La lluvia
La tarde había oscurecido antes de lo habitual.
El cielo de Lima, que casi siempre se limitaba a esa garúa fina que parecía más una humedad suspendida en el aire que una verdadera lluvia, se había vuelto de un gris pesado y compacto, algo estuviera a punto de romperse allá arriba.
Y entonces ocurrió.
Empezó a llover de verdad.
No era la llovizna típica que apenas humedece las calles, sino una lluvia inesperada, más intensa de lo normal, de esas que de vez en cuando sorprenden a la ciudad en invierno y hacen que todos levanten la cabeza para mirar hacia el cielo, casi incrédulos.
Al principio fueron unas cuantas gotas.
Después, en cuestión de minutos, el agua comenzó a caer con fuerza.
El patio se cubrió rápidamente de pequeños charcos. Las gotas golpeaban el cemento con un sonido continuo y extraño. Algunos alumnos corrieron hacia los corredores, otros se cubrieron la cabeza con sus mochilas y unos cuantos simplemente se quedaron allí, riendo y gritando, disfrutando de algo que para ellos parecía una aventura.
José y Sofía echaron a correr hacia el cobertizo.
Pero la lluvia los alcanzó antes.
El agua les empapó la ropa, el cabello, las pestañas. Sofía soltó una risa mientras intentaba protegerse la cabeza con las manos.
—¡José, corre!
Él corrió detrás de ella durante unos segundos.
Pero de pronto se detuvo.
Sofía avanzó unos pasos más antes de darse cuenta de que ya no escuchaba sus pisadas.
Se volvió.
José estaba parado bajo la lluvia.
—¿Qué haces? —preguntó ella.
Él no respondió.
Había levantado ligeramente el rostro y dejaba que las gotas le cayeran sobre la frente.
Sofía regresó hacia él.
—Te vas a mojar más.
José sonrió.
—Ya estoy mojado.
Ella soltó una pequeña carcajada.
—Eso no tiene sentido.
José no contestó.
Miraba el suelo.
A sus pies, un charco comenzaba a crecer. Cada gota que caía sobre la superficie formaba un pequeño círculo que se abría lentamente hasta desaparecer.
José siguió aquellos círculos con la mirada.
Había algo en ellos que le resultaba extraño.
Nacían y desaparecían casi al mismo tiempo.
—Hace tiempo que no veía llover así —dijo finalmente.
Sofía miró el cielo.
—¿En Jaén llueve más?
José asintió.
—Sí.
Pronunció aquella palabra con sencillez, pero Sofía notó que algo había cambiado en su rostro.
Como si la pregunta hubiera abierto una puerta hacia un lugar que estaba muy lejos de allí.
José miró alrededor.
El patio estaba casi vacío.
Los demás alumnos se habían refugiado bajo los techos y desde allí llegaban voces apagadas por el ruido de la lluvia.
Por unos instantes, aquel colegio parecía distinto.
Y Lima también.
José respiró profundamente.
El olor del cemento mojado le recordó los caminos de tierra de Jaén.
No era exactamente el mismo olor.
Pero se parecía lo suficiente.
Y, sin quererlo, recordó las tardes de su pueblo.
Los caminos.
Las casas.
Los amigos.
Las voces que lo llamaban desde la calle.
Recordó cómo regresaba a casa cuando comenzaba a oscurecer y cómo su madre tenía que llamarlo varias veces para que dejara de jugar.
Durante unos segundos sintió la nostalgia de siempre.
Pero esta vez había algo diferente.
Sofía estaba allí.
A unos pasos de él.
Esperándolo.
—¿No te importa mojarte? —preguntó ella.
José se encogió de hombros.
—No mucho.
Sofía lo observó.
—Eres raro.
José bajó la mirada.
—Ya me lo han dicho.
—¿Y no te molesta?
—No.
Ella sonrió.
—Entonces sí eres raro.
José también sonrió.
Fue una sonrisa pequeña, casi escondida.
Y Sofía se quedó mirándolo un instante más de lo necesario.
No sabía exactamente por qué.
Quizá porque José no parecía darse cuenta de que hacía cosas que llamaban la atención.
No buscaba ser gracioso.
No intentaba impresionar a nadie.
Simplemente era así.
A veces se quedaba mirando algo durante demasiado tiempo.
A veces respondía de una manera que ella no esperaba.
Y otras veces parecía estar escuchando cosas que nadie más escuchaba.
—¿Siempre eres así? —preguntó.
José la miró.
—¿Así cómo?
Sofía hizo un gesto con las manos.
—No sé... callado.
Pensó un instante.
—Parece que estás pensando en algo todo el tiempo.
José miró nuevamente el charco.
—A veces pienso.
—¿En qué?
Él tardó en responder.
—En muchas cosas.
Sofía frunció ligeramente el ceño.
—Eso tampoco responde nada.
José sonrió.
—Ya sé.
Sofía soltó una risa.
Y durante unos segundos volvieron a quedarse callados.
La lluvia continuaba cayendo alrededor de ellos.
José sentía algo extraño.
No era exactamente la felicidad que había experimentado otras veces al estar cerca de ella.
Era algo más intenso.
Le gustaba escucharla reír.
Le gustaba que le hiciera preguntas.
Le gustaba incluso que lo llamara raro.
Pero no sabía por qué.
No sabía que estaba enamorándose.
Para él simplemente era una sensación nueva que aparecía cada vez que Sofía estaba cerca.
Algo que hacía que quisiera permanecer allí un poco más.
Aunque estuvieran empapados.
Aunque la profesora pudiera regañarlos.
Aunque el resto del colegio ya hubiera regresado a las aulas.
Quiso decirle algo.
Algo que explicara lo que sentía.
Pero las palabras no aparecieron.
¿Cómo podía decirle que últimamente esperaba verla entrar al salón?
¿Cómo podía contarle que, algunas mañanas, antes incluso de sentarse, sus ojos buscaban su lugar?
¿Cómo podía explicarle que cuando ella no estaba, el día parecía comenzar de otra manera?