Aquella Noche

Desvío

6:30 p. m.

La ciudad se movía con prisa.
Unos corrían, otros caminaban apresuradamente; algunos bebían café, otros esperaban en la parada del autobús con la ansiedad de quien solo quiere llegar a casa.

Mary no hacía nada de eso.
Seguía caminando, pero era como si su cuerpo se moviera solo, arrastrando un vacío que la envolvía; su cuerpo avanzaba, pero su ser no estaba ahí. Era como si hubiera dejado el alma tirada en algún lugar que ya no recordaba.

Avanzaba no porque no quisiera llegar, sino porque sentía que no tenía adónde. Cada paso era incierto. Cada segundo, una carga. Su mente se inundaba de pensamientos, tantos como las personas que pasaban junto a ella sin verla.

La noche cayó sobre su rostro.
Las luces amarillas de la calle proyectaban una sombra deformada sobre el concreto: alargada, torcida, cansada. Para Mary, esa sombra se parecía más a su vida que a ella misma.

Las tiendas ya cerraban sus puertas. El día había terminado para todos… menos para ella.
En su pecho nacía esa nostalgia oscura que llega con la noche, esa penumbra silenciosa que conocen bien quienes sienten que ya no tienen razones para sonreír.

Allá iba Mary:
una mujer desgastada, herida por dentro, con los brazos caídos y la mirada perdida. No tenía fuerzas para enfocarse en nada a su alrededor. Iba sumergida en los ecos de su propio pensamiento.

El reloj seguía moviendo sus manecillas.
Mary movía los pies.
Un paso… y otro…
pero para ella, nada avanzaba.

—¿Qué me está pasando?
¿Cómo llegué hasta aquí?
¿Por qué siento que ya no soy yo?

Las preguntas caían una tras otra. Las lágrimas también. No eran de tristeza: eran frustración. El dolor de no entender ni su propia vida.

Sin darse cuenta, llegó al parque que quedaba camino a su casa.
Estaba oscuro.
Demasiado oscuro.
Más solo de lo habitual.

Normalmente había niños, parejas, ruido. Hoy había silencio. Un silencio tenso, enfermo. Pero ese detalle casi no le importó; lo que sentía por dentro era más intenso.

Entonces lo vio.
Al otro lado de la calle, bajo la luz temblorosa de un poste, había un callejón.
Un callejón que no debería estar ahí.

Ella pasaba por esa calle todos los días.
El frío se volvió más pesado mientras se acercaba. El aire parecía empujarla hacia atrás. En la entrada colgaba un letrero oxidado, a punto de desprenderse. El metal vibraba con el viento.

Mary forzó la vista.
Solo una palabra.

DESVÍO

Nada más.
Ninguna flecha.
Ninguna explicación.

—Qué extraño… —susurró—. Nunca supe de este callejón. ¿Desvío hacia dónde?

Un escalofrío le recorrió la espalda. El piso estaba húmedo, aunque no había llovido. El callejón respiraba oscuridad.

Entonces, como un golpe seco en la mente, apareció la voz del hombre.
Esa frase.
La temida frase.

—No tomes ningún atajo.

Mary tragó saliva.
Un pensamiento claro, brutal, se le clavó en el pecho:

Si este callejón apareció hoy… entonces algo me está guiando hacia él.

El viento sopló con fuerza.
CLANK… CLANK… CLANK.
El letrero se balanceó.
La noche contuvo el aliento.

Mary dio un paso hacia el callejón.
Luego otro.
El aire se volvió más frío.

Y justo cuando estuvo frente a la entrada, una voz habló detrás de ella.
La misma de todas las noches.

—Mary… no entres ahí.

Se giró de inmediato.
No había nadie.
La calle estaba completamente vacía.

El letrero chirrió una vez más.
DESVÍO.

Mary respiró hondo. Su corazón latía con fuerza. ¿Era esto un atajo o un desvío? La duda la paralizaba un instante, pero no podía quedarse allí. Cada fibra de su cuerpo le decía que se detuviera…

Y, aun así, dio el tercer paso, entrando en la oscuridad.

Con ese paso se sumergió dentro del callejón. El aire estaba pesado, casi líquido, y por un instante tuvo la sensación de que el suelo se movía bajo sus pies.
Todo parecía alargarse, deformarse, como si las paredes respiraran y se estiraran hacia un infinito que no existía.

Sus propios pasos rebotaban en un eco que no pertenecía a ella; cada golpe de sus tacones contra el pavimento sonaba duplicado, triplicado, lejano, y luego demasiado cerca, como si alguien la siguiera y al mismo tiempo iba delante de ella.

Sombras se deslizaban a los lados, figuras humanas que se materializaban alrededor y desaparecían al girar la mirada. Mary quiso gritar, pero su voz se perdió en el callejón, ahogada por la oscuridad.

Algo húmedo rozó su brazo: un paraguas. Al fondo, un reloj. Bajó la mirada y vio un papel con algo escrito tirado en el suelo, en un charco que se movía al son de una gota que caía sobre él, dejando ver ondas que se esparcían hacia ningún lugar. Se acercó para leer la nota, pero un escalofrío la atravesó: no recordaba haber visto antes ni el paraguas ni el reloj, y sin embargo le resultaban extrañamente familiares, como si siempre hubieran estado allí, esperándola.

El miedo se fue acumulando, denso y pegajoso. Cada paso que daba parecía acercarla más a un vacío invisible, y al mismo tiempo como si algo la observase desde todas partes, evaluando, midiendo, esperando. Su corazón latía tan rápido que sentía que iba a estallar; sus manos temblaban y sus piernas pesaban toneladas. Quiso girar, salir corriendo, pero sus pies se sentían pegados al suelo.

—No… —susurró Mary, con la voz temblorosa—. No puedo… esto… no está bien… nada de esto es real…

El callejón parecía responder a su miedo: se alargaba, se retorcía, el eco de sus pasos se mezclaba con un murmullo que no reconocía. Cada fibra de su cuerpo le gritaba que retrocediera, que no siguiera, que esto era un error mortal.

Y entonces lo hizo: dio un paso atrás. Luego otro. Y otro más, hasta que por fin sus pies tocaron el pavimento firme de la calle, y el callejón quedó detrás de ella, silencioso, como si nunca hubiera existido.



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En el texto hay: misterio, thriller, suspenso

Editado: 12.02.2026

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