Un nuevo significado en Lima
Durante las semanas siguientes, José comenzó a acostumbrarse poco a poco a su nueva escuela. Al principio todo le había parecido demasiado grande y ruidoso: las aulas llenas, los pasillos, los gritos durante el recreo, los rostros que todavía no sabía distinguir. Ahora empezaba a reconocer algunas voces, algunos lugares y hasta ciertas costumbres.
También había comenzado a formar pequeñas amistades.
Sebastián era una de ellas. Con él podía jugar fútbol, bromear y hablar de cosas sencillas. Era una amistad fácil, de esas que nacen casi sin que uno se dé cuenta.
Y estaba Sofía.
Con ella era diferente.
No hablaban siempre de cosas importantes. Muchas veces conversaban sobre las tareas, algún profesor o cualquier tontería que hubiera ocurrido durante el día. Pero José había empezado a descubrir que, cuando estaba junto a ella, no necesitaba esforzarse demasiado para sentirse cómodo.
Una tarde, mientras caminaban después de clases, Sofía le preguntó nuevamente por algunas cosas de su vida en Jaén.
—Debe ser bonito vivir en provincia, ¿verdad?
José sonrió.
Esta vez el recuerdo no llegó acompañado de aquella tristeza que lo había perseguido durante sus primeros días en Lima.
—Sí. Lo era.
Le contó de las tardes en que salía a jugar con sus amigos, de los partidos improvisados en la calle, de las veces que su madre tenía que llamarlo varias veces para que regresara a cenar.
Sofía lo escuchaba con atención.
—Me hubiera gustado conocer un lugar así —dijo.
José la miró y sonrió.
Hablar de Jaén ya no significaba únicamente recordar algo perdido. Podía contarle a alguien cómo era su mundo y descubrir que ese mundo todavía existía en algún lugar de él.
Mientras continuaban caminando, José comprendió algo mucho más sencillo de lo que había imaginado.
Lima seguía sin ser Jaén.
Nunca podría serlo.
Pero quizá tampoco tenía que serlo.
Quizá un lugar nuevo no tenía que borrar al anterior para convertirse en parte de tu vida.
Y esa idea, aunque todavía no pudiera expresarla con claridad, empezó a cambiar algo dentro de él.
No fue de un día para otro.
Fueron pequeñas cosas.
Una conversación en el recreo.
Una caminata después de clases.
Una broma que solo ellos entendían.
La costumbre de buscarse con la mirada cuando entraban al salón.
José comenzó a notar que algunas mañanas, antes incluso de sentarse, miraba hacia la puerta.
No sabía exactamente qué esperaba.
Hasta que Sofía aparecía. Entonces volvía a mirar su cuaderno, fingiendo que no pasaba nada. Aquello le parecía extraño.
No había ocurrido nada que pudiera explicar lo que le estaba pasando.
Simplemente se había acostumbrado a su presencia.
Y quizá uno de los misterios más extraños de la vida sea ese: no siempre recordamos el momento en que alguien comienza a importarnos. A veces solo descubrimos, un día cualquiera, que ya estamos acostumbrados a encontrarlo en nuestro mundo.
José todavía no pensaba que aquello pudiera ser amor.
Para él era amistad.
Una amistad distinta, quizá.
Pero amistad al fin.
Y como todavía no sabía qué estaba sintiendo, no tenía ninguna razón para preguntárselo.
La mirada de Sofía
Sofía también había comenzado a conocerlo mejor.
Al principio, José le había parecido simplemente un muchacho nuevo, algo tímido y bastante silencioso. Después descubrió que detrás de aquel silencio había un mundo entero de recuerdos.
Le causaba curiosidad escucharlo hablar de Jaén. Cuando contaba alguna historia de sus amigos, su rostro cambiaba, y por unos minutos parecía regresar a aquel lugar.
Sofía sentía cariño por él, sí, pero era un cariño distinto al que había sentido por otros chicos. No era ese cosquilleo en el estómago que describen las novelas. Era algo más tranquilo, más parecido a la calma que da saber que alguien te necesita, y que tú puedes estar ahí.
Y eso era suficiente.
Una mañana, durante el recreo, Sofía estaba sentada en una banca mientras los demás corrían por el patio.
José llegó con una botella de agua.
Se sentó a su lado.
Después de unos segundos, se la extendió.
—Toma. Pensé que tendrías sed.
Sofía lo miró sorprendida.
—¿Y tú?
—Yo tengo otra.
Ella sonrió y aceptó la botella.
Era un gesto pequeño.
Tan pequeño que probablemente ninguno de los dos habría podido explicar por qué, años después, ese tipo de momentos podían permanecer en la memoria.
Pero en aquel instante Sofía simplemente pensó que José era un buen chico.
Nada más.
José, en cambio, sintió aquella pequeña alegría que últimamente aparecía cada vez que conseguía hacerla sonreír.
No sabía por qué le importaba tanto.
No sabía por qué se fijaba en detalles que antes habría pasado por alto.
Ni siquiera sabía por qué, cuando Sofía se marchaba, sus ojos la seguían durante unos segundos más de lo necesario.
Solo sabía que quería estar cerca.
Y eso le bastaba.