La mañana llegó sin pedir permiso, como siempre, y me encontró despierta, con el cuerpo dolorido y la mente afilada. Dormir se había vuelto un lujo inútil; cerrar los ojos solo servía para repasar escenarios que ya no tenían salida elegante. Erebor amanecía con esa calma falsa que precede a los desastres, y yo caminaba entre la gente como si fuera una más, aunque supiera que ya no lo era. Pensé, con sarcasmo automático, que al menos la ciudad tenía sentido del humor: te deja creer que sigues viva justo antes de decidir cuánto te queda.
No tardé en confirmarlo. Los rumores ya no se movían por debajo; circulaban a plena luz, deformados, exagerados, útiles. Decían que yo había provocado el incendio, que trabajaba para alguien grande, que estaba perdiendo el control. Elegí no corregir nada. Cuando la mentira trabaja para ti, interrumpirla es de idiotas. Dejé que creciera, que se volviera más monstruosa que yo, porque nada protege mejor que una versión de ti que asusta incluso a quien la inventó.
Me encontré con Rhea en un paso elevado, un lugar demasiado expuesto como para que fuera una casualidad. Ella habló rápido, sin rodeos, como quien ya sabe que el tiempo se acabó. Me dijo que el Gobierno había activado algo parecido a una cacería, no oficial, sin órdenes escritas, el tipo de operación que no existe hasta que alguien muere. Le agradecí la información con una sonrisa torcida y le pregunté si venía a salvarme o a despedirse. No respondió. No hizo falta.
—Van a empujarte para que reacciones —dijo al final—. Eso es lo que quieren.
—Entonces se van a llevar una decepción —respondí—. Reaccionar es fácil. Pensar es lo que les cuesta.
Nos separamos sin dramatismo, como hacen los que saben que volver a verse no está garantizado. Seguí caminando, ajustando rutas, observando movimientos, usando el caos a mi favor. Sentí el latido más presente que nunca, no invasivo, sino alineado, como si por fin estuviéramos de acuerdo en algo. Me pregunté, con una ironía amarga, si eso era lo que llaman equilibrio.
La primera persecución real llegó poco después, torpe, ruidosa, diseñada para empujarme hacia zonas controladas. Les concedí lo justo: corrí cuando convenía, me dejé ver cuando era útil, desaparecí cuando se volvía peligroso. La cacería no buscaba atraparme todavía; buscaba cansarme. Mala elección. Siempre fui mejor resistiendo que obedeciendo.
Al caer la tarde, con la ciudad ya nerviosa y los jugadores grandes moviendo fichas, entendí algo esencial: ya no se trataba de sobrevivir otro día. Se trataba de cuánto daño podía hacer antes de caer. Sonreí, no porque fuera valiente, sino porque por primera vez el objetivo estaba claro. La persecución dejó de ser un rumor cuando escuché el primer disparo silbar demasiado cerca de mi cabeza como para ser casualidad. No miré atrás; mirar atrás es una forma lenta de morir. Corrí. No como en las películas, no con épica ni estilo, sino como se corre en Erebor: con rabia, con cálculo, con la certeza de que cada esquina puede ser la última. La ciudad respondió de inmediato, abriendo y cerrando rutas como si también participara del juego, traicionera y precisa.
Me lancé por un pasaje estrecho, salté una reja oxidada y caí mal, sintiendo el impacto subir por la pierna. Joder. No era el momento. El latido reaccionó, empujando, afinando los sentidos, y por un segundo el mundo se volvió demasiado claro, demasiado nítido. Escuché pasos detrás, más de los que esperaba, coordinados, decididos. No eran improvisados. Alguien había pagado bien por esto.
—¡Alto! —gritaron, como si esa palabra todavía significara algo.
Giré bruscamente, metiéndome en un edificio abandonado que olía a humedad y muerte vieja. Subí escaleras de dos en dos, ignorando el dolor, usando el eco para confundir, rompiendo el patrón. Uno de ellos tropezó; otro maldijo. Sonreí sin humor. Siempre hay uno que no debería estar ahí, uno que acepta el trabajo sin entender el precio.
Llegué a una planta abierta, sin salidas claras. Perfecto. El lugar donde todos creen que la presa se rinde. Me escondí tras una columna caída, respirando despacio, dejando que el latido tomara el mando justo lo necesario. Cuando el primero entró, lo hizo confiado, arma en alto, mirada torpe. Pensé, con una lucidez brutal, que alguien lo esperaba en casa creyendo que volvería.
No volvió.
No fue limpio ni heroico. Fue rápido, feo, definitivo. El sonido seco de su cuerpo al caer me atravesó más que la sangre en mis manos. Me quedé quieta un segundo de más, no por culpa, sino por reconocimiento. Ya no había marcha atrás. El muerto no era un símbolo ni una advertencia: era una consecuencia. Y Erebor siempre cobra consecuencias con intereses.
Los otros dos llegaron segundos después. Hubo gritos, órdenes cruzadas, pánico mal disimulado. Aproveché el caos, rompí una ventana y me lancé al vacío justo cuando uno disparó demasiado tarde. Caí rodando sobre basura y metal, el aire escapándose de mis pulmones, viva por pura terquedad.
Corrí otra vez, con la imagen del cuerpo cayendo repitiéndose en mi cabeza como un maldito eco. No me detuve a procesarlo. Procesar es para después, si es que hay después. La ciudad ya estaba despierta, alarmada, y ahora no solo me querían capturar. Ahora querían venganza.
No paré hasta que el aire empezó a dolerme en los pulmones y las piernas amenazaron con fallar. Me metí en un túnel de servicio apenas iluminado, uno de esos corredores que la ciudad olvidó pero que aún respiran por debajo de todo. Me apoyé contra la pared húmeda, conteniendo el ruido de mi propia respiración, escuchando pasos lejanos que iban y venían sin encontrarme. Pensé, con una ironía amarga, que siempre supe esconderme mejor bajo tierra que a plena luz. Erebor está hecha para los que saben desaparecer.
El latido seguía fuerte, no descontrolado, sino preciso, como si estuviera ajustando cada decisión conmigo. Por primera vez no sentí resistencia interna, solo una coordinación peligrosa. Me pregunté si ese equilibrio era temporal o si estaba cruzando un punto del que no se vuelve. No tuve tiempo de responderme. El eco de voces se acercó de nuevo, más cerca, más organizado. Joder. No iban a rendirse rápido; ahora había un muerto de por medio y eso cambia las reglas.