El silencio no es la ausencia de ruido. Es expectativa.
Me desperté con esa sensación pegajosa de estar llegando tarde a algo que no sabía que había aceptado. El refugio improvisado olía a humedad y óxido, una combinación que la ciudad parecía usar como firma personal. Me incorporé despacio, esperando que el latido se calmara.
No lo hizo.
Al contrario, parecía entretenido. Como si supiera algo que yo no sabía.
—Genial —murmuré—. Ahora tengo público interno.
Salí antes de que el lugar empezará a sentirse demasiado pequeño. Las calles estaban extrañamente despejadas, y eso nunca es buena señal.
Cuando Grendor despeja espacios, es porque alguien quiere ver bien.
Crucé dos controles improvisados sin que me detuvieran, lo cual solo confirmó mis sospechas: cuando te dejan pasar tan fácil, es porque ya te contaron en otro lado.
En el distrito bajo, el ambiente era distinto.
Más tenso. Menos caótico. Gente hablando en susurros, pantallas apagadas, miradas que se desviaban tarde. El tipo de calma que se rompe con un disparo seco. Me detuve frente a un puesto de comida cerrada y fingí revisar mis bolsillos mientras observaba mi reflejo en el metal opaco. Ojos normales. Aún.
—Te ves cansada.
No di un salto. No porque fuera valiente, sino porque estaba empezando a perder energía para asustarme.
Jax estaba apoyado contra una columna, como si hubiera salido de la pared.
—¿Ahora te materializas? —dije—. Avísame la próxima vez, así preparó un recibimiento.
—Has cambiado —repitió—. Y no para mejor.
—Eso también me lo dijo la ciudad.
Jax me miró como si quisiera decir algo más. No lo hizo.
—Hay gente moviéndose —añadió—. No de la forma habitual.
—¿Alguna vez se mueven de forma habitual?
—Esta vez están limpiando rutas. Eliminando intermediarios.
—Siempre quise ser tendencia.
No sonrió. Eso fue nuevo.
—Te buscan, Rhea.
El latido respondió con fuerza. No fue miedo. Fue algo más cercano a la impaciencia.
—¿Quién? —pregunté.
—Los que no preguntan dos veces.
—Entonces ya vamos tarde.
Caminamos juntos unas cuadras. No hablamos mucho. Con Jax nunca hacía falta.
Él notó primero cuando las luces de una calle se apagaron una a una.
—Eso no es normal —dijo.
—Nada lo es últimamente.
El primer disparo sonó desde un techo.
No lo vi venir.
Sentí el aire cortarse a mi lado y me tiré al suelo por reflejo.
Jax respondió de inmediato, sacando su arma y cubriéndonos detrás de un vehículo abandonado.
—Muévete —ordenó.
—¿No era que no corría? —respondí, ya moviéndome.
Corrimos.
Las balas golpeaban el metal con un ritmo errático. Demasiado torpe para ser profesional.
Demasiado preciso para ser amateur.
—Nos están probando —gritó Jax.
—Qué alivio —respondí—. Odiaría pensar que esto era personal.
Una explosión menor sacudió el suelo. Algo dentro de mí se estiró, despertando de golpe.
El latido se volvió un golpe seco, exigente. Sentí calor en los ojos, un ardor que me obligó a parpadear.
—No —susurré—. Ahora no.
Pero no siempre se puede negociar con lo que vive dentro de uno.
Uno de los atacantes apareció frente a mí, demasiado cerca, demasiado rápido.
Vi su sorpresa antes de que yo misma entendiera lo que estaba haciendo. El mundo se volvió más lento. Más nítido. Oí su respiración acelerarse, sentí el peso exacto de su cuerpo al caer.
Cuando todo terminó, estaba de rodillas, con las manos manchadas y el pulso desbocado.
Jax me miraba.
No con miedo.
Con comprensión.
—Rhea… —empezó.
—No —lo corté—. No digas nada.
Porque si lo decía en voz alta, iba a ser real.
Las sirenas se acercaban.
El Gobierno no llegó tarde por error.
—Tenemos que irnos —dijo.
Asentí, limpiándose las manos en la ropa.
Mientras corríamos otra vez, pensé, con un humor que ya no me pertenecía del todo, que quizá el problema nunca fue que Erebor me estuviera mirando.
Quizá el problema era que algo dentro de mí había empezado a devolverle la mirada. Corrimos hasta que el aire empezó a quemar en los pulmones y las piernas protestaron con un ardor sordo.
Nos metimos por un pasaje estrecho, uno de esos que solo existen para quienes saben que existen. Jax cerró una compuerta oxidada detrás de nosotros y apoyó la espalda contra el metal, respirando con dificultad. Yo tardé un segundo más en darme cuenta de que me temblaban las manos.
—Bueno —dije al fin—. Si querían llamar mi atención, funcionó.
Jax me miró como si no supiera si reír o apuntarme con el arma.
—Eso no fue normal.
—En mi defensa —respondí—, hoy tampoco fue
el desayuno.
Me senté en el suelo, ignorando la humedad que se filtraba por la ropa. Me miré las manos otra vez.
Ya no había sangre, pero la sensación seguía ahí, pegajosa, insistente. Como un recuerdo que no pedí.
—No fue suerte —dijo Jax—. Ni reflejos.
—¿Ah, no? Yo pensaba que era talento natural.
—Rhea.
Suspiré.
—No me mires así. Si hubiera sabido que hoy tocaba revelación personal, me habría puesto algo más dramático.
El latido seguía firme, casi satisfecho. Y eso fue lo que más me molestó.
—¿Cuánto viste? —pregunté, sin mirarlo.
—Lo suficiente.
—Genial. Otro testigo traumado para mi colección.
Jax se pasó una mano por el rostro.
—No le conté a nadie.
—Todavía.
—No pienso hacerlo.
—Eso dicen todos antes de empezar a dormir mal.
El silencio cayó pesado entre nosotros.
Afuera, las sirenas pasaron de largo. No nos buscaban. No todavía. Eso significaba que el mensaje no era captura.
Era advertencia.
—Esto no fue la mafia —dijo Jax al fin—. Y no fue una redada.
—No —asentí—. Fue una evaluación.
Me levanté despacio. El mundo volvió a moverse a una velocidad normal, pero algo en mí seguía fuera de lugar, como un engranaje mal ajustado.