Aquel día

Bajo las luces

------- Alexa

Seis semanas habían pasado desde aquella noche de fiesta en el bar. Seis semanas que transformaron todo, como la arena bajo la acción constante del mar.

Para mí, Alexa, habían sido una inmersión total. Mi vida ahora era un torbellino de entrenamientos que quemaban músculos que no sabía que tenía, dietas estrictas supervisadas por una nutricionista con aspecto de halcón, y sesiones interminables de fotos. Pero lo más impactante fue la transformación física. Mi cabello, antes largo y salvaje, fue cortado en un lob imperfecto que enmarcaba mi rostro y resaltaba el hueso de mis mejillas. Ahora tenía reflejos dorados que brillaban bajo el sol y las luces del estudio. Aprendí a caminar: no el andar despreocupado de la playa, sino una coreografía poderosa donde cada paso era una afirmación, los hombros atrás, la mirada al frente, un ritmo interno que latía al compás de mi propia seguridad creciente. El maquillaje ya no me parecía una máscara, sino un arte que destacaba mis ojos cafés, haciéndolos parecer más grandes, más profundos. Ya no me veía como una "tabla" frente al espejo. Me veía como una modelo.

Rebeca, mi ancla en medio del caos, estaba a punto de graduarse en fotografía. David, en un gesto que sospeché fue más por mí que por ella, le consiguió unas prácticas en el departamento de fotografía de Ferrermods. Trabajaba codo a codo con León, quien había pasado de ser un interés romántico a un mentor severo pero justo. Entre ellos había un cariño real, una complicidad profesional, pero yo notaba la sombra callada de Lú en la mirada de Rebeca cada vez que él entraba a la sala. Lú, por su parte, se había sumergido en los preparativos de la boda de su padre con Luciana, encontrando en el trabajo físico y los detalles logísticos una forma de redimirse y mantenerse ocupado, lejos de la tentación de mirarla.

Y estaba David.

Algo había cambiado entre nosotros desde aquel asentimiento en la fiesta. La relación profesional se mantenía: era exigente, detallista, un perfeccionista que me exigía el 100% en cada sesión. Pero empezaron a colarse momentos… otros. Una taza de té de manzanilla cuando me veía agotada después de un largo día de fittings. Una corrección en la postura donde sus manos en mis hombros se quedaban un segundo más de lo necesario. Un comentario bajo, casi para sí mismo, cuando probaba un vestuario: "Perfecto". Ya no era solo el jefe. Era una presencia constante, un apoyo silencioso pero sólido que empezaba a llenar los espacios que la ansiedad y la duda dejaban en mí. Me estaba encariñando. Y lo peor —o lo mejor— era que creía notar lo mismo en sus ojos verdes, que ya no me escudriñaban solo para encontrar fallos, sino para… comprender.

Elisabeth, por suerte, había desaparecido del mapa. Aceptó un contrato lucrativo con una productora en Madrid, según los rumores que Pilar, la secretaria, soltaba con malicia. Su amenaza parecía haberse esfumado con el aire de Europa, dándonos a todos un respiro.

La víspera del gran Desfile de Otoño-Invierno Ferrermods, el backstage del Teatro Municipal era un caos organizado de último modelo. Telas carísimas, gritos de estilistas, el olor a laca y nervios. Yo, en mi camerino, respiraba hondo frente al espejo. La persona que me devolvía la mirada era Alexa, pero una versión pulida, lista para la guerra. Llevaba el primer outfit: un abrigo de cachemira color óxido con un corte impecable. Mi corazón latía a mil.

— Lista, sirena —dijo una voz a mi espalda. Era David. Se había colado entre el gentío. Me miró en el reflejo, sus ojos recorriendo mi imagen transformada—. Recuerda: no son solo pasos. Es contar una historia. Tu historia.

Asentí, sin confiar en mi voz. Él me sonrió, un gesto pequeño pero genuino que me calmó los nervios como nada más había logrado.
—Los tienes comiendo de tu mano. Ve a por ello.

La música empezó, grave y potente. Cuando me tocó salir, el mundo se redujo a una franja de luz blanca y el sonido de mis tacones sobre la pasarela. Caminé. No pensé. Sentí. La confianza, el miedo, el sueño hecho realidad. Al llegar al final, hice la pausa, el giro. El destello de cientos de cámaras fue un mar de estrellas cegadoras. Y entre la penumbra del público, distinguió a David, de pie junto a su padre. Don Alejandro asentía, impasible. David… David solo me miraba. Y en su rostro no había la evaluación crítica del director. Había algo más simple, más profundo: orgullo.

El desfile fue un éxito rotundo. La crítica alabó la "frescura auténtica" de la nueva imagen de Ferrermods. Para celebrarlo, David organizó una cena íntima en un restaurante boutique. Asistimos nosotros cuatro: David y yo, Rebeca y León. Era una noche de triunfo. Rebeca brillaba, hablando con entusiasmo de sus proyectos en la agencia. León la miraba con afecto. David, sentado a mi lado, era un anfitrión encantador, pero su atención siempre volvía a mí. Nuestras rodillas se rozaban bajo la mesa, y la electricidad de ese contacto casual me mantenía en un estado de alerta dulce.

— Un mes —dijo Rebeca, brindando con su copa de jugo—. En un mes, boda en la playa. Tu tío está que no cabe en sí, Alexa.

Sonreí, pensando en Rafa y Luciana. Era un rayo de luz familiar y sencillo en medio de mi nueva vida de alta costura.

— Será perfecto —dije.

David alzó su copa de vino, y su mirada se encontró con la mía.
—Por los nuevos comienzos —propuso, y su voz era suave, solo para nuestro pequeño grupo—. Y por lo que está por venir.

Brindamos. Bajo la luz tenue del restaurante, rodeada del éxito profesional, la amistad de Rebeca y la presencia cada vez más intensa de David, sentí que todo encajaba. Las tormentas habían pasado. Elisabeth estaba lejos. Mi carrera despegaba. Y aquel hombre de ojos verdes, que había irrumpido en mi vida como un huracán, ahora se sentaba a mi lado no como un dios griego inalcanzable, sino como un cómplice, un apoyo. Algo había empezado a crecer entre nosotros, tierno y fuerte como una enredadera, y esa noche, por primera vez, me permití creer que quizás, solo quizás, podía florecer.




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