Cuando ella lo buscaba
Los días siguientes, algo cambió sin que nadie lo dijera.
Sofía comenzó a buscar a José casi sin darse cuenta. A veces era en el pasillo, otras en el aula, otras bajo el árbol flaco del patio. No lo hacía con una intención precisa, como quien va a cumplir un deber. Era algo más sencillo, más parecido a una costumbre que había aparecido sin que ella la hubiera decidido.
Simplemente, lo buscaba.
Y cada vez que lo encontraba —sentado, caminando o simplemente mirando el suelo buscando algo invisible— Sofía sentía un alivio suave, casi imperceptible. No sabía exactamente por qué.
Quizá porque ya se había acostumbrado a saber dónde estaba.
Quizá porque después de haber conocido algunas de las cosas que llevaba dentro, verlo solo le producía una extraña sensación de inquietud.
O quizá simplemente porque ahora, cuando no lo veía, se preguntaba dónde estaría.
José se dio cuenta.
No desde el principio, sino después.
Al comienzo lo atribuyó a la casualidad.
Una vez podía ser casualidad.
Dos veces también.
Pero la casualidad empezó a tener su nombre.
La primera vez que vio a Sofía caminar directamente hacia él —no hacia algún lugar cercano, sino hacia él— algo se movió dentro de su pecho con una suavidad que lo sorprendió.
No fue un golpe ni una sacudida.
Fue más bien como cuando el agua tibia toca la piel fría y uno tarda un segundo en admitir que le gusta.
Ella venía por él.
José se quedó quieto.
Por un instante sintió que no sabía qué hacer con las manos, ni dónde mirar, ni siquiera cómo poner la cara.
Desde aquel día, cada vez que la distinguía entre los demás, su interior cambiaba sin pedirle permiso.
El cuerpo se le acomodaba, aliviado tras un largo apretón. La respiración se volvía más honda y el patio dejaba de parecer tan grande, tan gris, tan ajeno.
Sofía parecia traer consigo una especie de claridad.
No una claridad ruidosa.
Era esa luz suave que entra por la ventana cuando uno ya se ha acostumbrado a la sombra. José intentaba disimular. Miraba al suelo, fingía estar ocupado o concentrado en cualquier cosa. Pero por dentro ocurría algo inevitable.
Una mezcla de nervios y alegría que parecía querer correr y quedarse quieta al mismo tiempo.
A veces tenía la impresión de que su corazón, sin consultarlo, daba un pequeño salto y luego se escondía, avergonzado de haber sido descubierto.
No sabía ponerle nombre.
No era amor adulto.
No había promesas grandes ni palabras que pudieran explicarlo.
Era algo mucho más sencillo.
Algo que apenas estaba aprendiendo a reconocer.
Era saber que alguien lo elegía.
A él.
Justamente a él.
Y ese descubrimiento, tan pequeño y tan enorme al mismo tiempo, le provocaba una dicha que todavía no sabía manejar.
Una dicha que se le escapaba por pequeños lugares.
Caminaba un poco más erguido.
Sonreía sin darse cuenta.
Y a veces, en los momentos más inesperados, se sorprendía recordando la forma en que Sofía pronunciaba su nombre.
No era solamente la palabra.
Era la manera: al decir "José", lo llamaba a él, no a uno de los alumnos del salón. Una mañana, mientras todos entraban al aula, Sofía lo llamó.
—José.
Él giró. Y por un instante, antes de poder contenerlo, sintió un vuelco en el pecho, como un paso adelante que se le escapaba sin permiso.
Aquel instante fue tan intenso que José tuvo que bajar la mirada para esconder la sonrisa que se le escapaba.
Sofía lo observó.
—¿Qué?
José negó rápidamente con la cabeza.
—Nada.
Ella sonrió.
—Estás raro.
—Tú siempre dices eso.
—Porque siempre estás raro.
José sonrió un poco más.
El simple hecho de que ella lo llamara, de que hubiera ido hasta él aunque fuera por un motivo mínimo, hacía que algo dentro de su mundo —ese mundo que se había sentido tan desplazado desde que dejó Jaén— pareciera acomodarse.
Era una pieza pequeña que habìa encontrado por fin el lugar donde encajaba.
—¿Qué pasó? —preguntó él, todavía con aquella alegría tibia temblándole en la voz.
Sofía se encogió de hombros.
—Nada. Solo... pensé que podíamos entrar juntos.
José asintió.
—Está bien.
Pero por dentro algo brilló.
Una claridad pequeña.
Un calor que se extendió lentamente desde el pecho hasta las manos.
Y apareció un pensamiento que no se atrevió a decir:
Gracias por buscarme.
Caminaron lado a lado hacia el salón.
No hablaron durante unos segundos.
Pero el silencio entre ellos ya no era vacío.
Era un lugar donde José podía descansar.
Un espacio en el que no tenía que esforzarse para parecer diferente de lo que era.
Mientras caminaba junto a ella, podía escuchar sus propios pasos mezclados con los de Sofía.
A veces sus hombros casi se rozaban.
Y cada vez que ocurría, José sentía un pequeño estremecimiento que trataba de ocultar.
No quería que ella lo notara.
Todavía no sabía qué significaba todo aquello.
Solo sabía que estar a su lado hacía que el camino hacia el aula pareciera demasiado corto.
Y cuando llegaron a la puerta, tuvo una pequeña decepción al darse cuenta de que el momento había terminado.
Entraron.
José ocupó su lugar.
Sofía se sentó cerca.
Y él volvió a mirar su cuaderno, fingiendo que no pasaba nada.
Pero por dentro seguía sintiendo aquel calor.
No entendía por qué ella hacía que su día cambiara simplemente con acercarse.
No entendía por qué escuchar su nombre en la voz de Sofía podía producirle una alegría tan grande.
No entendía por qué, cuando ella se alejaba, quedaba esperando que regresara.
Pero tampoco quería encontrar una explicación todavía.
Quizá porque algunas cosas, cuando uno intenta entenderlas demasiado pronto, pierden esa parte maravillosa que tienen mientras todavía son nuevas.