El incendio empezó como empiezan todas las tragedias en Grendor : con algo pequeño, casi insignificante, que nadie se molestó en detener. Una chispa mal calculada, un generador viejo, una orden dada por la persona equivocada. Para cuando el humo comenzó a trepar por los edificios del sector medio, la ciudad ya había decidido que no valía la pena salvarlo.
Yo estaba allí por pura mala suerte, o por esa otra fuerza que últimamente parecía disfrutar empujándome al centro de todo.
El aire se volvió espeso de golpe, caliente, cargado de ese olor inconfundible a plástico quemado y carne chamuscada que se te queda pegado a la memoria. Las alarmas sonaron tarde y mal, como si también ellas dudarán de si era necesario intervenir, y la gente empezó a correr sin dirección, empujándose, gritando nombres que nadie respondía.
Entre la confusión vi a Jax forcejeando con una puerta metálica, su rostro cubierto de hollín y rabia, gritando órdenes que nadie obedecía, mientras Marek arrastraba a un chico herido con una pierna inutilizada y maldecía en voz baja a todos los dioses conocidos.
Lena apareció desde el humo con un pañuelo improvisado cubriéndose la boca, los ojos brillantes no de miedo, sino de cálculo, evaluando qué se podía salvar y a quién había que dejar atrás. Cada uno reaccionaba como sabía, como podía, y esa diferencia lo decía todo sobre quiénes éramos en realidad.
Las llamas avanzaban rápido, demasiado rápido para ser un accidente limpio. Algo explotó en un nivel inferior y el suelo tembló bajo nuestros pies, arrancando un grito colectivo que se perdió entre el rugido del fuego. Sentí el latido estallar en mi pecho, no como advertencia, sino como una orden clara, brutal, y por un segundo pensé en ignorarlo, en dejar que la ciudad se devorara a los suyos como siempre hacía.
Pero entonces escuché a alguien llorar, un sonido agudo y desesperado, y algo dentro de mí se rompió con una facilidad alarmante.
Me moví antes de pensarlo, atravesando el humo con los pulmones ardiendo y la vista borrosa, guiándome más por instinto que por lógica. Saqué a una mujer atrapada bajo una viga, luego a un niño que no gritaba porque ya no le quedaba aire, y sentí una fuerza antinatural tensar los músculos, empujar mis límites, ignorar el dolor que debería haberme detenido.
Cada paso me acercaba más al fuego, y cada segundo confirmaba que aquello no era solo adrenalina.
—¡Rhea, sal de ahí! —gritó alguien, o quizá lo imaginé.
Las llamas me rodearon, el calor mordiendo la piel, el mundo reduciéndose a ruido y luz. Sentí cómo algo dentro de mí se abría del todo, sin cuidado, sin permiso, y por un instante no hubo miedo, solo una claridad feroz, peligrosa. El techo cedió con un crujido seco y el impacto me lanzó contra el suelo, arrancándome el aire de los pulmones y devolviéndome a un cuerpo que ya no se sentía del todo mío.
Cuando desperté, el incendio era una herida humeante y seguía en pie, como siempre, indiferente.
Estaba sentada contra una pared negra de hollín, con las manos temblando y la ropa chamuscada, rodeada de miradas que ya no eran neutrales. Dax me observaba como si acabara de descubrir algo que preferiría no saber; Marek no decía nada, pero su silencio era más elocuente que cualquier acusación; Lena sostenía la mirada sin parpadear, consciente de que lo que había visto no tenía explicación sencilla.
Había muertos. Demasiados. Y aunque nadie lo dijo en voz alta, todos sabíamos que el fuego no había sido solo un accidente y que mi presencia en medio de él no había pasado desapercibida.
El Gobierno tardó más de lo habitual en aparecer, como si esperara a que el caos hiciera su trabajo, y cuando lo hizo, fue para tomar notas, no para ayudar.
Yo bajé la cabeza, con el sabor amargo de la tragedia pegado a la lengua, y pensé con un sarcasmo cansado que al parecer no solo sobrevivía a las catástrofes: ahora también las protagonizaba.
Esa noche, mientras las cenizas aún flotaban en el aire y la ciudad se recompone como una bestia herida, entendí que algo se había roto de forma irreversible. No solo en mí, sino en la forma en que los demás me miraban. Erebor había ardido, sí, pero el verdadero incendio acababa de empezar, y yo estaba justo en el centro, con las manos manchadas de humo, sangre y una verdad que ya no iba a poder ocultarse por mucho más tiempo.
Las horas posteriores al incendio se estiraron como una resaca amarga, espesa, imposible de sacudir. Erebor amaneció cubierta por una neblina gris que no era del todo humo ni del todo niebla, y el sector medio quedó marcado como una cicatriz reciente que nadie quería tocar. Los cuerpos fueron retirados sin ceremonia, envueltos en bolsas negras que parecían demasiado limpias para el desastre que habían contenido, y los nombres de los muertos se perdieron rápido entre informes incompletos y archivos que jamás se actualizarán. La tragedia, como siempre, duró lo justo para no incomodar a quienes mandaban.
Permanecí cerca, sentada en un escalón con una manta ajena sobre los hombros, observando cómo la vida intentaba recomponerse con torpeza. Nadie me pidió que me fuera, pero tampoco nadie se sentó a mi lado. Las miradas se desviaban o se clavaban demasiado tiempo, y entendí que había cruzado una línea invisible: ya no era sólo la mensajera silenciosa, tampoco una simple testigo. Algo en mí había sido visto, y e ver es casi tan peligroso como hablar.
Lena fue la primera en acercarse. Se sentó frente a mí, apoyando los codos en las rodillas, con esa calma tensa que usan las personas que piensan demasiado rápido para su propio bien. Me observó sin juicio aparente, como quien analiza una pieza defectuosa que no sabe si reparar o desechar.
—Eso que hiciste —dijo al fin— no lo hace alguien normal.
—Menos mal —respondí—. La normalidad siempre me dio alergia.
No sonrió. Sus ojos se estrecharon apenas, y su silencio fue más pesado que una acusación directa.