Fue entonces cuando el anciano tomó nuevamente el frasco. Al verlo inclinar el automóvil hacia la orilla de la vía, di un salto en el asiento.
—¡No! ¡No necesito su remedio! Muchas gracias... Por favor, solo quiero llegar a mi casa.
Él giró lentamente el rostro hacia mí. No respondió. Simplemente sonrió. Una sonrisa antinatural. Tan amplia que parecía romperle el rostro. Y aquel ojo... ese ojo parecía derretirse lentamente, cayendo como la yema espesa de un huevo.
No recuerdo exactamente cuánto tiempo pasó después.
Solo sé que, sin darme cuenta, terminé desmayándome.
Desperté al escuchar un sonido insoportable. Una fricción constante. Como alguien rascándose la piel con desesperación.
Abrí lentamente los ojos. A través del espejo retrovisor observé nuevamente al anciano. Volvía a rascarse la nuca, pero ahora con una violencia mucho mayor. Sus dedos parecían querer atravesar la carne. Las expresiones de su rostro mostraban una tortura imposible de fingir. Dolor. Sufrimiento. Desesperación.
Por un momento incluso llegué a sentir compasión por él.
Respiré profundamente. Había recuperado un poco la conciencia. Con voz temblorosa pregunté:
—¿Ya casi llegamos?... ¿Cuánto falta?
El viejo soltó una carcajada.
—¡Estupideces, niño ignorante! He recorrido las calles de esta ciudad durante toda mi vida. No necesito que la tecnología me diga por dónde ir.
—Entonces respóndame... ¿ya casi llegamos?
—Sí, muchacho... ya casi. Tal vez, si no fuera un niño adulto, sabría por dónde vamos y no estaría preguntando.
Aquellas palabras me golpearon. En el fondo tenía razón. Conocía muy poco mi propia ciudad. Mi falta de experiencia me resultaba profundamente humillante.
Al menos el olor había desaparecido. Y aquel hombre había dejado, por fin, de rascarse.
Creí que lo peor había terminado.
Qué equivocado estaba.
Sin previo aviso volvió a hablar. Con una tranquilidad espeluznante.
—El problema es el sexo...
Guardó silencio unos segundos. Como si disfrutara la expectativa.
—Sí... desde la primera vez que tienes relaciones es cuando te infectas. Es ahí donde los microhuevos de esos bichos entran por tus genitales y luego pasan a tu sangre... a tus órganos... hasta que todo tu cuerpo queda contaminado. Después nacen, se reproducen... y ya es imposible exterminarlos.
Se acarició lentamente la nuca.
—Bueno... imposible para todos, excepto para mí.
Lo observé sin saber qué responder.
—¿Los descubrió?
Su sonrisa volvió. Pero esta vez estaba cargada de orgullo.
—Sí... Yo logré verlos. Fue aquella vez... aquella noche hace tantos años... cuando estaba con esa chica.
Guardó silencio. Después corrigió sus propias palabras.
—Bueno... no era una chica. Era una prostituta.
La forma en que pronunció esas palabras hizo que sintiera un nuevo escalofrío. Continuó hablando sin apartar la vista de la carretera.
—En ese entonces aún no conocía la existencia de esos bichos. De haberlo sabido, jamás habría entrado a esos lugares. Era la más barata de aquella noche. Estaba completamente infestada... aunque ella no lo sabía. Su cuerpo albergaba cientos de miles de millones de esos bichos... reproduciéndose sin descanso.
Apreté los puños. No sabía si quería seguir escuchándolo. Pero era incapaz de interrumpirlo.
—Recuerdo que la acosté sobre la cama. La observé fijamente... y entonces vi una pequeña sombra pasar entre su nariz y su ojo. Al principio pensé que había sido mi imaginación. Pero cuando estaba a punto de acostarme sobre ella... lo vi otra vez. Primero fueron sus piernas. Después sus hombros. Pequeñas sombras. Figuras diminutas. Corriendo de un extremo al otro de su cuerpo. Me acerqué más... mucho más. Y seguían apareciendo. Cada vez eran más. Hasta que pude contemplar todo su cuerpo completamente cubierto por ellos.
Hizo una pausa. Tan larga que solo podía escucharse la lluvia golpeando el techo del automóvil.
—Prendí la luz... Y ya no estaban.
Respiró con fuerza.
—Pero Dios me había permitido verlos. Fue un regalo. Algo divino. Algo... celestial.
—¿Celestial, señor?... ¿No pudo haber sido un efecto visual?
No me permitió terminar. Golpeó el volante con tanta fuerza que el automóvil dio un pequeño bandazo.
—¡¡¡Cállate!!! ¡No te atrevas a juzgar las obras de Dios! ¡Él me encomendó esa tarea... y yo la cumplí! ¡Me siento orgulloso!
Sentí cómo la sangre abandonaba mi rostro. Aun así, pregunté con un hilo de voz:
—¿La cumplió?... ¿A qué se refiere? ¿Qué tarea?
El anciano sonrió. No era una sonrisa humana. Era la expresión de alguien que encontraba placer en un recuerdo espantoso.
—La de destruir esos insectos. No matarlos... exterminarlos. Que no quedara ni rastro de ellos.
Hizo una breve pausa.
—Aquella noche todavía no tenía mi químico especial, así que tuve que hacerlo de otra manera.
Volvió a reír.
—Es incómodo matarlos uno por uno. Así que quemarlos fue mucho mejor. Esa mujer nunca estuvo más libre.
Su risa estalló dentro del automóvil. No era fingida. No era nerviosa. Era auténtica. Una alegría desbordada. Como si recordar aquel momento fuera el instante más hermoso de toda su existencia.
Yo permanecí inmóvil. Mi mente intentaba comprender lo que acababa de escuchar.
«¿Acaba de confesar un asesinato...?»
Miles de pensamientos comenzaron a golpearse unos contra otros.
«¿Y si le digo que está loco... y me mata?»
«¿Y si logro salir vivo y lo denuncio?»
«¿Entonces por qué me contó todo esto?»
«¿Su intención siempre fue matarme?»
Cada una de aquellas preguntas aumentaba el terror que ya dominaba mi cuerpo. Sentí una gota helada de sudor deslizarse por mi frente. Mi garganta parecía cerrarse. Era incapaz de pronunciar una sola palabra.
El miedo absoluto se había apoderado de mí. No solo de mi mente... también de mi cuerpo. De mi respiración. De mi sistema nervioso.
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Editado: 29.07.2026