Aquella última tarde

Algo estaba cambiando

Algo estaba cambiando

Pasaron más días.

José empezó a reconocer el colegio por fragmentos: el timbre que anunciaba el recreo, el olor a tiza, el ruido de los balones golpeando la pared, la sombra detrás de la biblioteca donde algunas veces se sentaban a conversar.

Sofía le enseñó algunos de esos lugares: el pequeño jardín junto al patio, el kiosco donde vendían pan con palta, y la zona tranquila detrás de la biblioteca, donde casi nadie iba durante el recreo. Para José, aquellos lugares comenzaron a tener un peso distinto. No valían por sí mismos; valían porque ahora guardaban instantes compartidos con ella. Y muchos de esos instantes tenían el rostro de Sofía.

Una mañana, mientras la profesora explicaba una lección, José se sorprendió mirando hacia la puerta.

Ella todavía no había llegado.

Volvió rápidamente la mirada hacia la pizarra.

—Concéntrate —se dijo.

Intentó hacerlo.

Unos minutos después escuchó la puerta abrirse.

Sofía entró.

José la miró apenas un segundo.

Luego volvió al cuaderno.

Pero sonrió.

Fue entonces cuando algo dentro de él pareció detenerse.

No era una gran revelación.

No hubo música, ni una certeza repentina, ni ninguna de esas cosas que aparecen en las historias cuando alguien descubre que está enamorado.

Fue mucho más sencillo.

José se dio cuenta de que había esperado verla.

Y esa pequeña verdad le produjo una sensación extraña.

¿Por qué había estado esperando?

No encontró respuesta.

Continuó escribiendo.

Pero, durante el resto de la clase, una parte de él permaneció pendiente de aquella presencia que acababa de entrar en su día.

Todavía no sabía que algunas emociones comienzan así.

No llegan haciendo ruido.

No anuncian su llegada.

Simplemente empiezan a aparecer en los lugares más pequeños: en una mirada que dura un segundo más, en una sonrisa que surge sin motivo, en la necesidad de contarle algo a una persona apenas sucede.

José todavía no podía comprenderlo.

Solo sabía que desde que Sofía había llegado a su vida, Lima comenzaba a parecerle un lugar diferente.

Y eso, para alguien que hasta hacía poco solo quería regresar a Jaén, ya era un cambio enorme.

La espera de José

Pasaron varios días desde que José conoció a Sofía.

Al principio, su presencia había sido simplemente una novedad. Era agradable encontrarla en el salón, conversar con ella durante los recreos y escucharla hablar con aquella tranquilidad que parecía tan distinta del ruido que lo había rodeado desde que llegó a Lima.

Pero con el paso de los días ocurrió algo que José tardó en advertir.

Empezó a acostumbrarse a ella.

No de una manera consciente. No había decidido que Sofía formaría parte de sus días. Simplemente comenzó a suceder.

Por las mañanas, cuando entraba al salón, sus ojos recorrían el aula casi por costumbre. Si ella ya estaba allí, sentía una pequeña satisfacción que no sabía explicar. Si todavía no había llegado, continuaba con sus cosas, aunque de vez en cuando volvía a mirar hacia la puerta.

Una mañana se sorprendió haciéndolo por tercera vez.

Se quedó quieto un instante.

¿A quién estoy esperando? Comprendió la respuesta y apartó rápidamente la mirada, temeroso de que alguien lo notara.

Cuando Sofía finalmente entró, lo saludó con naturalidad.

—Hola, José.

—Hola —respondió él.

Nada extraordinario había ocurrido.

Sin embargo, después de escucharla, José sintió que algo dentro de él se acomodaba.

Eso era lo extraño.

No sabía qué esperaba de ella. Ni siquiera sabía si esperaba algo. Solo sabía que cuando estaba cerca se sentía diferente.

Durante las clases comenzó a sucederle algo parecido.

No dejaba de prestar atención ni pasaba todo el tiempo pensando en ella. Pero, de vez en cuando, alguna cosa le hacía recordar una conversación que habían tenido.

Una palabra.

Una manera de reír.

Alguna expresión que ella había utilizado.

Y entonces aparecía en su rostro una sonrisa pequeña, involuntaria, que desaparecía antes de que pudiera darse cuenta.

José no intentaba comprenderlo.

Quizá porque todavía no había nada que comprender.

Solo estaba descubriendo que una persona que llevaba muy poco tiempo en su vida había empezado, casi sin pedir permiso, a ocupar un pequeño espacio dentro de ella.

Y ese espacio crecía lentamente.

Los días sin Sofía

Fue durante un fin de semana cuando José descubrió algo nuevo.

El viernes, al terminar las clases, se despidió de Sofía como cualquier otro día.

—Nos vemos el lunes.

—Sí. El lunes.

José caminó hacia su casa pensando en otras cosas.

Pero el sábado, mientras hacía sus cosas, recordó de pronto que no la vería ese día.

La idea le pareció extraña.

No dolorosa todavía.

Simplemente extraña.

Estaba acostumbrado a pasar los sábados con sus amigos de Jaén. Antes, cuando pensaba en ellos, sentía una nostalgia profunda, casi física. Recordaba sus voces, los juegos, las calles y aquellas tardes interminables en las que parecía que el día no iba a terminar nunca.

Ahora aparecía otra clase de recuerdo.

No era un recuerdo de algo perdido.

Era el recuerdo de alguien que seguía allí, pero que durante dos días no formaría parte de su mundo.

José no sabía qué hacer con esa sensación.

Por momentos se descubría pensando:

El lunes le voy a contar esto.

Y continuaba con lo que estaba haciendo.

Un rato después volvía a recordarlo.

No era una obsesión. No era tristeza.

Era simplemente la primera vez que alguien comenzaba a aparecer en sus pensamientos incluso cuando no estaba presente.

El domingo por la tarde, mientras miraba por la ventana, volvió a pensar en ella.

Entonces comprendió algo que le resultó todavía más extraño.




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