Aquella última tarde

Lunes

El lunes

Cuando finalmente llegó el lunes, José entró al colegio con una sensación que no había experimentado durante sus primeros días en Lima.

No era la ansiedad de antes.

Tampoco era exactamente alegría.

Era expectativa.

Como cuando uno sabe que algo va a ocurrir, aunque no sepa qué.

Entró al salón.

Miró hacia su lugar.

Sofía todavía no estaba.

Dejó la mochila, sacó sus cuadernos y trató de concentrarse.

Unos minutos después escuchó una voz detrás de él.

—¡José!

Se volvió.

Era Sofía.

Ella sonreía.

Y entonces ocurrió algo tan sencillo que precisamente por eso José no supo darle importancia: sintió una alegría inmediata.

No había pasado nada.

Ella simplemente había llegado.

—Hola —dijo él.

—¿Qué haces tan temprano?

—Nada.

Sofía se sentó y comenzó a hablarle de cualquier cosa.

José la escuchó.

Y mientras lo hacía, tuvo una sensación extraña: había echado de menos aquello.

No sabía exactamente qué.

Tal vez su voz.

Tal vez sus conversaciones.

Tal vez simplemente la tranquilidad que sentía cuando estaba cerca de ella.

Pero no intentó ponerle nombre.

A los trece años, hay sentimientos que llegan antes que las palabras capaces de explicarlos.

José todavía no sabía que una persona podía empezar a hacerse necesaria sin que uno se diera cuenta del momento exacto en que ocurrió.

Solo sabía una cosa:

había pasado dos días sin verla y ahora que estaba allí, quería que el día comenzara.

Cuando faltaba ella

Los días sin Sofía se volvían un territorio extraño. Cada rincón parecía guardar la ausencia de una voz a la que ya se había acostumbrado. José no sabía qué nombre darle a esa sensación. Era una especie de vacío que aparecía sin avisar y que lo llevaba, de vez en cuando, a recordar alguna conversación, alguna risa, alguna cosa pequeña que ella había dicho.

El viernes, cuando sonó la campana de salida, José sintió otra vez aquella punzada en el estómago. Vio a Sofía recoger sus cosas con prisa y salir entre la multitud. Sabía que no la volvería a ver hasta el lunes.

No era mucho tiempo.

Dos días.

Pero, por alguna razón, le parecieron más largos de lo que deberían.

El lunes, en cambio, fue distinto.

José volvió a respirar.

Cuando Sofía entró al salón, con el cabello ligeramente desordenado y la mochila colgando de un hombro, sintió que algo dentro de él se acomodaba. No había ocurrido nada extraordinario. Ella simplemente había llegado.

Y, sin embargo, para José eso bastaba.

Una tarde, durante el recreo, ocurrió algo que José recordaría durante mucho tiempo.

Sofía había olvidado su botella de agua y se quejaba del calor. José, sin pensarlo demasiado, abrió su lonchera y le tendió la suya.

No dijo nada.

La acercó hacia ella con un gesto algo torpe, casi brusco, con el temor de que alguien viera lo que hacía.

Sofía lo miró sorprendida.

—¿Me la prestas?

José asintió.

Ella bebió un sorbo y se la devolvió.

—Gracias.

—De nada.

Eso fue todo.

No hubo bromas ni una conversación especial que prolongara el momento. Sin embargo, mientras José guardaba nuevamente la botella, sintió algo que no supo explicar.

Era extraño.

No le había dado importancia al gesto mientras lo hacía. Pero ahora, al verla nuevamente tranquila, se dio cuenta de que había querido que estuviera bien.

Y esa sencilla preocupación lo desconcertó.

¿Por qué le importaba tanto?

No era la primera vez que ayudaba a alguien. En Jaén había compartido juegos, comida y cosas con sus amigos cientos de veces. Había ayudado a otros niños y ellos lo habían ayudado a él.

Pero aquello se sentía diferente.

No sabía exactamente en qué consistía la diferencia.

Esa noche, acostado en su cama, recordó el momento.

No era la gran cosa, se dijo.

Solo le había dado agua.

Y, sin embargo, volvió a recordar la manera en que Sofía lo había mirado antes de beber.

José cerró los ojos.

Había algo nuevo dentro de él. Algo que todavía no sabía reconocer y para lo que tampoco tenía palabras.

No era solamente alegría.

Tampoco era tristeza.

Era una mezcla extraña de ambas: estar cerca de ella le daba una felicidad tan intensa que casi dolía, porque sabía que todo lo importante podía perderse.

José no sabía de dónde venía aquella sensación.

Solo sabía que los días en que veía a Sofía parecían tener algo que los demás días no tenían.

Y los días en que no la veía parecían durar demasiado.

No sabía que aquello tenía un nombre.

Para él seguía siendo un misterio, una emoción nueva que había aparecido sin pedir permiso y que, poco a poco, comenzaba a enseñarle que el corazón también podía acostumbrarse a alguien.

La primera vez que José la defendió

Una tarde, Sofía estaba sentada en el patio con dos compañeras, riéndose de cualquier cosa sin importancia, cuando un grupo de muchachos se acercó con esa energía bulliciosa que suele traer el recreo.

Al principio fueron las bromas habituales, los empujones y las risas de quienes buscaban llamar la atención. Pero poco a poco el tono cambió.

Los comentarios se volvieron más molestos, insinuaciones torpes disfrazadas de chistes.

Sofía, que al principio había sonreído con paciencia, dejó de hacerlo.

Sus amigas también parecían incómodas.

José observó la escena desde unos metros de distancia.

Sintió un calor subirle por el pecho.

No sabía si era rabia, miedo o ambas cosas.

Durante unos segundos permaneció quieto.

Una parte de él pensó que quizá debía quedarse donde estaba. Que no era asunto suyo. Que aquellos muchachos podían burlarse de él si intervenía.

Pero entonces volvió a mirar a Sofía.




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