Aquel año en Pisco

CAPITULO 4

Era fin de semana y, como de costumbre, me fui a caminar por la plaza de armas para respirar un poco antes de volver a casa y hacer mis pendientes.

Estaba sentada en una banca, disfrutando de la brisa fresca que caracteriza a Pisco. Mientras miraba a la gente pasar, sentí de pronto un pequeño peso en el pie.

Me asusté.

Miré hacia abajo y vi a un perrito blanco. Cuando levantó la cabeza para mirarme, reconocí enseguida su ojito negrito.

Era el mismo perrito del otro día.

El perrito del chico.

Unos segundos después escuché a alguien gritar a lo lejos mientras se acercaba.

—¡Lalo! ¡Ven aquí!

La voz venía cada vez más cerca.

—Vaya… parece que te reconoció —dijo mientras llegaba hasta donde estábamos.

Se detuvo frente a mí, respirando un poco agitado.

—Este piojito me ha hecho correr desde el otro lado de la plazuela —añadió, tocándose la frente mientras se secaba el sudor.

Yo no pude evitar reír un poco.

El perrito seguía moviendo la cola feliz, como si estuviera orgulloso de habernos reunido otra vez.

—Creo que decidió que tenía que volver a verme —dije, acariciando su cabeza.

Él sonrió.

—O tal vez solo quería volver a verte a ti.

Por un momento ninguno de los dos dijo nada.

Entonces me miró con curiosidad.

—Por cierto… el otro día no me dijiste tu nombre.

Sonreí levemente.

—Rosalía.

Él repitió mi nombre despacio, como si lo estuviera probando.

—Rosalía… suena bonito.

En ese momento no lo sabía…

pero aquel encuentro en la plaza sería el inicio de una historia que

me marcaría de por vida.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.