Aquella última tarde

José y el ruido del mundo

José y el ruido del mundo

José tenía trece años.

No era un niño que hablara demasiado.

Pero observaba.

Observaba mucho más de lo que los demás imaginaban.

En su antigua escuela conocía cada rostro.

Sabía quién hacía bromas.

Quién llegaba tarde.

Quién necesitaba ayuda.

Sabía cómo sonaban los recreos.

Cómo comenzaban las clases.

Cómo transcurría cada día.

Pero ahora estaba en un lugar donde todo parecía extraño.

El aula era demasiado grande.

Las voces eran demasiado fuertes.

Las risas parecían mezclarse con los gritos.

El movimiento constante de los estudiantes le daba la sensación de estar dentro de una corriente que arrastraba a todos sin detenerse.

En Jaén, el mundo parecía hecho a su medida.

Aquí sentía que el mundo era demasiado grande para él.

Los alumnos corrían, hablaban y se empujaban.

Parecía que nadie escuchaba completamente a nadie.

Incluso los profesores y auxiliares tenían dificultad para controlar aquella energía.

José miraba alrededor intentando entender las reglas de aquel nuevo lugar.

Pero era como llegar a una conversación que había comenzado mucho antes de que él apareciera.

No conocía el idioma.

No conocía las costumbres.

No conocía a las personas.

Se sentó y esperó.

Esperó que algo cambiara.

Esperó sentir que pertenecía.

Pero ese momento todavía no llegaba.

José intentaba concentrarse en las clases, pero su mente parecía estar siempre unos kilómetros más atrás.

Mientras la profesora explicaba, él escuchaba sonidos que no pertenecían al aula.

El golpe de una pelota contra la pared del patio.

Las voces de sus antiguos compañeros.

Las risas que nacían en aquellas tardes interminables de Jaén.

A veces cerraba los ojos por un instante y podía imaginar el camino de tierra, el calor del sol sobre su rostro y la voz de Ricardito llamándolo para jugar.

Entonces abría los ojos.

Y la realidad regresaba.

El aula.

Los desconocidos.

La ciudad.

Durante el recreo permanecía más callado que los demás.

Las palabras para aquel mundo nuevo todavía se le atoraban en la garganta

Era extraño sentirse solo rodeado de tantas personas.

Algunas veces uno imagina que la soledad aparece cuando no hay nadie cerca.

Pero José estaba descubriendo que también podía aparecer cuando había demasiadas personas alrededor.

Al terminar la jornada, Denise lo esperaba en la puerta del colegio.

Apenas lo vio salir, supo que algo no estaba bien.

Las madres conocen esos pequeños cambios que nadie más nota.

La manera de caminar.

La forma de mirar.

El silencio que pesa más de lo normal.

Caminaron algunas cuadras juntos.

Durante unos minutos ninguno dijo nada.

Hasta que Denise preguntó suavemente:

—¿Qué te pasa, hijo?

José siguió mirando el suelo.

No quería preocuparla.

Sabía que ella ya tenía demasiadas cosas en la cabeza.

Pero finalmente habló.

—Es que... hay mucho ruido.

Hizo una pausa.

—Todos hablan, todos corren... siento que no encajo.

Denise lo observó con ternura.

No intentó decirle inmediatamente que todo estaría bien.

Porque sabía que algunas tristezas no desaparecen con una frase.

Se acercó a él.

Le acomodó el cabello con delicadeza, pasando sus dedos entre sus mechones desordenados.

Después acercó sus labios a su frente y sopló suavemente, como lo hacía cuando era más pequeño.

Era un gesto sencillo.

Casi infantil.

Pero para José significaba mucho más. Por unos segundos, el mundo entero bajaba el volumen, y la ciudad, de repente, perdía su inmensidad.

Entonces aquel niño que se sentía perdido podia volver a encontrar un lugar seguro.

Denise no dijo nada.

No hacía falta.

Lo abrazó.

Y en ese abrazo José recordó algo importante:

Podían cambiar las ciudades.

Podían cambiar las escuelas.

Podían cambiar muchas cosas.

Pero había algo que todavía permanecía.

El amor de su madre.

Después de un rato, José respiró más tranquilo.

Entonces recordó algo.

—Mamá...

Denise lo miró.

—¿Qué pasa?

—Estaba pensando en Lucía.

Su expresión cambió.

—¿Crees que habrá llorado cuando la dejaste?

Denise sonrió.

—Sí lloró un poquito.

José abrió los ojos.

—¿En serio?

—Sí. Pero después se quedó jugando.

Le contó cómo había logrado convencerla.

José sonrió ligeramente.

—Entonces sí lloró.

Denise lo miró divertida.

—¿Tú no vas a llorar mañana?

José levantó una ceja.

Después de varios días, volvió a aparecer una pequeña chispa de su antiguo carácter.

—Depende.

—¿Depende de qué?

—De qué me puedes ofrecer a cambio.

Denise soltó una carcajada.

—¡Brillante, José! ¡Y muy chistosito!

Él sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Pero verdadera.

—Vamos, vamos —dijo Denise—, que se nos hace tarde.

Y por unos minutos, mientras caminaban hacia casa, José volvió a sentirse un poco como antes.

A la mañana siguiente despertó antes de que sonara la alarma.

El uniforme estaba preparado.

Pero mientras se vestía, su mente viajó nuevamente lejos de Lima.

Recordó el canto del gallo en su pueblo.

El camino de tierra.

La esquina donde Ricardito siempre lo esperaba con la pelota bajo el brazo.

Pensó en qué estarían haciendo sus antiguos amigos en ese momento.

Tal vez corriendo detrás de una pelota.

Tal vez discutiendo quién empezaba primero el partido.

Tal vez riéndose de alguna tontería que solamente ellos entendían.

La nostalgia llegó sin pedir permiso.

No era solamente extrañar un lugar.

Era extrañar una versión de sí mismo.




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