Aquello Que Nos Come

Nos Persiguen

Hasta que un sonido desgarró la noche.

¡¡¡PIIIIIIIIIII!!!

El estruendo de un claxon me arrancó de aquel estado de inconsciencia. El anciano también reaccionó. Alarmado, volvió de golpe a su asiento de conductor.

A través de la ventana empañada distinguí otro automóvil. Y, para mi sorpresa... era aquel hombre. El mismo conductor que, antes de subir al taxi, me había ofrecido llevarme. El mismo que me había dicho que todavía estaba a tiempo de tomar una buena decisión.

Con el rostro desencajado, gritaba desde su vehículo:

—¡Maldito viejo! ¡Sé perfectamente lo que haces! ¡Suelta a ese joven ahora mismo o llamaré a la policía! ¡Te vi hace no más de tres días sacar a una muchacha de tu auto en condiciones deplorables, para luego quemarla viva! Te he perseguido por largo tiempo y no te había reconocido, pero sabía que eras tú. ¡Pagarás por lo que has hecho!

Aquellas palabras me infundieron terror, pero al mismo tiempo encendieron en mi pecho una chispa de esperanza: alguien venía en mi auxilio. La ilusión fue efímera. Vi a través del espejo retrovisor cómo los ojos del anciano se encendían en ira; un instante después, aceleró el vehículo con una violencia salvaje. Nos adentramos a una velocidad demencial en la carretera, devorados por la oscuridad, la lluvia y la densa bruma de la noche.

El viejo comenzó a rascarse las heridas de la nuca, balbuceando para sí mismo que el compuesto químico tampoco había funcionado esta vez, y que debía exterminar a los bichos sirviéndose únicamente del fuego.

Al percatarme de que el otro conductor nos seguía de cerca, un hálito de esperanza me sostuvo; era mi única trinchera contra la muerte. El anciano continuaba su marcha suicida, rebasando automóviles y semáforos sin el menor rastro de piedad. Yo, desamparado en el asiento trasero, solo atinaba a rezar en silencio y a llorar, presa del más puro pánico.

De pronto la escena se volvió aún más grotesca. El anciano comenzó a proferir alaridos y a sollozar, víctima de un tormento físico que parecía invadirlo con una violencia brutal y desesperada.

«¿Qué le ocurre? ¿Qué demonios le ocurre?»

Miró bruscamente hacia la izquierda y, gobernando el volante con una sola mano, utilizó la otra para rascarse hasta desollarse la nuca con una desesperación rabiosa, animal. Yo contemplaba aquello sumido en el espanto y la náusea.

Entonces, rompió el silencio con una voz quebrada:

—¡Ah! ¡Estoy muriendo en vida! ¡Esto es un infierno viviente! No me conceden tregua... ¡me devoran, me devoran estos bichos malditos! ¡Me cansé! ¡No me torturarán más, nunca más!

Movido por una morbosa fascinación, clavé la mirada en su nuca, buscando el origen de su martirio. Lo que vi me petrificó: alcancé a divisar cómo de sus carnes laceradas se asomaban varios gusanos, emergiendo de entre pústulas llenas de pus y un sarpullido que ya devoraba la totalidad de su cuello.

Quedé paralizado, y desperté de golpe cuando el anciano estiró el brazo hacia el asiento del copiloto y empuñó un encendedor. El pánico me devolvió la voz:

—¿Qué... qué piensa hacer? ¡Cálmese, por favor! Solo detenga el auto, déjeme bajar y todo habrá terminado... ¡Podemos buscar ayuda, se lo juro!

El anciano desvió sus ojos inyectados en sangre hacia el retrovisor y sentenció con una carcajada:

—¡Jajaja! ¡Niño estúpido! ¡Esto jamás se trató de ti, jamáaaas!

Apartó la mirada de mí y, encendiendo la llama, la aproximó sin vacilar a su propia nuca. El fuego prendió de manera instantánea sobre su piel impregnada del líquido inflamable, mientras el hombre se deshacía en alaridos de dolor. Desesperado, busqué una vía de escape; forcejeé frenéticamente con los seguros de las puertas, pero estaban bloqueados. Entre tanto, los balbuceos del anciano flotaban en el aire asfixiante:

—¡Ya no me atormentarán más! ¡Voy a matarlos, malditos bichos! ¡Malditoooos!

Ese fue su último grito antes de desplomarse inerte sobre el tablero, envuelto en llamas. El volante quedó a la deriva y el choque se tornó inminente. La adrenalina de la supervivencia agudizó mis sentidos; apliqué una fuerza que no sabía que tenía a los mecanismos de la puerta, pero el fuego ya devoraba la cabina delantera.

El coche comenzó a derrapar, perdiendo toda estabilidad. Sentí la cercanía de mi propio fin. Fue entonces cuando recordé mi llavero; poseía una copa de acero que, al girarse, adoptaba la forma de una fina púa. Con el pulso tembloroso, arremetí contra el cristal de la ventanilla. El primer golpe fue estéril, pero el segundo, asestado con toda mi desesperación, lo hizo añicos.

Al sentir la brisa helada de la noche, advertí que nos dirigíamos hacia un poste de alumbrado público. Ignoro cómo encontré la fuerza, pero logré arrojarme a través de la brecha.

El pavimento me recibió con crueldad: me fracturé la nariz, el brazo izquierdo y mi rostro quedó desfigurado por el impacto. Tirado en el suelo, lloré desconsoladamente. A lo lejos, escuché el estruendo final del automóvil al colisionar y ser consumido por las llamas.




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