Aquella Noche

Aroma

Mary, luego de permanecer un largo tiempo sentada con la puerta a sus espaldas, se levanta, abre la puerta y camina lentamente por la acera. Sus vecinos la observan; ninguno le saluda. Cada quien en su ocupación: podando su jardín, poniendo la ropa en el tendedero.

Camina, mira fijamente a sus vecinos, pero su vista está un poco perdida.

Suspira agitada mientras mueve los pies. La brisa del viento golpea su rostro; sus pies pisan las hojas caídas de los árboles que encuentra a su paso. Sigue su marcha hasta llegar al parque, busca una banca y se sienta. No se sienta en cualquiera: es una que, por su posición, le permite ver de frente aquel muro envejecido, deteriorado por el paso del tiempo y donde se supone debe estar el callejón.

No hay nada, solo se ven ladrillos garabateados, manchas por la lluvia constante y sombras de las ramas de los árboles sobre él.

Mary, sentada, observa sin parpadear el mural…

—¿A dónde se ha ido?... pudo ser mi imaginación —dijo para sí—. No es posible que en un momento esté dentro de un callejón extraño y luego, al salir, se desvanezca.

El tiempo pasa, tal vez minutos o quizá horas. El sol aún se puede divisar en el cielo. El parque no está solo esta vez: hay madres, niños, perros, trino de aves, risas, gritos, murmullos. Todo parece tan normal, incluso se podría decir tan normal que es fuera de lo común.

El reloj no se detiene, el viento mueve las hojas de los árboles y el cabello de Mary; eso le trae un poco de calma. Su mirada fija en aquel muro se va difuminando lentamente entre los ruidos del parque.

—Es un bonito día, ¿verdad? —una voz que parece acariciarle el corazón rompe aquel instante. Un hombre se ha sentado a su lado. Ella dirige su vista a él y asiente.

—Ujum.

—Suelo venir aquí todas las tardes después del trabajo. La tranquilidad del parque me ayuda a liberar mis tensiones, me desconecto de mis pensamientos y observo. La vida es más que aquello en lo que nos encerramos nosotros mismos.

Mary muestra poco interés; sin embargo, presta atención a las palabras de este hombre.

—No te había visto por aquí antes.

—No suelo venir al parque, tengo mejores cosas que hacer —balbucea Mary.

—Entiendo. Hace poco perdí a mi padre. Venir aquí es mi forma de honrar su memoria. Pasaba horas enteras en esta banca, alimentando las palomas, viendo a los niños correr. Decía que recordaba cuando yo era niño y le llenaba de satisfacción pensar que pasamos buenos momentos juntos.

—Yo no tengo a nadie. Mis padres murieron cuando yo era niña; no tengo abuelos, hermanos, tíos. A nadie.

—Verás, nunca conocí a mi madre; tampoco tuve hermanos. Mi padre fue mi única familia y hoy ya no está, pero soy el reflejo de lo que me enseñó.

—Qué bueno por ti.

—¿Te parece si vamos a tomar un café? —dice el hombre mientras se nota el entusiasmo y el ánimo por alegrar el día de Mary.

Mary, con los ojos fijos en él, guarda silencio por un momento y acepta la invitación. ¿Qué tenía que perder? Se levantan juntos y van camino a la cafetería en una de las esquinas diagonales al parque.

Él empuja la puerta de la cafetería. La campanilla tintinea. El aroma a café y pan caliente la envuelve. El lugar está tranquilo: algunas mesas ocupadas, la luz del atardecer entrando por la ventana grande. Camina delante, elige la mesa junto a la ventana, la misma donde siempre terminan sentándose las parejas que apenas se conocen.

Se sientan. Él sonríe.

—Cuéntame de ti, ¿quieres?

Mary suspira. Siente un vacío en su estómago. No es hambre, es más que eso. Pero no lo entiende, lo ignora.

—Eh… pues no hay mucho que contar. Soy una chica normal, al menos eso creo, aunque siempre han dicho que soy extraña…

Él se acomoda la chaqueta, pide dos cafés. La mesera toma nota y se va.

—Suelo venir aquí antes de ir a casa —dice él—. Compro mi café y camino tranquilo mientras me deleito con su sabor, ese olor que rompe todo el estrés del día.

Mary lo contempla. Tiene los ojos dulces, una sonrisa que atrapa. Le gusta cómo habla, sin prisa.

—Yo no conozco mucho por aquí, solo el camino de casa al trabajo y de regreso. Mi vida no es muy interesante, ya te lo dije.

Él ríe bajito. Es una risa casi incrédula.

—Entiendo. Una chica sin historias que contar.

Mary baja la mirada.

—Esa es mi vida. Solitaria.

Toma entre sus manos la taza que acaba de traer la mesera, le da un pequeño sorbo, cierra los ojos unos segundos y saborea.

—Es delicioso, ¿verdad?... No has probado uno así en ningún otro lugar.

—Me gusta.

—Y… ¿por qué le huyes a las emociones de la vida? —pregunta él mientras toma también un sorbo de la bebida.

—Nadie ha dicho que huyo; simplemente no tengo suficiente tiempo para perderlo en cosas emocionantes. Tengo facturas por pagar, esas no se pagan con aventuras.

—Muy bien, señorita ocupada…

Él se inclina un poco hacia adelante, apoyando los codos en la mesa.

—¿Y qué haces entonces cuando no estás yendo o viniendo del trabajo? —pregunta con curiosidad genuina—. Porque esa vida que dices… suena realmente aburrida.

Mary parpadea, fija la mirada en él; no siente disgusto, percibe una conexión como nunca antes había experimentado con nadie.

—Leo. Veo series. Cocino a veces, aunque casi siempre termino pidiendo algo. Nada emocionante.

—A mí me pasa lo mismo con la cocina. Mi especialidad es quemar tostadas. Pero me gusta intentarlo; siempre me ayudo con algún pan para evitar cocinar.

Mary sonríe por primera vez desde que entró. Es una expresión pequeña, casi tímida.

La sensación de comodidad se hace cada vez más fuerte con cada palabra que sale de sus labios mientras ella piensa…

—“¿Será esto, como suelen decir, amor a primera vista?"

—No me has dicho tu nombre —dice Mary mientras deja notar entusiasmo por saberlo.

—Claro que sí, ya te lo dije. ¿No lo recuerdas? En la banca, en el parque.



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En el texto hay: misterio, thriller, suspenso

Editado: 05.03.2026

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