Rudy
— ¿Qué cojones ha sido lo de antes, Rudy? A ver si paras de espantar a los clientes macho…
Escuché a mi hermano Hans mientras este entraba en casa. Inmediatamente, sonreí, me hacía gracia como siempre que le ayudaba en la tienda me acababa reprochando algo. Mi madre, que estaba cocinando unas verduras, me miró extrañada.
— ¿Qué has hecho ahora, hijo? — A pesar de estar en España, nuestros padres seguían hablándonos en alemán.
— No he hecho nada, lo juro… — Dije en mi lengua materna — Solo se me ha acercado una rubia guapa en la tienda, no podía resistirme… Además, te ha comprado un vinilo y un tocadiscos, ¿qué más quieres?
— Al final, solo el vinilo, me ha tenido 5 minutos dándola una charla sobre los tocadiscos para al final no llevarse nada, ¿por qué? ¡Porque la tía estaba pensando en ti!
— Hombre, como para no, si soy genial…
Dije con los aires de superioridad que solía llevar y mi madre rio negando con la cabeza.
— Eres un creído. — Ahora hablaba mi hermana, Kat, como siempre metiéndose en todo.
— ¡Oye, mocosa! Sin faltar, eh…
— ¡No insultes a tu hermana, Rudy! — Gritó mi madre, ahora en un español bastante bueno.
— ¡Pero si ha empezado ella!
Mi hermana se encogió de hombros y se fue riendo mientras seguía comiéndose un chupachups.
En ese momento ya éramos solo 5 en casa. Mis padres, mi hermano mayor Hans, mi hermana pequeña Kat, y yo.
Antes solíamos ser 6, pero eso es otra historia. Una que ni yo tengo claro cómo contar.
Nos mudamos a España cuando yo tenía 2 años por el trabajo de mi padre, y desde entonces habíamos vivido allí, en Madrid.
Mis padres solían decir que echaban de menos Múnich, que es de donde somos, yo no podía opinar porque literalmente era un bebé. Pero oye, de España no me podía quejar, vivía genial. Tenía una buena educación, un grupo de amigos increíble, el hecho de ser guiri hacía que las tías quisieran más conmigo… Todo estaba perfecto.
Tan perfecto que cuando mis amigos hablaban de querer mudarse y conocer mundo flipaba. Mi mejor amigo, Maxi, siempre decía que su sueño era vivir en Londres, jamás lo entendí, con el sol que hace en Madrid. ¿para qué te quieres ir a vivir a ese sitio donde siempre llueve?
Pero bueno, el caso es, que ese día me metí en mi habitación todavía pensando en esa rubia de la tienda, Elizabeth, por alguna extraña razón, necesitaba volver a encontrarme con ella. Nunca me había pasado algo así, normalmente, si veía que una chica guapa se me escapaba de las manos, me iba a por otra, sería por chavalas de mi edad en Madrid… Pero ella, no sé, me causaba intriga, por alguna razón que todavía no lograba entender.
Negué con la cabeza ante mis propios pensamientos, achacándolo a un encaprichamiento tonto que se me pasaría mañana.
Pero al día siguiente, tampoco me la podía quitar de la cabeza, ni al siguiente, ni al otro. Tenía una pequeña obsesión con ella, aunque ya casi ni recordaba su cara, recordaba su pelo rubio, sus ojos azules, esa cara de querer esconderse tras una estantería para que no la viera cuando vino a preguntarme.
Le pregunté a Hans varias veces si había pasado por la tienda, pero el muy rancio no me lo quería contar, decía que para que volviera a espantar a clientes mejor me centrara en ligar fuera de la tienda.
Pero algo tenía esa chica, que no podía parar de pensar en ella.
Hasta le conté a Maxi sobre ella, un día que estábamos los dos solos en la cafetería a la que solíamos ir.
— Tío, te juro que es distinto, no sé por qué…
Mi mejor amigo rodó los ojos y le pegó una calada a su cigarro.
— Rudy… Nunca es distinto para ti, no creo que esta tía sea tan especial, déjalo… Búscate a otra. ¿O acaso es tan especial que tendrías una relación con ella? —
Negué con la cabeza, casi asustado.
— Eso nunca.
Maxi soltó una risotada y casi se ahogó con el humo de su cigarro.
Éramos el Yin y el Yang literalmente. Él llevaba en una relación una eternidad, 3 años. Y yo, cuando estaba más de dos veces con la misma chica, me aburría. Y aun así, seguíamos siendo mejores amigos desde los 6 años.
A veces si pensaba en cómo sería tener una relación, tener a alguien que te escuchase y que te quisiera con todo su corazón, que yo la quisiera al mismo nivel…
Y después se me pasaba el pedo y volvía a la normalidad.
No es que estuviese asustado al compromiso (que un poco sí), sino que apreciaba mi libertad, el poder hacer lo que quisiera sin que nadie me controlara.
Salí de mis pensamientos cuando la camarera, de más o menos nuestra edad, vino a recogernos los cafés. Ni siquiera sabía cómo se llamaba, pero mis amigas me habían dicho que llevaba detrás de mí bastante tiempo. Yo no me había dado cuenta, cosas de hombres, supongo.
— Te veo disperso. — Miré a la chica, que acababa de hablar, y me encogí de hombros. Maxi soltó una risilla.
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Editado: 05.08.2026