"Aquellas Infancias"

Tu pasado, tu historia..

—Pero nadie más cree eso.

Katharina bajó la mirada después de pronunciar aquellas palabras. Su voz había perdido la seguridad que había intentado mantener hasta ese momento. Parecía cansada de explicar una historia que, durante años, había sido cuestionada por las mismas personas que deberían haberla acompañado.

Josefina permaneció en silencio durante unos segundos. No quería responder apresuradamente. Sabía que, en ocasiones, una respuesta rápida podía hacer que una persona sintiera que sus emociones estaban siendo totalmente ignoradas.

—Que los demás no crean en ti no significa que ellos tengan la razón —respondió finalmente—. No puedes aferrarte a las opiniones de quienes no estuvieron allí. La vida continúa y, aunque ahora parezca imposible, esas voces pueden dejar de tener el mismo peso que tienen sobre ti en este momento.

Katharina levantó la mirada.

—¿Y cómo hago para que dejen de importar?

Josefina se acomodó en su asiento.

—No tienes que conseguirlo de un día para otro. Primero debes aprender a distinguir entre lo que otras personas dicen y lo que realmente ocurrió. Por que claramente son dos cosas diferentes.

Las palabras quedaron suspendidas en la habitación.

Bajo el peso de las críticas y de las opiniones de personas que muchas veces desconocen una situación por completo, podemos llegar a creer que todo aquello que dicen es cierto. Cuando una idea se repite demasiadas veces, incluso una persona que conoce su propia historia puede comenzar a dudar de ella. Y es asi como los echos se cambian rapidamente.

Es entonces cuando aparece una necesidad silenciosa: la necesidad de pertenecer.

Queremos ser aceptados. Queremos que nos comprendan, que crean y que no nos miren de una manera diferente. Por ese deseo de pertenecer, podemos terminar aceptando opiniones que, en otras circunstancias, jamás habríamos considerado.

Y algunas de esas opiniones pueden llegar a lastimarnos profundamente.

Katharina había vivido durante años bajo ese peso tan grande, que terminó callendo tam rapido.

No solo tenía que convivir con el recuerdo de lo ocurrido cuando era una niña. También había tenido que convivir con las dudas que otros habían sembrado en ella.

Josefina lo comprendió poco a poco mientras escuchaba sus palabras con paciencia.

Su paciente había llegado a un límite.

Había pasado tanto tiempo escuchando falsos hechos que quizá había interpretado mal , que terminó aceptando una culpa que nunca le había correspondido. Poco a poco, la víctima había comenzado a ocupar dentro de su propia mente el lugar del responsable.

Y aquello era precisamente lo que Josefina necesitaba ayudarla a comprender.

No podía borrar su pasado o cambiar las decisiones de su familia.

No podía hacer que todos aquellos que habían dudado de ella cambiaran de opinión. Pero sí podía ayudarla a separar la verdad de las voces que habían terminado confundiendo su percepción de sí misma.

—Vamos a escarbar un poco más allá —dijo Josefina.

Katharina frunció ligeramente el ceño.

—¿Más allá?

—Sí. Quiero que intentemos encontrar qué parte de todo esto pertenece realmente a tu recuerdo y qué parte pertenece a las palabras que escuchaste después.

Katharina permaneció pensativa.

—No sé si puedo.

—No tienes que hacerlo todo ahora. Solo quiero que avancemos un poco. Y que la incomodidad o presion no se presenten nunca.

La joven asintió.

Josefina continuó con cuidado:

—Cuando una persona atraviesa una experiencia que la marca profundamente, puede reaccionar de muchas maneras. Algunas personas intentan olvidar simplemente lo sucedido centrandose en algo más. Otras se aíslan. Algunas sienten miedo de confiar nuevamente y otras comienzan a cuestionarse constantemente. Cada persona enfrenta el dolor de una forma diferente.

Hizo una pequeña pausa.

—Lo importante es comprender que ninguna de esas reacciones cambia quién fue responsable de lo ocurrido.

Katharina apretó las manos.

—A veces siento que debería haber sido más fuerte.

—No.

La respuesta de Josefina fue inmediata, pero tranquila.

—No tenías que ser más fuerte. Eras una niña.

Katharina guardó silencio.

—No puedes exigirle a la niña que fuiste que hubiera entendido aquello que ni siquiera un adulto habría podido imaginar fácilmente. Tú confiaste en una persona que debía representar seguridad para ti. Esa confianza no fue un error.

La joven sintió que sus ojos comenzaban a llenarse de lágrimas.

—Pero yo lo seguí.

—Porque confiabas en él, y tus padres tambien.

—Sí...

—Entonces no confundas confianza con culpa.

Katharina levantó la mirada.

Aquella frase pareció quedarse dentro de ella.

Confianza y Culpa.

Dos palabras que durante años habían estado mezcladas en su cabeza.

Josefina prosiguió:

—Tu decides sí puedes aprender a vivir sin permitir que aquel recuerdo controle cada aspecto de tu presente o dejas que te destruya como ahora.

Katharina respiró profundamente.

—¿Y si nunca consigo seguir?

—Entonces avanzaremos poco a poco.

—¿Aunque tarde años?

—Aunque tarde el tiempo que tenga que tardar. Siemore estare aqui acompañandote.

La respuesta provocó una pequeña sonrisa en Katharina.

Josefina la observó con empatía.

—Nuestra propia mente puede convertirse en un escudo. A veces intenta protegernos de aquello que podría herirnos. Pero también puede construir barreras tan grandes que terminamos encerrándonos dentro de ellas.

—Eso me pasa —susurró Katharina.

—Lo sé.

—Me cuesta confiar en las personas.

—Es comprensible.

—Siempre pienso que alguien podría estar mintiéndome.

—Y por eso debemos trabajar en ello. No para que vuelvas a confiar ciegamente en cualquiera, sino para que puedas aprender a establecer límites y decidir en quien confiar sin miedo.




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