El tiempo se revolcó aquel veinticuatro de diciembre. Todo comenzó a las cuatro de la tarde con tres pequeños temblores, apenas registrados por la escala de Richter. Los epicentros se ubicaron en el área norte de la isla, a unas tres millas del pintoresco pueblo de Dorado. A pesar de la magnitud modesta de los temblores, la electricidad se mantuvo estable y no se reportaron daños directos en las viviendas que bordeaban el mar Atlántico.
Sin embargo, lo que llamó la atención de los habitantes fue el inusual comportamiento de las corrientes marinas. Las olas, por lo general tranquilas, comenzaron a agitarse de manera alarmante, elevándose a alturas de hasta quince pies. Esta intensidad era poco común para la época del año, y pronto surgieron preguntas sobre la naturaleza de este fenómeno marítimo-terrestre. De seguro que los navegantes de olas ya estaban organizando beneficiarse de los pies de agua marina descomunales que se habían desarrollado posterior al movimiento de la tierra.
Al ir cayendo el crepúsculo del día una inquietante sensación de inquietud se apoderó de la comunidad que vivían en la costa de Dorado. El aire estaba cargado de anticipación y los lugareños observaban nerviosamente el horizonte, preguntándose qué más podría depararles la noche. Las historias de sus abuelos sobre antiguos mitos y leyendas locales cobraron un nuevo significado en medio de la incertidumbre.
Las aves, por su parte, manifestaron un comportamiento inusual. Migraban de manera confusa, algunas desplazándose hacia el este y otras hacia el oeste, sin un rumbo claro. Pelícanos, gaviotas y pitirres se veían desconcertados, como si fueran presas de una fuerza invisible que los empujaba en direcciones contradictorias.
Estos cambios en la conducta de las aves, sumados a los temblores de tierra previos, generaron en nosotros una creciente sensación de inquietud. Algo extraordinario estaba en marcha, algo que trascendía nuestras capacidades de comprensión y control. Una fuerza primordial se manifestaba, desafiando las leyes del tiempo y la naturaleza misma.
Esa región de la tierra era conocida por ser propensa a episodios de tsunami, aunque hasta entonces habían sido eventos relativamente pequeños. En la playa de DosAguas, podías observar cómo la corriente de agua oscilaba, a veces llevándose más agua de la que traía, como pequeños tsunamis en miniatura.
A pesar de esta realidad, la entrada al complejo de viviendas frente al mar contaba con señales de advertencia situadas a media milla de distancia, indicando claramente el riesgo de tsunamis en la zona. Sin embargo, desde hace más de 150 años, ningún tsunami había golpeado la costa.
Uno de los mayores peligros que enfrentaba la costa norte de la isla era la posibilidad de un tsunami causado por un deslizamiento o derrumbe submarino, especialmente después de un terremoto de gran intensidad. Este riesgo latente acechaba en la mente de quienes habitaban cerca del mar, recordándoles la fragilidad de su entorno frente a las fuerzas implacables de la naturaleza.
El último tsunami registrado en la isla ocurrió en 1918, específicamente en el área oeste. El 11 de octubre de aquel año, un potente terremoto de magnitud 7.3 sacudió la tierra a veinticinco millas de la costa, causando una serie de devastadoras consecuencias. En cuestión de uno o dos minutos, el agua comenzó a retirarse de la costa de manera ominosa, solo para regresar con una fuerza impresionante, alcanzando alturas de más de veinte metros.
Este violento embate del mar arrasó con las humildes viviendas ubicadas en la costa, cobrando la vida de 116 personas en total. De ellas, 40 perdieron la vida directamente por el impacto de las aguas desbordadas. Este desastre dejó una marca imborrable en la memoria colectiva de la isla, recordando a todos su vulnerabilidad frente a la furia de la naturaleza.
Tras el enjambre sísmico que sacudió la víspera de Navidad, los habitantes de la costa continuaron con sus actividades cotidianas, inmersos en los preparativos para celebrar la Nochebuena. Ajeno a lo que estaba por venir, el mar mostraba un comportamiento inusual, pero nadie sospechaba lo que estaba por suceder.
Algunos ya se encontraban en un estado de ebriedad propio de las festividades navideñas, mientras que las mujeres se afanaban en la cocina, preparando la cena para dar la bienvenida al Niño Rey. El aroma tentador del pernil, el arroz con gandules, las morcillas y los pasteles llenaba la casa, creando una atmósfera festiva y acogedora. Además, no faltaban los deliciosos postres como el dulce de leche y el majarete, dispuestos con esmero en la parte superior del congelador.
El anciano cirujano, habitante del apartamento más cercano al mar, ya había cumplido su tarea social de limpiar la poza de DosAguas con su rastrillo mohoso. Con unos audífonos puestos y la música sonando en sus oídos, se dedicaba a remover los detritos que la costa había depositado en la arena de la pequeña playa. Su labor permitía a los amantes del mar disfrutar de un espacio limpio y ordenado donde colocar sus sillas y utensilios playeros, una de las pocas cosas que aún podía hacer a su avanzada edad.
Observando el comportamiento de los pelícanos, el cirujano intuía que la naturaleza estaba a punto de desatar su furia como respuesta al daño que la humanidad le había infligido a lo largo de la historia. Los calores extremos registrados durante el verano, el otoño y el invierno anteriores habían alcanzado niveles devastadores, con temperaturas que superaban los 120 grados Fahrenheit. En la clínica dermatológica, las lesiones cutáneas causadas por la radiación solar eran cada vez más frecuentes, y los especialistas advertían sobre la importancia de limitar la exposición al sol a no más de dos horas al día, utilizando siempre protector solar.
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1. ficción especulativa, 2. aventura y naturaleza, 4. thriller ambiental
Editado: 09.08.2026