Aquel año en Pisco

CAPITULO 5

—Siéntate —le dije, haciendo una seña hacia la banca para que tomara asiento junto a mí—. Te ha hecho correr —añadí, sonriéndole.

Adrián soltó una pequeña risa mientras se sentaba, todavía recuperando el aliento.

—¿Y qué haces por aquí? —me preguntó mirándome con curiosidad.

—Normalmente vengo a tomar aire —respondí—. La brisa fresca que llega del mar es relajante… me encanta.

Durante unos segundos nos quedamos en silencio, mirando hacia la plaza.

Sentía que, poco a poco, la distancia entre nosotros se hacía más pequeña. A pesar de haberlo conocido apenas unos días atrás, me sentía cómoda con su compañía.

La gente caminaba de un lado a otro, los carros pasaban por las calles cercanas y el canto de las aves se mezclaba con el murmullo de la tarde.

Todo se escuchaba…

pero, curiosamente, nada me incomodaba.

Era como si, por primera vez en mucho tiempo, simplemente pudiera estar ahí, sin sentir que tenía que demostrar algo.

—Parece que se quedó tranquilo —dijo sonriendo mientras miraba hacia abajo—. Este pequeño tiene pilas infinitas, ya te imaginarás cómo es en casa.

Se recostó en el respaldar de la banca, tomando aire profundamente y echando la cabeza hacia atrás.

—Creo que tienes razón… este lugar es perfecto para relajarse —añadió, mirándome con una sonrisa.

Su sonrisa era tranquila, sincera. A pesar de habernos conocido hacía muy poco, me parecía una persona muy expresiva.

—Y dime, Rosalía… ¿qué edad tienes? —preguntó mirándome atentamente.

—Tengo 15 años. ¿Y tú? —respondí, esperando su respuesta.

—Ya veo… yo tengo 17 —dijo sonriendo.

—Ya veo… ¿y dónde estudias? Me dijiste… —le pregunté, intentando recordar lo que me había contado la otra vez—. ¿No dijiste que eras de por aquí?

—Estudio en el colegio militar. No me dejan salir muy seguido, pero me agrada respirar un poco de vez en cuando. A veces puede ser algo agobiante estar encerrado —respondió, moviendo ligeramente los labios hacia un lado en un gesto de resignación.

—Sí… a veces suele ser agobiante… —dije mirando hacia otro lado casi sin darme cuenta.

Hubo un momento de silencio, hasta que escuchamos un gruñido detrás de nosotros.

El pequeño perrito estaba intentando quitarle el juguete a un pobre bebé.

—¡Fuera, perro! —gritaba la mujer mientras levantaba al bebé en sus brazos.

Adrián dio un brinco de la banca y corrió hacia la mujer y el niño.

—Lo siento, señora… todavía está pequeño el animalito, lo estoy educando —dijo con tono apenado.

Se armó una pequeña discusión en la que el pequeño perrito fue sermoneado.

—Ya te he dicho que no te alejes. Esto me pasa por no traerte la correa… —le dijo mientras lo cargaba.

El perrito solo se dedicaba a lamerle la cara y mover su colita.

—Estoy tratando de regañarte y no te importa nada… estás en serios problemas, pequeño —añadió mientras lo acomodaba mejor en sus brazos.

—No te enojes… solo tienes que ponerle más atención para que no vuelvan a pasar estos incidentes —le dije intentando bajarle el enfado.

Me miró con expresión seria, pero después sonrió y soltó un suspiro.

—¿Quieres comer un helado? —preguntó señalando con el dedo al heladero que estaba detrás de nosotros.

Debo admitir que esa media mañana me divertí. La pasé mejor que muchos otros fines de semana.

El pequeño Lalo también comió su helado de agua, mientras nosotros disfrutábamos nuestros vasitos de helado caminando tranquilamente.

—Bueno… ya llegamos —dije deteniéndome frente a la puerta de mi casa.

Hubo un pequeño silencio incómodo mientras intentaba pensar qué más decir para que el momento no terminara.

—¿Siempre vas a la plaza? —preguntó de pronto, sin rodeos.

No supe si emocionarme por su pregunta o asustarme un poco.

—Sí… los fines de semana. Regreso a casa antes del almuerzo —respondí con un poco de timidez.

—¿Te parece si… podríamos vernos el próximo fin de semana? —preguntó mirando ligeramente hacia otro lado.

—Claro —respondí con una sonrisa.

Se despidió con un gesto tímido y comenzó a alejarse, mirando de vez en cuando hacia atrás mientras cargaba a Lalo, que se retorcía inquieto en sus brazos.

Esa media mañana fue, en medio de todo, perfecta.

Pero no sabía que, detrás de la puerta, alguien había estado escuchando atentamente nuestra conversación.

Y que eso pronto me llevaría a una situación complicada




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.