Aquella última tarde

El último atardecer

El último atardecer

La arena de Ancón estaba fría cuando José y Denisse llegaron.

El día entero parecía haber envejecido demasiado rápido.

El sol ya descendía hacia el horizonte y el viento arrastraba pequeños remolinos de arena que se deshacían apenas unos metros más adelante, como intentos torpes del mundo por mantenerse despierto. A lo lejos, algunas personas caminaban junto a la orilla, reducidas por la distancia a figuras oscuras que iban y venían sin prisa.

José apretaba la mano de su madre.

No lo hacía porque tuviera frío.

Tampoco porque temiera perderse.

Simplemente necesitaba sentirla allí.

Desde que la enfermedad había entrado en sus vidas, había empezado a tener miedo de cosas que antes ni siquiera se le ocurrían. Miedo de verla cansada. Miedo de que cerrara los ojos durante demasiado tiempo. Miedo de que una mañana no se levantara de la cama.

Y, sobre todo, miedo de acostumbrarse a vivir con ese miedo.

Denisse avanzaba despacio.

Cada paso parecía exigirle una pequeña negociación con su propio cuerpo. De vez en cuando reducía el ritmo, tomaba aire y continuaba. No quería que José lo notara.

Pero él lo notaba todo.

—¿Estás cansada?

Denisse lo miró.

Sonrió.

—Un poquito.

—Podemos sentarnos.

—Todavía no.

—¿Por qué?

Ella miró hacia el mar.

—Quiero llegar hasta allá.

José siguió la dirección de sus ojos.

La playa se extendía delante de ellos, húmeda y brillante bajo la luz moribunda de la tarde.

—¿Hasta dónde?

Denisse sonrió otra vez.

—Hasta donde podamos.

José no entendió la respuesta.

Pero siguió caminando.

El mar respiraba frente a ellos.

Una ola llegaba.

Se extendía sobre la arena.

Retrocedía.

Después
venía otra.

Y otra.

El océano llevaba siglos repitiendo el mismo gesto sin
cansarse nunca.

José miró el horizonte.

Siempre le había fascinado el atardecer. Cuando era más pequeño pensaba que el sol realmente desaparecía dentro del mar y que, durante la noche, alguien debía encenderlo nuevamente en algún lugar detrás de las montañas.

Pero aquella tarde había algo distinto.

No sabía qué.

Quizá era el cansancio de su madre.

Quizá el viento.

Quizá la forma en que el cielo parecía oscurecerse demasiado pronto.

Había un color más profundo entre los naranjas, una sombra violácea extendiéndose sobre las nubes. El mar parecía más oscuro de lo habitual y las olas llegaban a la orilla con una solemnidad que José no podía explicar.

Sintió una pequeña presión en el pecho.

No era exactamente tristeza.

Era algo más difícil de nombrar.

Como cuando uno escucha una canción y, antes de comprender la letra, ya sabe que va a doler.

Denisse se detuvo.

José también.

Ella lo miró durante unos segundos.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Estás serio.

José se encogió de hombros.

—Estoy mirando.

—¿El mar?

—Sí.

Denisse volvió los ojos hacia el horizonte.

—Es bonito, ¿verdad?

José asintió.

—Sí.

Ella permaneció unos segundos en silencio.

Después levantó una mano y le acomodó el cabello.

Apartó con cuidado unos mechones que el viento le había llevado sobre la frente. Lo hizo lentamente, con esa familiaridad que solo puede existir entre una madre y su hijo.

Luego pasó los dedos por su cabello una vez más.

Y sopló suavemente sobre su frente.

José cerró los ojos.

Aquel gesto lo conocía desde siempre.

Denisse lo había hecho cuando era bebé. Cuando tenía fiebre. Cuando se golpeaba jugando. Cuando alguna pesadilla lo despertaba llorando.

Ella decía que aquel soplido servía para espantar todo lo malo.

—¿Te acuerdas? —preguntó Denisse.

José abrió los ojos.

—¿De qué?

—De esto.

Volvió a soplarle suavemente sobre la frente.

José sonrió apenas.

—Sí.

—Cuando eras pequeño pensabas que yo podía espantar cualquier cosa.

—Todavía puedes.

Denisse lo miró.

Por un instante no dijo nada.

Después sonrió, pero aquella sonrisa tenía algo distinto.

Algo que José no supo reconocer.

—Ojalá fuera así.

La frase fue tan baja que casi se perdió entre el viento.

José frunció el ceño.

—¿Qué dijiste?

—Nada.

Denisse le tomó nuevamente la mano.

La suya estaba fría.

José entrelazó los dedos con los de ella.

—Mamá...

—¿Sí?

—¿Te vas a poner bien?

Denisse bajó la mirada.

No respondió inmediatamente.

Había aprendido que algunas preguntas de los niños no necesitan una respuesta inmediata. Necesitan primero encontrar un lugar donde no hagan demasiado daño.

—Estoy haciendo todo lo posible.

José guardó silencio.

No era la respuesta que quería.

Pero tampoco quiso insistir.

Caminaron un poco más.

El sol seguía bajando.

Ya no parecía una esfera completa, sino una moneda ardiente suspendida sobre el agua.

Denisse se sentó finalmente.

José se acomodó a su lado.

Durante un rato ninguno habló.

Solo escucharon el mar.

El viento.

La arena desplazándose bajo sus zapatos.

Un vendedor pasó a lo lejos y su voz se perdió entre las olas.

José apoyó las manos detrás del cuerpo y levantó la mirada hacia el cielo.

Las nubes comenzaban a incendiarse.

Púrpuras densos.

Rojos profundos.

Naranjas brillantes.

El cielo parecía abrirse lentamente por dentro.

—Mira —dijo Denisse.

José la miró.

—¿Qué?

—Eso.

Señaló el horizonte.

—Parece que se despide.

José volvió la mirada hacia el sol.

La palabra quedó flotando dentro de él.

Despedida.

No sabía por qué le molestaba.

No sabía por qué aquella palabra, tan sencilla, le había producido un escalofrío.




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