La vida da siempre un sin fin de subidas y bajadas, casi siempre habrá una piedra con la cual en algún momento nos vamos a tropezar, pero tenemos la opción de quedarnos en el suelo y llorar; o sonreír, levantarnos y seguir nuevamente en nuestro camino, pero ¿Cómo es el decidir respecto al amor? buscamos el suficiente cariño que queremos recibir; sin embargo, jamás juntamos el cariño para darlo.
Una tarde de verano te vi pasar sonriente a carcajadas contagiosas con tus amigos. Un día soleado iluminaron tu mirada llena de agonía y tristeza que con un solo destello de sol cambiaron a una gran tranquilidad, la mirada más perfecta que destacaba entre los tantos rayos que encandilaban mis ojos. Y fueron con aquel brillo en tus ojos quel logré observarte entre tantas sombras que te escondían.
Aquella tarde de junio, de forma simple confirmé aquel sentimiento fugaz que sorprendentemente crecía dentro de mí, pero en ti ya no existía.
El observar las olas de mar junto el sentir de su brisa me provoca armonía, tú eres el mar en mis ojos que con solo una sonrisa me haces sentir una frescura con sabor a menta, pero al finalizar mi imaginación tu rostro se desvanece junto aquel camellón.
La realidad choca en mi cara, una sensación de frío insoportable se apodera de mi cuerpo haciendo que me envuelva entre tantas sábanas cálidas sin tener la suficiente voluntad de dar un paso fuera de mi cama. Sintiendo un vacío al despertar de aquel sueño diario que me hace respirar. La alegría en mi rostro se refleja al día, pero mi crudeza vivida llega a hacer una mierda.
Me levanto por fin, una rutina infinita en la que trato de no morir. Recordar tu sonrisa
es la clave para estar vivo aquí, pero es la espada que atraviesa mi existencia al tener en cuenta que tu felicidad ya no es provocada por mí.
La voz en mi cabeza introduce situaciones, mientras mi rostro refleja preocupaciones; mi vida demuestra creaciones, creaciones magníficas plasmadas en poesía, transcritas en partituras, pinturas pintadas en lienzos en la que cada pincelada dada tiene un simbolismo. Cada nota regada en mi cuarto pensada en ti, cada palabra dicha refleja mi dolor hacia ti, cada tarde de junio me recuerda a ti.
Porque al creer en tu existencia mis sueños me trasladan contigo en aquel camellón, riendo a carcajadas y entre palabras con tus amigos.
Mirando tu rostro entre rayos de sol, observando tu cabello castaño meneándose con la brisa del mar, comparando tu risa con el choque de las olas y aquellos ojos marrones que los comparo al color de un delicioso coco recién cortado. Porque en sí tu existencia me trasmite una delicada brisa de mar un día caluroso de verano.
Y cómo logro alejarme de ti, si nuestro amor en un día de verano se fue sin fin. Si mis pensamientos un cuatro de junio tomaron terreno después de una monotonía sentida por ti, el cual tú mismo decidiste otorgarle un fin. Mis emociones fueron profundas y después de tres meses, llegando a inicios de septiembre una leve corrida de viento las hojas de los árboles verdes tocaron el suelo.
Una tenue brisa de otoño, el clima llegaba a un punto de templases y gran acomodo que ni siquiera tenía contemplada que la siguiente época del año llegaba con una gran frialdad que se disfrazó con pequeñas brazadas de calidez que a ti te faltaban en verano.
Busqué calor en invierno vestida con ropa conjunta de otoño que hacía congelarme con otros ojos marrones que con el leve rayo de sol mostraban su color real transformándose en un verde olivo.
Ese verde olivo que llego en mi vida tres meses después que tus ojos representados en cocos se marcharon, pero ese extraño verde olivo que me hicieron creer que tal vez en invierno si podía encontrase un lugar cálido entre tanta frialdad.
Tu ser lo comparo con estaciones, para no dejar al descubierto tu nombre, tu ser lo transformo en épocas del año para que no reluzca sus ojos verdes. Aquellos ojos verdes que me llegaron a conquistar un día de septiembre y que me dieron una leve calidez por la cual tenía miedo de volver a pasar, aquella tarde de junio que tú mismo me llegaste a destrozar el corazón con gran fuerza sin reconsiderar las consecuencias de tus actos.
Buscaba el amor en tu mirada, una mirada sin identidad comprobada, una ilusión que no estaba segura realmente en su existencia, una realidad donde sufrí por un ser que no sabía si tenía voz, alma, y esencia propia.
Porque en el lugar que nosotros veíamos amor y deseo, otros observaban una gran estupidez, inmadurez incluyendo también una gran inseguridad por parte de ambos, ninguno de los dos sabíamos cómo tal si la persona detrás de aquellas cartas era de verdad, si era completamente real, integra, con respeto y con gran cordura.
Dos locos enamorados a distancia que por alrededor de tres años ninguno se animó a terminar esa historia tan absurda y dolorosa que tanto para ti como para mí nos dañó, pero nosotros que íbamos hacer, si solo éramos dos personas buscando amor en el momento que el mundo se caía a pedazos. La fortuna que tuvimos fue inesperada, el enamoramiento de dos seres que se hallaron navegando en un mar, ese mar que no se detuvieron en considerar si navegar juntos estaba bien o mal.
Y así sucedió, durante tres primaveras estuviste en mi vida, durante dos inviernos te encontré, en solo tres veranos me enamoraste y en el último de este me destrozaste. Porque tu voz en mi mente seguía marcada, junto a ellos aquellos falsos recuerdos que generamos al imaginar que era lo que se nos avecinaba. Te amé tanto que dejé de ser yo misma al tenerte en mi lado, solté mis creencias para poder tenerte, y aunque solté todo de mí; aun así, te perdí.
Fue tan fuerte la perdida en la que me costó regresar a quererme, una perdida en la que más de cincuenta poemas yo te escribí. Amor de mil versiones, corazón de mis temores, huye de mi lado, deja de ser mi musa por favor, ya no quiero amarte otra vez, te ruego que abandones mi mente y te largues como aquella vez en el jardín con esas rosas con los pétalos regados y un puñal en el corazón.