Aquel año en Pisco

CAPÍTULO 1

Durante mucho tiempo pensé que el cariño era algo que uno tenía que ganarse.

Creía que, si hacía las cosas bien, si no causaba problemas, la persona que yo más quería me miraría con orgullo.

Una mirada de amor y aprobación era todo lo que esperaba.

Sin embargo, nunca imaginé que tendría que competir por ese cariño con alguien de mi misma sangre.

Siempre estudiaba más que los demás.

En realidad, no quería ser la mejor; solo quería que ella me notara.

Que mi presencia no le molestara.

Que algún día simplemente me dijera: “Te amo, hija. Estoy orgullosa de ti.”

Pero eso casi nunca pasaba.

A veces recibía desprecio.

Otras veces, sus palabras dolían incluso más que los golpes que me daba.

Miraba con una mezcla de tristeza y envidia cómo le rogaba a mi hermano que comiera, cómo lo cuidaba con una paciencia que conmigo nunca parecía tener.

Intenté muchas veces ser su consentida.

Pero casi siempre recibía frases despreciativas…

o simplemente el silencio, como si yo no estuviera ahí.

Recuerdo una vez que llegué a casa con una noticia que para mí era enorme.

Me habían nombrado brigadier general del colegio.

Quería contarle a mi mamá.

Quería que supiera que había logrado algo importante.

La vi en la cocina, una cocina vieja de una casa que nunca terminó de arreglar. Estaba terminando de hacer el almuerzo antes de ir al colegio, a su turno de docente de la tarde.

—Mamá… —le dije, acercándome con la emoción evidente.

—Dime —respondió, de una manera fría y seca.

—Mamá, me han nombrado brigadier general del colegio. Y para el desfile de Fiestas Patrias voy a ir adelante de todos los salones de mi grado.

La miré esperando alguna reacción, alguna palabra que me hiciera sentir que estaba orgullosa de mí.

Pero esas palabras nunca llegaron.

—¿Así? Qué bien. Ahí está el almuerzo, ya me voy.

Después llamó a mi hermano, tomó sus cosas y salió de la casa, como hacía todas las tardes.

Me quedé parada en la cocina, mirando el plato servido sobre la mesa.

No lloré.

Porque, en el fondo, ya sabía cuál sería su reacción.

Ese día entendí que, por más que me esforzara, había logros que solo los celebraría yo misma.

Pero aun así…

seguí intentándolo.

Tal vez porque en el fondo todavía guardaba una pequeña esperanza de que algún día ella me mirara diferente.

O tal vez porque no sabía que, ese mismo año, mi vida estaba a punto de cambiar de una forma que jamás imaginé.

Todo comenzó me

ses después… en una feria en Pisco.




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