¿Cuántas veces nos encontramos de formas inesperadas con la lluvia? Suelo pensar que es lo más sublime, ¿sabes? Sabemos que viene del cielo, que se crea de forma natural y que es necesaria para nuestra existencia. Aquellas gotas han tocado a tantas generaciones... ¿Cuántas épocas han visto pasar? Han tocado el mundo, sus avances y sus atrasos. ¿De cuántas historias ha sido testigo la lluvia? Historias como la que te voy a contar.
Noche lluviosa, bastante lluviosa. Siempre he sido un chico solitario. Al principio me incomodaba un poco, pero luego empezó a ser normal, casi imperceptible, la sensación de soledad. Iba al cine solo, recorría lugares, centros comerciales, parques, epicentros concurridos en los cuales me suelo sentir más solo. Es increíble cómo nos podemos adaptar a todo, aunque nuestro corazón haya querido toda la vida algo diferente.
Aquella noche salía del cine. Había visto una película de terror que al principio desprecié; luego la entendí y, después, en el transcurso de mi caminata desde la salida, empecé a tomarle gusto. Aquella película que me pareció mala, para cuando estaba en la calle, era la mejor que había visto. La lluvia era intensa y no suelo tomar un transporte diferente al público de mi ciudad. Pero ese día... ese día en especial, algo diferente ocurrió.
Tenía la sensación de cansancio más grande que había experimentado, como si un manto de peso cósmico se posara sobre mí. El bostezo, la pesadez en los ojos. Así que decidí pedir un carro; uno que me llevara a casa tranquilo y rápido para llegar a descansar.
Pedí, por medio de mi teléfono, un automóvil, el cual me costó bastante conseguir. Los precios eran muy elevados. Claro, estaba lloviendo; era algo lógico. Pero me incomodaba y quería gastar lo menos posible. Ofrecí la mitad de la tarifa. Por varios minutos nadie tomaba mi solicitud. Decidí esperar un par de minutos más antes de ceder.
Entonces algo extraño pasó
No lo noté. No me avisó. No sonó la aplicación. Siempre, por lo general, sonaba y avisaba. No le di importancia y noté que alguien me ofrecía llevarme por solo unos cuantos pesos más de lo que yo ofrecía. Aun así, para un viaje tan largo, era muy económico. Así que acepté de inmediato.
La persona, casi de ipso facto, me llamó.
Contesté algo asombrado. Me preguntó si iba acompañado y exactamente en qué lugar me encontraba. Respondí que iba solo y que estaba a unos cuantos metros de donde él aparecía en el mapa. Luego de eso, colgó de inmediato.
Empezó a recorrer mi espina dorsal una sensación de inquietud. Pero luego pensé:
—¿Qué podría pasar?
Pasaron varios minutos. Desde mi aplicación, el carro de la persona estaba quieto, sin moverse. Pensé que cancelaría el viaje y me incomodé. Pero luego recibí, de sorpresa, una llamada nuevamente.
Al contestar, lo primero que dijo fue:
—Ya estoy aquí
Me dejó inmóvil, con un escalofrío recorriendo todo mi cuerpo.
En la aplicación seguía apareciendo, según el mapa, desde donde me llamó la primera vez. No se había movido un centímetro, pero, según la llamada, estaba aguardando por mí.
No entendía nada.
Empecé a buscar su placa. No la veía, no lo encontraba. Estaba parado en la acera, buscándolo, cuando, de repente, un carro particular se me acercó:
—¿A dónde te diriges? La noche está muy lluviosa y me caería bien un dinero. Puedo llevarlo.
Su cara era confiable y se veía muy amable. Me miraba de una forma extraña, como si quisiera sacarme de ese lugar; como si fuera un rescatista intentando salvarme de un peligro inminente.
Sentí paz... y una inmensa sensación de querer aceptar su propuesta.
Pero entonces escuché el pito desesperado de un carro.
Era un taxi con la placa de la persona que había tomado mi solicitud
Tuve que rechazar el ofrecimiento de aquel amable conductor, el cual me respondió
—¿Está totalmente seguro? Aún hay tiempo... y todavía puede tomar una buena decisión.
Insistí en mi rechazo y le agradecí
Cuando me dirigía al taxi, pude sentir su mirada clavada en mi espalda, como si me observara con tristeza; como si supiera que algo estaba a punto de suceder.
Volteé a verlo y me despedí. Entonces vi, en su rostro, la decepción y un gesto de despedida cargado de una profunda melancolía.
No le di más importancia
Abrí la puerta del taxi y procedí a subir.
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Editado: 29.07.2026