Aquello Que Nos Come

El Quimico

El anciano volvió a mirarme por el espejo retrovisor. Su sonrisa era aún más amplia.

—Tú también tienes esos bichos del demonio...

Guardó silencio. Luego comenzó a reír nuevamente.

—Pero para suerte tuya... esta vez sí tengo mi químico.

Las palabras fueron acompañadas por una carcajada que todavía hoy sigue resonando en mis recuerdos. Volvió a tomar el frasco de vidrio. Lo lanzó sobre el asiento, cerca de mí. El recipiente golpeó el cuero viejo con un sonido seco.

—¡Aplícatelo todo! Ya casi se va a acabar. Úsalo... báñate con él. Después me lo agradecerás.

Retrocedí todo lo que pude.

—No... no... No, señor. De verdad no es necesario. Por favor... déjeme bajar.

Mi voz comenzó a quebrarse. El anciano no respondió. Ni una palabra. El silencio que dejó fue mucho peor que cualquiera de sus gritos. Parecía una manta pesada cubriendo todo el interior del automóvil.

Sentí lágrimas brotar de mis ojos. No era un llanto desesperado. Era miedo. El miedo más puro que había sentido en toda mi vida.

Entonces habló. Con una voz tan calmada que resultaba aterradora.

—Aplícatelo todo... o tendré que matar a esos bichos yo mismo.

Sus labios apenas se movieron.

—Mi deber es no dejar ninguno con vida.

Fue en ese instante cuando comprendí exactamente lo que significaban aquellas palabras. Si no obedecía... él pensaba hacerlo conmigo.

Con manos temblorosas tomé el frasco. Lo destapé. El olor fue aún peor. Una mezcla insoportable de químicos, humedad y algo que jamás he logrado identificar. Sentí arcadas de inmediato.

Entonces el anciano gritó. Un grito que parecía venir de lo más profundo de un alma condenada.

—¡¡¡HAZLOOOO!!!

Mi cuerpo dejó de responder a la razón. Entré en un estado automático. Solo quería sobrevivir. Sin pensar. Sin cuestionar. Comencé a untarme aquel líquido por los brazos, el cuello, el pecho... por donde alcanzaba.

El anciano frenó violentamente. Las llantas chirriaron sobre el pavimento mojado. En un movimiento brusco se giró hacia mí. Después comenzó a restregarme con ambas manos. Con una fuerza descomunal. Frotaba aquel líquido sobre mi cuerpo como si intentara arrancarme la piel.

Yo lloraba. Suplicaba.

—¡Déjeme bajar... por favor! ¡Quiero salir! ¡Déjeme ir!

Las palabras apenas podían entenderse entre mis sollozos. Él seguía frotando.

—Claro... ya casi estás listo. Perfecto... Ahora sí...

Sus ojos brillaban con una emoción enfermiza.

—Ahora empezará a matar a todos esos bichos.

Apenas terminó de pronunciar aquella frase, el olor se volvió insoportable. No pude contenerme más. Vomité sobre mí, sobre el asiento, sobre el suelo del automóvil. Sentí inmediatamente cómo la presión abandonaba mi cuerpo. La vista comenzó a oscurecerse. Estaba a punto de desmayarme otra vez. Pero dentro de mi mente repetía una sola oración.

«Dios... no me deje dormir.»

«Por favor... no permita que pierda el conocimiento.»

«No sé dónde voy a despertar.»

Seguía vomitando sin control. Entonces ocurrió algo todavía peor. En un ataque de furia, el anciano hundió una mano entre el vómito y, sujetándome con fuerza el rostro, intentó obligarme a tragármelo nuevamente.

—¡Asqueroso!

Gritaba mientras empujaba su mano contra mi boca. Yo apenas tenía fuerzas para resistirme. Sentía que mis brazos ya no respondían. Mis ojos comenzaban a cerrarse lentamente. Cada vez más. Cada vez más...




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