Aquel año en Pisco

PROLOGO

Durante mucho tiempo creí que las casualidades eran simplemente eso: cosas que ocurrían sin razón aparente, pequeños accidentes del tiempo que aparecen y desaparecen sin dejar demasiada explicación.

Hoy ya no estoy tan segura de eso.

Con los años uno aprende que hay encuentros que parecen insignificantes en el momento en que suceden, pero que, vistos desde la distancia, terminan cambiando el rumbo de toda una vida.

A veces basta una tarde cualquiera.

Una conversación corta.

Un lugar al que decidiste ir sin pensarlo demasiado.

Y de pronto todo se mueve un poco.

En aquel entonces yo no lo sabía.

Tenía quince años y estaba demasiado ocupada intentando ser la persona que los demás esperaban que fuera.

Intentaba ser la mejor alumna.

La hija que no causara problemas.

La que estudiaba más que todos con la esperanza de que, algún día, alguien se sintiera orgulloso de mí.

Durante mucho tiempo pensé que el cariño era algo que uno tenía que ganarse.

Pero hay momentos en los que la vida decide sorprenderte de formas que no esperabas.

Y fue en una de esas tardes comunes, en una feria pequeña de un lugar que siempre había sido igual, donde lo conocí.

No hubo música especial.

Ni grandes palabras.

Solo un encuentro torpe, una sonrisa inesperada…

y un pequeño perro que parecía tener más energía que todo el resto del mundo.

En ese momento no imaginé que aquella conversación, que apenas duró unos minutos, terminaría quedándose conmigo durante años.

Porque hay personas que llegan a tu vida sin hacer demasiado ruido,

pero de alguna forma logran quedarse.

A veces pienso que el destino no se presenta con grandes señales.

A veces simplemente aparece disfrazado de coincidencia.

Y tú decides ignorarlo…

o seguir caminando hacia él.

Nuestra historia nunca fue perfecta.

Tampoco fue eterna.

Pero fue real.

Lo suficientemente real como para cambiarme.

Lo suficientemente real como para que, incluso ahora, cuando recuerdo aquel año en Pisco, todavía pueda sentir el mismo viento que soplaba esa tarde en la plaza.

Y entender que algunas historias no empiezan con grandes promesas.

Empiezan con algo mucho más simple.

Un encuentro inesperado…

y la sensación de que, sin saber cómo, acabas de conocer a alguien que no vas a olvidar nunca.




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