuerza contenida, y su cabello oscuro, despeinado pero elegante, caía en mechones rebeldes sobre su frente. Su piel bronceada, sus hoyuelos al sonreír, su figura atlética e imponente… todo él era un recuerdo que me estremecía incluso en la distancia.

—No puede ser —murmuré entre dientes—. Estoy jodida. Irremediablemente jodida.

Suspiré con derrota y, cuando levanté la cabeza, descubrí que mis pasos me habían llevado hasta la puerta de la morgue. Mi cuerpo había decidido por mí. Sabía que dentro encontraría a Marisol, quizá trabajando en algún caso, analizando muestras o desayunando rodeada de cadáveres. Ella era así: extraña, morbosa, pero brillante. Y, sobre todo, sabía escuchar.

—Quizá me vendría bien uno de sus consejos —dije al aire, como si el eco pudiera responderme.

Abrí la pesada puerta metálica y el frío me golpeó de inmediato, un aire helado que me erizó la piel. El murmullo constante del aire acondicionado llenaba la sala, un recordatorio de que allí la temperatura debía mantenerse baja para preservar los cuerpos. El olor era peculiar: una mezcla de desinfectante, metal y algo más tenue, difícil de nombrar, pero imposible de ignorar. Las paredes blancas reflejaban la luz fluorescente, creando un ambiente aséptico, casi inhumano. Las mesas de acero inoxidable brillaban bajo la luz, algunas cubiertas con instrumentos quirúrgicos, otras con carpetas y bolsas selladas.

Cerré la puerta tras de mí con un suave “click” y avancé despacio, observando el lugar.

La encontré sentada en una silla giratoria, los codos apoyados sobre un escritorio metálico. Entre sus manos sostenía una taza de café humeante, y a su lado descansaba un plato con un par de medialunas a medio comer. Estaba conectada a sus audífonos, absorta en su mundo, sin percatarse de mi llegada.

Me acerqué, y cuando estuve a unos pasos, Marisol giró la silla. Al verme, su rostro se iluminó con una sonrisa amplia, cálida, que contrastaba con la frialdad metálica del lugar. El aire helado de la morgue me erizaba la piel, pero su sonrisa era como un fuego inesperado.

—¡Mira quién aparece a estas horas! —exclamó con tono burlón, quitándose los audífonos—. ¿Vienes por un cadáver, por café… o por terapia gratuita?

—Por terapia —admití, dejándome caer en la silla frente a ella con un suspiro derrotado, como si mi cuerpo ya no pudiera sostener el peso de mis pensamientos.

Marisol arqueó una ceja, divertida, y dio un sorbo a su café.

—Sabía que algo raro pasaba. Tienes esa cara de “me metí en un buen lío” que no se te ve desde hace meses. Suéltalo.

Me pasé las manos por el rostro, intentando ordenar el caos que me devoraba por dentro.

—Es Luca… —empecé, y el simple hecho de pronunciar su nombre me hizo estremecer—. Esta mañana, cuando me trajo hasta la estación… estaba frío, distante. Y lo entiendo, porque antes… casi lo besé. Otra vez.

Marisol dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco, el sonido metálico resonó en la sala como un veredicto. Me miró como si acabara de confesar un crimen. Y quizá lo fuera, dependiendo de a quién se le pregunte. Ella ya sabía de mi anterior y frustrado intento.

—¿Otra vez? —repitió, enfatizando cada sílaba, con una mezcla de incredulidad y diversión—. ¿Y qué hizo el caballero protector?

—Se apartó. Como si lo hubiera quemado. Y luego se encerró en sí mismo, distante, como si yo hubiera cruzado una línea prohibida.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.