El conductor que nos perseguía detuvo su marcha. Se aproximó a mí lentamente, tendiéndome la mano en la penumbra. El tráfico se paralizó. Para cuando logré ponerme en pie, la policía ya custodiaba la escena y una ambulancia aguardaba. Me costaba respirar y el brazo era una masa inerte; mi visión se tornó borrosa y fui víctima de una marea confusa de sensaciones: euforia, melancolía, terror, ansiedad y un llanto incontenible. Incapaz de procesar los interrogatorios de los médicos, se me administró un sedante.
Antes de perder la conciencia, contemplé el vehículo de aquel demente: era una pira de cenizas, un esqueleto calcinado. Supuse que, finalmente, el fuego había consumido tanto al hombre como a los parásitos que lo encerraron en su infierno personal.
Los meses posteriores fueron un lento calvario de recuperación: cirugías en el brazo y una nariz que jamás recuperó su simetría original, quedando torcida como un recordatorio perpetuo de aquella noche. Las sesiones con terapeutas se volvieron mi rutina. Aquella velada de cine, que comenzó con el simple deseo de regresar a casa tras ver una mala película, se transformó en un horror que me enseñó el valor de la existencia.
Ahora relato mi historia como un superviviente, pero mi vida cambió: solo viajo en transporte público y evito la espesura de la noche.
Sin embargo, la tarde de ayer experimenté un escalofrío que me heló la espina dorsal. Durante el almuerzo, uno de mis colegas de oficina se llevó la mano a la nuca, rascándose con insistencia. Con el corazón en un puño, le pregunté si le ocurría algo.
Extrañado por mi semblante, me respondió de manera casual:
—No es nada, solo una picazón.
—Claro, perdona... es algo normal —repliqué, intentando serenar mis demonios.
—Sí, supongo —añadió él con ligereza—. Es una sensación extraña, como si tuviera pequeños bichitos caminando por debajo de la piel... ya sabes, ese cosquilleo de cuando se te duerme un miembro.
Me quedé petrificado, mudo. Él jamás supo del horror que presencié en aquel taxi, y su comentario, destilando una macabra ironía, resonó en mis oídos como el eco de una maldición que se niega a morir.
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Editado: 29.07.2026