Sofía comenzaba a verlo con otros ojos
La tarde siguiente, en la clase de ciencias, la profesora pidió a todos que abrieran sus cuadernos para copiar un esquema del pizarrón. Sofía buscó en su mochila y descubrió, con un sobresalto, que había olvidado el suyo en casa. Se quedó inmóvil por un instante, con el rostro encendido, mientras los demás ya escribían.
José lo notó.
No dijo nada al principio. La miró un segundo y después bajó los ojos hacia su propio cuaderno.
Parecía estar pensando.
Entonces, con un movimiento rápido y casi torpe, arrancó varias hojas limpias de su cuaderno, las acomodó sobre sus piernas y se lo entregó a Sofía.
Ella lo miró confundida.
—¿Y tú?
José bajó la vista y empujó el cuaderno hacia sus manos.
Sobre su pupitre habían quedado apenas unas hojas sueltas, mal arrancadas, sostenidas por un clip oxidado.
—Con esto me basta —murmuró.
Sofía quiso protestar, pero la profesora ya caminaba entre los pupitres.
No tuvo tiempo.
Se quedó con el cuaderno de José entre las manos, mientras él, con total naturalidad, comenzaba a ordenar sus hojas sueltas.
Pero no lo era.
Al menos no para ella.
Cuando la profesora llegó hasta el lugar de José y vio las hojas sobre su mesa, frunció el ceño.
—¿Dónde está tu cuaderno, joven?
José tragó saliva.
—Lo olvidé en casa, profesora.
La respuesta cayó seca, sin excusas.
La maestra lo miró con severidad y le ordenó ponerse de pie al fondo del aula como castigo.
José obedeció sin protestar.
Caminó despacio, con las hojas en la mano, y se quedó de pie contra la pared mientras los demás continuaban copiando.
Sofía lo observaba de reojo.
Al principio sintió vergüenza.
Después, culpa.
Y finalmente algo que no sabía cómo explicar.
Él estaba allí, castigado por algo que no había hecho.
Y ella tenía su cuaderno.
Bajó la mirada hacia él.
Era extraño.
Unos minutos antes había sido simplemente un cuaderno olvidado. Ahora parecía pesar más de lo que debía.
Sofía intentó concentrarse en el esquema de la pizarra, pero cada cierto tiempo volvía a mirar hacia el fondo del salón.
José permanecía quieto.
No hacía gestos de molestia.
No buscaba llamar la atención.
Ni siquiera parecía querer que ella se sintiera culpable.
Simplemente aceptaba el castigo.
Y quizá eso fue lo que más la desconcertó.
Cuando la clase terminó y la profesora salió, José volvió a su asiento.
Sofía tomó el cuaderno y se lo extendió.
—Toma.
José lo miró, pero no lo recibió inmediatamente.
—No importa —dijo en voz baja—. Consérvalo. Lo importante es que hayas podido copiar. Luego me lo das, ¿está bien?
Sofía apretó el cuaderno entre las manos.
Durante unos segundos no dijo nada.
—José...
Él levantó la mirada.
—¿Por qué hiciste eso?
José pareció no entender.
—¿Qué cosa?
—No te hagas —insistió ella.
Su voz llevaba una mezcla de enojo y temblor.
—Te quedaste sin cuaderno. Te castigaron. Y era yo la que se había olvidado el mío. No tenías que... —se interrumpió, buscando las palabras—. No tenías que hacer eso por mí.
José se quedó callado.
Movió las hojas sueltas entre los dedos, en busca de una respuesta escrita allí.
Después habló con calma.
—No me metí.
Sofía frunció el ceño.
—¿Entonces?
José levantó apenas los hombros.
—Solo... preferí que no te tocara a ti.
Ella lo miró fijamente.
—¿Y por qué?
Esta vez José tardó más en responder.
No sabía qué decir.
Porque tampoco él entendía del todo por qué lo había hecho.
Solo había visto a Sofía ponerse nerviosa.
Había visto su rostro encendido, la manera en que buscaba desesperadamente algo dentro de la mochila.
Y, antes de pensarlo, había arrancado las hojas.
No había hecho cuentas.
No había pensado en el castigo.
No había pensado siquiera en lo que ella podría pensar de él.
Simplemente había sentido que debía hacerlo.
—No sé —respondió finalmente.
Sofía esperó.
José bajó la mirada.
—Supongo que... no quería verte preocupada.
Aquella respuesta fue tan sencilla que Sofía no supo qué contestar.
No había heroísmo en su voz.
No había orgullo.
José no parecía esperar ningún agradecimiento.
Y quizá por eso la impresionó más. Parecía haber hecho algo importante sin darse cuenta de que podía ser importante para alguien. Sofía lo observó en silencio.
Comenzó a preguntarse quién era realmente aquel muchacho.
Hasta entonces había visto a José como el chico nuevo de Jaén, el muchacho callado que parecía observarlo todo y hablar poco.
Ahora veía otra cosa.
Una forma de actuar que no entendía todavía.
—Igual no estaba bien —murmuró, aún con el tono de quien defiende su pequeño reproche.
—Tal vez no.
Miró sus hojas sueltas.
—Pero no me pesa.
Sofía bajó la mirada.
No supo por qué aquella frase se quedó dentro de ella.
Quizá porque no sonaba como algo que hubiera dicho para quedar bien.
José realmente parecía pensar que había sido un intercambio sencillo: él se quedaba con unas hojas y ella podía trabajar tranquila.
Pero no había sido sencillo.
Al menos no para ella.
Guardó el cuaderno contra su pecho durante unos segundos.
—Gracias —dijo.
José levantó la mirada.
—¿Por qué?
Sofía casi sonrió.
—Por esto.
Él pareció confundido.
—Ah... de nada.
Y volvió a guardar sus hojas.
Sofía lo siguió con la mirada mientras salían del salón.
Aquella tarde, mientras caminaba a casa, no pudo dejar de pensar en lo ocurrido.
Volvía a verlo de pie contra la pared.
Volvía a recordar las hojas mal arrancadas.
Volvía a pensar en el cuaderno que había tenido entre las manos.