AquÍ No Hubo Nadie AquÍ Nunca MuriÓ Nadie

Capítulo 10

El drama no llega con ruido; llega con nombres. Con rostros conocidos apareciendo en el momento exacto en que ya no tienes fuerzas para levantar otra muralla. Yo lo entendí cuando dejé de correr y empecé a sentir el peso real de todo lo que había roto a mi paso. No edificios, no planes: personas. Grendor seguía girando, pero algo en mí se había quedado quieto, observando el desastre con una lucidez cruel. Pensé, con un sarcasmo que esta vez no logró sostenerme, que quizá sobrevivir tanto tiempo solo sirve para ver cómo se desmorona lo poco que te importaba.

Fue Lena quien me encontró primero. No me buscó; simplemente supo dónde estaría cuando ya no quedaban escondites útiles. Se acercó despacio, sin armas visibles, como si todavía creyera que la calma podía arreglar algo. Me habló con esa voz baja que siempre usa cuando va a decir algo que no tiene remedio, y me dijo que uno de los nuestros había caído durante la cacería, alguien que confió en una ruta falsa, alguien que creyó que todavía había margen. No pregunté quién. A veces el nombre es el golpe final, y yo ya estaba suficientemente golpeada.

La discusión que siguió no fue una explosión, fue una implosión. Palabras medidas, reproches envueltos en preocupación, silencios más acusadores que cualquier grito. Lena me dijo que esto se estaba saliendo de control; yo le respondí que nunca estuvo bajo control, solo bien maquillado. Me dijo que había consecuencias; le contesté que siempre las hubo, solo que ahora tenían rostro. Nos miramos largo rato, dos personas cansadas intentando decidir si aún estaban del mismo lado, y en ese espacio entendí que incluso las alianzas más firmes se quiebran cuando empiezan a doler.

Después apareció él. No como salvador, no como enemigo, sino como la peor opción posible: alguien que sabe exactamente dónde tocar para que duela. Su presencia desordenó todo lo que había logrado mantener en equilibrio precario. Me habló de decisiones difíciles, de sacrificios necesarios, de cómo a veces amar a alguien significa detenerlo. Sonreí, amarga, porque no hay frase más peligrosa que esa. El amor siempre encuentra una forma elegante de justificar la traición antes de ejecutarla.

—Esto ya no es solo sobre ti —me dijo.

—Nunca lo fue —respondí—. Solo soy la que paga el precio completo.

El latido reaccionó tarde, como si incluso él dudara. Y eso me asustó más que cualquier amenaza externa. Sentí la grieta abrirse en un lugar que creí blindado, y por primera vez desde que empezó todo, el sarcasmo no fue suficiente. Hubo silencio. Uno de esos silencios donde entiendes que algo se ha roto de manera definitiva, aunque todavía no sepas cómo ni cuándo te va a terminar de matar.

Me quedé ahí cuando Lena se fue, con el eco de sus palabras rebotando en un lugar que ya estaba demasiado lleno. No grité, no golpeé nada, no hice ese tipo de escenas que la gente espera cuando algo duele de verdad. El drama real no necesita espectáculo; se instala lento, pesado, como una certeza que no se puede arrancar ni con rabia. Me senté en el suelo frío y respiré hasta que el latido volvió a un ritmo tolerable, preguntándome en qué punto exacto todo se había vuelto personal para todos… menos para la ciudad.

Él seguía ahí. No se había ido. Eso fue casi peor que si lo hubiera hecho. Se quedó a una distancia prudente, como si medir metros pudiera protegerlo de lo que estaba a punto de decir. Lo miré y pensé, con una ironía rota, que siempre fue bueno eligiendo posiciones intermedias, esas desde donde se puede saltar a cualquier lado según convenga. Me habló de errores, de consecuencias inevitables, de cómo la presión hace que incluso la gente correcta tome decisiones equivocadas. No me pidió perdón. La gente nunca pide perdón cuando cree que está haciendo lo “necesario”.

—Van a usar a los tuyos —dijo—. Ya lo están haciendo.

—No son míos —respondí—. Nunca lo fueron. Solo fueron los que aún no habían salido corriendo.

Eso le dolió. Lo vi. Y por un segundo pensé que quizá, muy en el fondo, todavía existía algo parecido a la culpa. Pero la culpa no detiene a nadie en Grendor; solo los vuelve más eficientes. Me dijo que había una forma de frenar la cacería, de contener el daño, de ganar tiempo. No me explicó cómo. No hacía falta. Hay propuestas que se entienden incluso antes de ser formuladas.

—¿Quieres que me entregue? —pregunté, directa.

—Quiero que confíes —respondió.

Solté una risa corta, amarga, de esas que salen cuando la ironía ya no es graciosa. Confiar. La palabra cayó entre nosotros como un objeto maldito. Pensé en el muerto, en los perseguidos, en las rutas quemadas, en las miradas que ya no me sostenían. Pensé en lo fácil que sería aceptar, bajar la cabeza, convertirme en la solución cómoda para todos. Pensé también en lo que eso significaría para mí: dejar de existir incluso antes de morir.

—Siempre confío —dije al final—. Ese es mi defecto más letal.

No respondí a su propuesta. No dije sí. No dije no. Me levanté y pasé junto a él sin tocarlo, sin mirarlo, porque a veces el verdadero rechazo es no ofrecer ni siquiera el conflicto. Afuera, Grendor seguía respirando con normalidad, ajena a la tragedia íntima que acababa de sellarse.

No me alejé demasiado. El cuerpo se mueve por inercia, pero la cabeza se queda atrás, revisando cada frase, cada gesto, cada silencio mal puesto. Caminé varias cuadras con la sensación de que algo me seguía por dentro, no él, no el Gobierno, sino la idea de que quizá ya había aceptado más de lo que estaba dispuesta a admitir. Pensé, con un sarcasmo agotado, que el drama verdadero no es cuando te rompen, sino cuando te das cuenta de que aprendiste a funcionar rota.

Me refugié en un lugar absurdo para alguien en mi situación: un edificio viejo que alguna vez fue una escuela. Aulas vacías, pizarras rotas, dibujos infantiles borrados a medias. Me senté en el suelo de lo que debió ser una sala de clases y apoyé la espalda contra la pared, dejando que el cansancio me alcanzara de verdad. Ahí fue cuando el dolor se permitió existir, no como un estallido, sino como una presión constante en el pecho, una suma de pérdidas que ya no podía seguir ignorando. El muerto de la cacería, los aliados que se alejaban, la propuesta que no se atrevieron a decir en voz alta. Todo pesaba igual.



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En el texto hay: misterio, distopia, consipiracion

Editado: 01.07.2026

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