—¿Cómo está? Muy buena noche.
Le respondí su saludo educadamente.
Era un hombre de aproximadamente setenta años, de tez blanca y cabello cano.
Desde el primer momento me incomodó la sensación de abandono que impregnaba el interior del automóvil. La cojinería era antigua y desgastada; los rayones y el deterioro solo podían ser obra del tiempo.
Además... ese olor.
No podía reconocerlo, pero olía horrible. Era un hedor que me provocaba náuseas de inmediato. Sin embargo, no era constante. A veces venía y luego desaparecía, permitiéndome recuperar el aliento por unos instantes.
Entonces el hombre me preguntó si tenía una ruta definida.
Con inmenso desconocimiento, respondí, apenado y con ansiedad, que no; que podía tomar la que quisiera.
Después de esas palabras noté algo que dejé pasar. Al principio no me pareció malo. Pero debí alarmarme de inmediato.
Fue una leve sonrisa.
La sonrisa de aquel extraño y anciano hombre que, supuestamente, me llevaría a mi destino
—¿Se puede prender la luz?
Le pregunté, ya bastante incómodo con la oscuridad que embriagaba la cabina. Mis piernas chocaban contra la pared divisoria y el asiento del copiloto. El extraño olor regresaba por momentos, y aquel hombre emanaba una energía profundamente inquietante
Toda esa ansiedad se interrumpió con un firme y seco:
—¡No! No es posible... Se fundieron las luces.
Respondí con una sonrisa nerviosa:
—Oh... está bien. No pasa nada.
En mi infinita vergüenza y en esa absurda manía de no querer incomodar a los demás, siempre prefería la comodidad ajena antes que la mía. Así que sonreí mientras una ansiedad insoportable comenzaba a devorarme por dentro.
Pero todo empeoró.
Empecé a notar que estaba tomando una ruta completamente desconocida para mí. No conocía mucho la ciudad; casi no salía, así que solo me quedaba confiar en que realmente fuera un camino rumbo a mi casa.
El silencio se prolongó durante un largo rato.
Hasta que comencé a escuchar a aquel hombre. Balbuceaba algo que no lograba entender, mientras empezaba a rascarse desesperadamente la nuca. Al principio parecía un gesto normal, casi insignificante. Pero, poco a poco, sus movimientos comenzaron a adquirir algo... antinatural.
Seguía lloviendo con una fuerza descomunal. Me era imposible reconocer las calles. Mirar por la ventana ya no servía de nada; el agua deformaba toda imagen del exterior.
Llovía... y llovía cada vez con mayor violencia.
Podía sentir las vibraciones de cada gota golpeando el frío metal del automóvil, mezclándose con ese sonido uniforme de la lluvia que, normalmente, transmite paz
Pero aquella noche... yo sentía exactamente lo contrario.
De pronto, sin que existiera conversación alguna, el anciano habló.
—¡La gente está enferma porque quiere!
Aquella frase cayó sobre el silencio como una piedra lanzada a un pozo. No había motivo para decir aquello. No estábamos hablando. Sin embargo, sus palabras exigían ser escuchadas.
Giré lentamente la cabeza para mirarlo.
Entonces descubrí que él ya me observaba fijamente desde hacía varios segundos.
Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.
Su ojo izquierdo estaba caído. No... La verdad era mucho peor. Parecía no tener párpado alguno. Era como si aquel ojo agonizara dentro de su propio rostro; como si estuviera pudriéndose lentamente y permaneciera abierto por obligación, condenado a contemplarlo todo.
La oscuridad impedía verlo con claridad, pero cuanto más intentaba distinguirlo, más insoportable resultaba su apariencia.
Solo mirarlo me provocaba un escalofrío que debía ocultar a toda costa. No tenía idea de lo que aquel hombre podía ser capaz de hacer.
Intentando mantener la calma, respondí:
—¿Por qué lo dice?
Él volvió lentamente la vista hacia la carretera.
—Las personas están infectadas... Todas lo están. Nosotros nacemos puros, sin maldades ni enfermedades. Pero luego nos corrompemos... y empiezan a atacarnos.
—¿Atacarnos?... ¿Quiénes? ¿A qué se refiere?
—Esos que todos tenemos, niño... Esos bichos que nos comen. Cuando te duele la espalda no es dolor... Son esos bichos del demonio alimentándose de ti lentamente. Si empiezas a perder la vista, es porque ya están devorando tu retina.
Tragué saliva.
—Creo... creo que ese tipo de bichos los notaríamos.
De inmediato golpeó el volante con violencia.
—¡¡¡NO!!! ¡¡¡NO LOS NOTAS, MALDITO IGNORANTE!!!
Su grito fue tan brutal que sentí cómo se me helaban los huesos. Quedé completamente inmóvil. Entonces volvió a girar la cabeza hacia mí. Otra vez. Con aquel rostro nauseabundo. Con aquel ojo condenado. Con aquella expresión imposible de describir.
Se quedó observándome. Sin decir una sola palabra. Solo mirándome.
Una desesperación insoportable comenzó a invadirme. Mis manos empezaron a temblar. Mi respiración se volvió pesada. Estaba reuniendo el valor para decirle que quería bajarme del taxi. Ya casi pronunciaba las palabras...
Cuando él me interrumpió.
Giró bruscamente la cabeza hacia el asiento del copiloto. Después movió lentamente todo su cuerpo en esa misma dirección. Yo no alcanzaba a ver qué había allí. Él permaneció contemplándolo durante largos segundos. Segundos eternos. Mientras tanto, el terror crecía dentro de mí con una lentitud insoportable.
Finalmente extendió la mano. Tomó un frasco. Parecía un frasco de loción, aunque la oscuridad apenas me permitía distinguirlo. Era de vidrio. Luego sacó un cepillo de dientes. Vertió sobre él el líquido del frasco. Y comenzó a restregarse ferozmente la nuca. Con una violencia enfermiza. Una y otra vez. Mientras emitía unos quejidos espantosos. Gemía como alguien que estuviera ardiendo vivo. Como si cada movimiento le arrancara la piel.
Aquellos sonidos hicieron que el miedo se apoderara por completo de mí.
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Editado: 29.07.2026