Aquel día

Así no tenía que ser

El sol de la mañana entraba por las persianas del bar, pero no lograba dispersar la pesadez que flotaba en el aire. El desayuno transcurría en un silencio incómodo, roto solo por el tintineo de las cucharas contra la loza. Mi papá y mi tío Rafa intercambiaban miradas cargadas de preocupación sobre sus tazas de café. Luciana, intentando animar el ambiente, hablaba de lo hermosa que estaba la mañana, pero sus palabras sonaban huecas frente al nudo de dolor que yo llevaba en la garganta desde la noche anterior. Empujaba un trozo de papaya en mi plato, sin apetito, los ojos hinchados por el llanto y la falta de sueño.

Rebeca, a mi lado, estaba igualmente ausente, enredada en su propio torbellino de confusión. Nuestro secreto compartido —el beso de Lú, la confesión borracha, mi ruptura con Nico— pendía sobre nosotras como una nube gris que amenazaba con descargar en cualquier momento.

La puerta trasera se abrió de golpe, y Lú irrumpió en la cocina. Era un espectáculo desgarrador. Su pelo estaba revuelto y lleno de arena, la camisa de lino, ahora arrugada y abierta, mostraba manchas de algo que parecía rímel o barra de labios oscura. Pero lo peor era su rostro: labios ligeramente hinchados, franjas inequívocas de lápiz labial rojo corrido por su cuello y su mejilla, y una expresión de vacío y autodestrucción en sus ojos enrojecidos y perdidos.

— Buen día —masculló con voz ronca, yendo directo a la nevera para sacar una botella de agua, ignorando por completo el cuadro congelado que éramos todos.

— ¡Lú Pereira! —rugió mi tío Rafa, poniéndose de pie con tal ímpetu que su silla chirrió—. ¿En qué estado llegas a tu casa? ¡Y esa... pintura en la cara! ¿Qué te ha pasado?

Lú se llevó la botella a los labios, bebiendo a grandes tragos como si el agua pudiera lavar su error. Cuando bajó la botella, su mirada se encontró, brevemente pero con intensidad brutal, con la de Rebeca. Vi cómo ella palidecía hasta tornarse cenicienta, cómo sus dedos se aferraban a la taza de café hasta blanquear los nudillos. En los ojos de Lú no había triunfo, solo una vergüenza profunda y un desprecio abismal por sí mismo.

— Nada, viejo —dijo, apartando la vista—. Fiesta. Cosas de jóvenes. No te preocupes.

— ¡¿Que no me preocupe?! —mi tío estaba fuera de sí, la barba temblándole de indignación—. ¡Mírate! Pareces un...

— Rafa —lo interrumpió mi padre, poniendo una mano firme en su brazo—. Déjalo. Ya es mayor. Él sabe lo que hace.

Pero todos en la habitación sabíamos que no era cierto. Lú no tenía idea de lo que hacía, hundido en un pozo de sus propios sentimientos torpes y su dolor. Evitando todas las miradas, especialmente la herida y devastada de Rebeca, subió las escaleras hacia su habitación de dos en dos. El ruido seco de la puerta cerrándose de un golpe resonó en el silencio cargado que dejó atrás.

Rebeca se levantó de un salto, la silla cayendo hacia atrás.
—Tengo que... ir a la universidad. Tengo un proyecto —tartamudeó, una mentira transparente, y salió casi corriendo por la puerta principal, incapaz de soportar un segundo más la tensión.

—— DAVID ——

La luz que se filtraba entre las cortinas de la suite del hotel me pareció un cuchillo en los ojos. Cada latido del corazón resonaba en mis sienes como un tambor de guerra. Intenté incorporarme, pero el mareo y el sabor metálico del whisky adulterado me devolvieron a la almohada. No había sido un sueño.

Elisabeth seguía a mi lado. No dormía. Me observaba con esa calma victoriosa de quien ha jaqueado al rey en su propio tablero.

— Buenos días, cariño —dijo, su voz una caricia envenenada—. ¿Descansaste bien?

— ¿Qué me diste? —logré preguntar, la garganta seca como la arena del desierto.

— Solo un poco de ayuda para relajarte —respondió, pasando un dedo por mi hombro desnudo—. Estabas tan tenso después de tu... velada con la nueva musa. Pensé que necesitabas un respiro.

El desprecio con que pronunció "nueva musa" hizo que la náusea se agudizara. No era solo por la sustancia. Era por la situación, por la vulnerabilidad total en la que me había puesto.

— Esto no significa nada, Elisabeth —dije, apartándome de su toque como si quemara.

— Oh, pero sí significa —replicó, sentándose en la cama, las sábanas cayéndole con estudiada gracia—. Significa que puedes intentar sacarme de Ferrermods, puedes intentar reemplazarme con tu chica playera, pero yo nunca salgo por la puerta de atrás. O me das un lugar privilegiado en tu vida, o hago público nuestro pequeño... reencuentro. La prensa adorará la historia: «El heredero Ferrer, infiel a su prometida con su modelo estrella, y luego regresa al lecho de su ex». Es jugoso, ¿no crees?

— No eres mi prometida —espeté, pero el golpe ya estaba dado. Mi mente, aún lenta, calculaba los daños. No solo a mi reputación. A la de Alexa. La presentarían como la amante, la intrusa. La carrera que apenas empezaba, manchada antes de despegar.

— Mi padre cree que sí lo soy —sonrió ella, y en sus ojos azules vi el juego completo—. Y después de esta noche, estará más convencido que nunca. Tú y yo, David, somos inevitables. Es lo que las familias quieren. Lo que la marca necesita: estabilidad, una historia de amor que venda. No tu capricho con una nadie.

La rabia, pura y desprovista de la niebla de la droga, empezó a hervir en mi sangre. Me levanté de la cama, envuelto en una sábana, sintiéndome sucio y manipulado.

— Sal de aquí —dije, y mi voz sonó peligrosamente tranquila—. Ahora.

— Claro, mi amor —respondió, levantándose con la elegancia de una gata—. Pero piensa en mi propuesta. Matrimonio. Yo, como la cara principal de Ferrermods otra vez. Tú, a mi lado donde siempre debiste estar. Y tu pequeña sirena... bueno, quizás pueda tener un lugarcito secundario. Si se porta bien.

Salió del dormitorio, y minutos después oí la puerta de la suite cerrarse. Me dejé caer en un sillón, la cabeza entre las manos. Había subestimado su crueldad, su determinación. Y ahora tenía un arma cargada apuntando a todo lo que estaba intentando construir.




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