El tiempo empezó a cambiar
La noche del colchón en la sala no se repitió muchas veces, pero quedó instalada en José como un punto de referencia. Sin saberlo, aquella noche había trazado una línea invisible entre dos momentos de su vida: un antes y un después.
A partir de entonces, algo empezó a cambiar.
Primero fueron cosas pequeñas, tan pequeñas que podían confundirse con el cansancio.
Denisse ya no se levantaba con la misma rapidez. A veces permanecía sentada después de terminar una tarea, con una mano apoyada sobre la mesa y la otra descansando sobre el abdomen.
—Solo un ratito —decía.
Y aquel ratito comenzó a durar más.
Las ollas quedaban a medio lavar. La ropa se acumulaba durante uno o dos días antes de que ella
encontrara fuerzas para ordenarla. Algunas mañanas preparaba el
desayuno y luego tenía que sentarse antes de terminar. Otras veces
se quedaba unos segundos inmóvil en mitad de la cocina, detenida ante
algún pensamiento que le había hecho olvidar qué iba a hacer.
José comenzó a observarla.
No preguntaba.
Todavía no.
Se decía que era normal. Que su madre había pasado por un accidente terrible. Que había perdido a Mateo. Que su cuerpo necesitaba tiempo para recuperarse.
Y quería creerlo.
Pero había cosas que no encajaban del todo.
Los mareos aparecieron primero como episodios breves. Denisse se llevaba una mano a la pared o al respaldo de una silla y esperaba a que el suelo dejara de moverse. Cuando José se acercaba preocupado, ella sonreía.
—Ya pasó.
Y continuaba.
Después llegaron los dolores.
Al principio eran molestias vagas, una presión en el abdomen, una sensación de pesadez que aparecía después de comer o al final del día. Denisse aprendió a convivir con ellas de la misma manera en que había aprendido a convivir con otras cosas: sin quejarse demasiado.
Pero el cuerpo no siempre acepta los pactos que hacemos con él.
Los dolores comenzaron a durar más.
El cansancio también.
Y la risa de Denisse, aquella risa que alguna vez había llenado la casa con una facilidad casi natural, empezó a aparecer en intervalos más cortos, como una visita querida que ya no podía quedarse demasiado tiempo.
José lo notaba.
Lo veía cuando ella subía las escaleras apoyándose discretamente en la baranda.
Lo veía cuando cerraba los ojos antes de responder una pregunta.
Lo veía en la forma en que respiraba después de caminar unos minutos.
Y, sobre todo, lo veía cuando ella creía que nadie la estaba mirando.
Entonces se sentaba.
Apoyaba las manos sobre las rodillas.
Esperaba.
Después levantaba el rostro y volvía a sonreír.
José fingía no haber visto nada.
Era una especie de acuerdo silencioso entre los dos.
Él no preguntaba.
Ella no explicaba.
Así comenzaron los hospitales.
No llegaron de golpe.
Fueron entrando poco a poco en sus vidas, primero como visitas ocasionales y después como una presencia que parecía conocer el camino hacia ellos mejor que cualquier otra persona.
Una consulta llevó a otra.
Un examen llevó a otro.
Después llegaron nuevos análisis, imágenes, resultados que tardaban demasiado y médicos que hablaban en voz baja mientras revisaban papeles.
José comenzó a reconocer el olor del desinfectante incluso antes de entrar en una sala.
Aprendió a distinguir el sonido de los carros metálicos que recorrían los pasillos durante la madrugada, el murmullo de las enfermeras detrás de las puertas, el ruido de los zapatos apresurados sobre el piso brillante.
Aprendió también algo que ningún niño debería tener que aprender tan pronto:
a esperar.
Esperar sentado.
Esperar de pie.
Esperar sin saber.
Esperar mientras su madre estaba detrás de una puerta que él no podía atravesar.
Al principio llevaba un libro o algún cuaderno para distraerse.
Después dejó de hacerlo.
Prefería mirar el reloj.
Las agujas parecían avanzar con una lentitud cruel.
Denisse intentaba mantener la normalidad siempre que podía.
—Cuando salgamos compramos algo para Lucía —decía.
O:
—José, no te olvides de hacer la tarea.
Pequeñas frases.
Pequeñas
preocupaciones.
Todavía parecía existir una vida normal al otro lado de
aquellos pasillos.
Pero cada visita dejaba algo nuevo.
Una palabra.
Un medicamento.
Una recomendación.
Una restricción.
Una nueva cita.
Y poco a poco José empezó a comprender que la enfermedad no era solamente el dolor que veía en el rostro de su madre.
También era el tiempo que les quitaba.
Las tardes que ya no podían pasar juntos.
Las comidas que Denisse apenas terminaba.
Los momentos en que ella quería levantarse y su cuerpo le pedía quedarse sentada.
La casa fue cambiando con ellos.
Ya no había tantos ruidos.
Las puertas se cerraban con más cuidado.
Las
conversaciones se hacían más bajas cuando Denisse dormía.
José comenzó a caminar despacio por los pasillos, cuidando incluso
el ruido de sus pasos para no hacerle daño.
Y aun así, ella seguía intentando protegerlo.
Cuando él la miraba demasiado, Denisse sonreía.
—No pongas esa cara, hijo.
—¿Qué cara?
—Esa.
José bajaba la mirada.
—No tengo ninguna cara.
Ella soltaba una pequeña risa.
—Sí tienes.
Y durante unos segundos volvían a ser ellos.
Madre e hijo.
Nada más.
Sin hospitales.
Sin médicos.
Sin palabras difíciles.
Pero esos segundos duraban cada vez menos.
Con el paso de las semanas, Denisse comenzó a adelgazar. La ropa empezó a quedarle un poco más suelta. Su rostro conservaba la misma ternura, pero había aparecido una sombra debajo de los ojos que antes no estaba.