Una mañana en Lima
Denise caminaba con paso firme, aunque en su interior llevaba una mezcla de orgullo y preocupación.
Era una de esas emociones difíciles de explicar: la alegría de ver crecer a sus hijos y, al mismo tiempo, el miedo de dejarlos enfrentarse a un mundo nuevo.
A su lado, Lucía caminaba y saltaba de un lado a otro, con la energía de quien descubre la vida y se asombra de todo.
Sus ojos brillaban de emoción.
Era su primer día en la escuela pública de la ciudad.
Lejos de los caminos conocidos de Jaén.
Lejos de los rostros familiares.
Lejos de todo aquello que había formado parte de su pequeña vida.
Denise apretó suavemente su mano.
—Tu maestra es buena, hijita —le dijo con una sonrisa—. Vas a conocer muchos amiguitos y podrás jugar con ellos. Y cuando salgas, iremos a comer algo rico, como te gusta.
Lucía sonrió.
En su imaginación ya existían juegos, risas y nuevas aventuras.
Pero esa seguridad comenzó a desaparecer cuando llegaron al aula.
La pequeña observó a los demás niños.
Algunos ya conversaban.
Otros jugaban.
Todo era nuevo.
Demasiado nuevo.
Se sentó en su pequeño pupitre mientras Denise hablaba con la maestra.
Durante unos segundos permaneció tranquila.
Hasta que vio a su madre acercarse a la puerta.
Entonces comprendió que iba a irse.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
Y, de pronto, todo el valor que había mostrado desapareció.
Comenzó a llorar.
No era un llanto de capricho.
Era el miedo de una niña que sentía que el único lugar seguro que conocía estaba alejándose.
Denise regresó rápidamente y se agachó para abrazarla.
—Todo está bien, mi amor —susurró mientras acariciaba su espalda—. Solo será un ratito. Mira cuántos niños quieren jugar contigo. Yo voy a volver por ti, ¿sí?
Lucía se aferró a ella.
—No quiero quedarme sola...
Aquellas palabras tocaron una fibra profunda en Denise.
Porque, en el fondo, ella también había sentido algo parecido desde que llegó a Lima.
Esa sensación de estar en un lugar enorme donde todo parecía desconocido.
Pero una madre aprende a esconder sus propios miedos para que sus hijos puedan enfrentar los suyos.
Sonrió.
Aunque por dentro también le costaba separarse.
Pensó:
"No cedas."
Sabía que si la llevaba de regreso a casa, el miedo crecería.
Después de un largo abrazo, algunas promesas y un pequeño intento de convencerla con la promesa de un premio después de clases, Lucía finalmente aceptó quedarse.
Denise se alejó lentamente.
Antes de salir, volteó una última vez.
Vio a su hija jugando poco a poco con otros niños.
Y sintió alivio.
—Brillante... —murmuró para sí.
Una etapa terminaba.
Ahora faltaba José.