Toc, toc, toc…
Tocan a la puerta; los golpes resuenan en los oídos de Mary, que se halla inmersa en sus pensamientos frente a la ventana.
Sacude levemente su cabeza mientras dirige su mirada hacia la puerta. Su palpitar se acelera; sus manos pueden notarse temblorosas y un poco mojadas del sudor.
Se llena de valor, emana un suspiro fuerte, seca el sudor de sus manos en su ropa y camina hacia la puerta. Extiende su mano lentamente sobre la cerradura; no se tomó el trabajo de observar por la mirilla para ver quién era, tampoco alzó su voz para preguntar: ¿quién es?
Posa la mano sobre la cerradura fría.
El corazón se acelera.
Cree escuchar la sangre golpearle los oídos.
Respira corto. Insuficiente.
Abre la puerta al fin. Exhala. Frente a ella, un hombre y una mujer; no parecen vecinos ni visitantes perdidos. Ambos visten ropa oscura. Él mantiene la espalda recta, lleva un pequeño aparato sujeto al hombro y una mano descansa cerca de su cinturón; la mujer sostiene una libreta en su mano, y un objeto metálico reluce en su pecho. Sus miradas son firmes, profesionales, casi intimidantes.
—Buenos días, señorita —dijo el hombre con voz neutra, enseñándole su placa.
—Policía—
La tensión de Mary se desinfla; para ella, justo ahora, son las personas que pueden ayudarla. Pero aún se siente nerviosa. Sin abrir del todo la puerta, asiente levemente, permaneciendo en silencio, escuchando lo que el agente le dice mientras la mujer abre su libreta para tomar nota.
—No se alarme, recibimos reportes de ruido y movimientos extraños en esta dirección.
Mary frunce el ceño levemente.
—Queremos asegurarnos de que todo esté bien —continúa el agente—. ¿Nos permitiría inspeccionar dentro de la casa?
Mary, en medio de sus pensamientos, sin acabar de entender lo que ha venido sucediendo, asiente de nuevo y abre lentamente la puerta.
—Adelante, pueden revisar. Disculpen que las cosas estén fuera de su lugar; mis últimos días no han sido muy buenos, realmente.
—¿Ha notado algo fuera de lo común últimamente? —pregunta el agente con su tono sereno.
—Es lo que les digo, mis últimos días no han sido buenos; quizá ustedes puedan ayudarme a entender. Tomen asiento.
Mientras ella les hablaba, la mujer que acompañaba la visita observa alrededor: cada lugar de la casa, cocina, comedor, sofá y la mesa al frente de él, ventanas, cortinas. No hubo lugar que no fuese alcanzado por la mirada de la agente mientras anotaba en su libreta. Mary se da cuenta de ello y la mira con ojos que denotan cierta incomodidad.
—Son solo registros rutinarios que debemos tomar para el informe de nuestra visita, no se preocupe —le dice de inmediato la mujer, mientras ambos se dirigen al sofá y toman asiento.
Partículas de polvo se dispersan en el aire al sentarse ellos sobre dicho mueble. Los rayos de luz que atraviesan por las aberturas que dejan las cortinas en la ventana que da a la calle dejan ver esa nube suave que por poco les saca un estornudo.
Coff, coff…
El policía aclara su garganta, mira a Mary fijamente a los ojos.
—Cuéntenos qué sucede, señorita.
—Todo comenzó hace tres días, cuando salía de mi trabajo… —les dice ella y comienza así a narrarles, punto por punto, lo sucedido.
Mientras ella habla, parece que se está quebrando; su voz se torna más delgada y endeble, sus ojos se comienzan a inundar, pero ella pasa sus manos y los limpia. No quiere quebrarse ante un par de desconocidos.
—Solo soy una mujer sencilla, venía camino a casa; ver a esa mujer en el pavimento… terrible —continúa ella su relato, mientras sus manos se aferran entre sí con demasiada fuerza, como si intentara inmovilizarlas.
Gestos que no pasan desapercibidos a la mirada de los agentes. Son observadores, y Mary no puede disimular ante ellos que está a punto de partirse en dos por dentro.
—Entiendo, continúe, señorita —le dice el agente.
Sus ojos no dejan de orbitar por todos lados. Dirige su mirada hacia la ventana; de allí mira la puerta; observa a los agentes, sus uniformes, sus placas, la libreta de la mujer que escribe, el bolígrafo en sus manos. Casi que puede sentir cada trazo sobre el papel. Gira su cabeza hacia la cocina que está a su mano izquierda. Su pie golpea el piso sin ritmo. Se detiene. Vuelve a moverse.
—Ese hombre me persigue, o no sé si sea hombre, o una sombra, o mi imaginación, pero me persigue. Aparece de la nada y luego se esfuma. No se imaginan lo que siento cada vez que lo veo. Aunque sí, es hombre, y es muy hermoso; ojalá pudieran verlo.
—¿Ese hombre que describe se ha llegado a acercar hasta la puerta?
—No. Siempre está al otro lado de la calle.
Pero el primer día… y el segundo… y el tercero… se me acercó mientras yo estaba en la calle.
—Entonces, ¿no ha ingresado nadie con usted a su casa los últimos días?
—Le digo que no, he estado sola los últimos días.
En un momento, la mujer que escribe en la libreta se detiene, observa a Mary, se acerca al oído del agente y le susurra algo. Algo que Mary no alcanza a descifrar, aunque procura entenderlo.
—¿Vive usted sola? —pregunta el hombre.
—Soy casada; mi esposo Rick está de viaje, cosa de negocios —responde Mary, mientras suspira suave y profundo, como cuando se descarga un peso que cuesta llevar.
—¿Cuánto tiempo lleva de viaje?
—Una semana, no recuerdo bien. Debe regresar pronto.
—¿Ha dormido bien los últimos días?
—Con todo esto que le cuento, ¿cómo cree que he podido dormir? —responde ella con un tono poco suave.
El agente guarda silencio un momento, mientras la mujer que le acompaña no deja de tomar nota.
—¿Qué hay arriba? —pregunta él, señalando a las escaleras.
—Mi dormitorio y un cuarto útil; guardamos ahí cosas que no utilizamos.
—¿Podemos subir?
Ella se queda mirando hacia las escaleras; duda en querer subir. En ese momento siente algo que hasta el momento no había sentido: una sensación de vacío, un espasmo que oprimía su abdomen y un deseo de salir corriendo de aquel lugar.
Editado: 05.03.2026