Arcadia

Pasos sombríos

El regreso de Acras había sido inminente.

Tras la muerte de Damián Assad, su cuerpo logró recobrar la suficiente fuerza como para salir de La Niebla. Una hendidura ancestral, que recoge las más terribles pesadillas, o los más dulces sueños, y si bien muchos anhelaban adentrarse en ella, otros, en cambio, rogaban por no volver a visitar aquel lugar.

Acras no había sido capaz, a pesar de sus esfuerzos durante todo este tiempo. Su derrota de antaño no pudo evitar enviarle a la fisura para preservar su memoria. Y ahí, cuantas más ganas tienes de salir, más complicado es conseguirlo. Él había intentado controlar a las sombras desde La Niebla, para encontrar la respuesta sobre cómo podía deshacerse de la profecía. Nunca la obtuvo, y en ocasiones, cuando visualizaba el futuro, este se mostraba difuso.

Controlarla es un privilegio. La Niebla te permite observar lo que ocurre al otro lado, y si querías algo solo tenías que pedírselo, aunque solamente si conocías la manera de hacerlo. Debes de renunciar a tu cuerpo y divagar en recuerdos, deseos y fantasías oscuras. Incluso para aquel ente maligno, ese mundo paralelo y desolado se había convertido en un suplicio.

 

En la antesala del infierno, la luz de la Luna iluminaba el gran salón de la guarida subterránea de Acras. El habitáculo era oscuro y silencioso. No había lámparas, solamente velas o pequeñas antorchas que hacían de aquel lugar uno más acogedor.

Los tres gobernadores se habían reunido, aquella noche, para tratar de encontrar una respuesta con la que poder atrapar a los cuatro elegidos y restaurar su mandato. Solamente Acras era capaz de permitir que Arcadia estuviese dominado por un único poder, y confiaban en su fuerza para volver a los tiempos autoritarios de antaño.

—El último encuentro fue en La Ciudad Perdida. Probablemente continuarán por los alrededores.

—Pero el desierto Kashi es enorme.—respondió el gobernador de Seirin—Si interrogásemos a tus dos prisioneras, podríamos conseguir un poco más de información.

El gobernador de Argag clavó su mirada en su rostro tratando de descifrar sus intenciones, pero aquello no hizo falta cuando de forma brusca se levantó de la silla para enfrentarse a él.

—Si me las prestáis, prometo que revelaran todo lo que saben en apenas tres días, o menos si es que antes se quedan afónicas.

—Las prisioneras son asunto mío.—alzó la cabeza con superioridad—Y por tanto me corresponde a mí interrogarlas. No saldrán de Argag.

El gobernador de Seirin le desafió con la mirada, y con una sonrisa burlona murmuró:

—Votemos a ver qué opina el resto.

—Si preguntáis por mi opinión, estoy a favor.—respondió el soberano de Elion —Si las tratas como si fueran tus hijas perderán el miedo y todo habrá sido en vano. Sin embargo, no estarán bajo las rejas del reino de Seirin, sino bajo las de Elion. Yo las custodiaré. La fuerza bruta no es necesaria cuando las puedes influir psicológicamente.

El malhumor comenzaba a invadir al gobernador de Seirin.

Su enemistad se remontaba al pasado, y a pesar de haber sido muchos los años que les anclaba a dicha rivalidad, lo cierto es que ninguno de los dos era capaz de dar su brazo a torcer. Habían logrado ponerse de acuerdo para ayudar a Acras y volver a unificar su poder, pero aun así, apenas podían cooperar.

No obstante, a duras penas pudieron comenzar a discutir como solían hacer siempre que se reencontraban, cuando Acras salió de la penumbra.

Había estado atento a cada una de las palabras de los gobernadores, pero ninguna le convencía, y más importante aún, no creía necesarias sus propuestas.

Su tono de voz: áspero, rudo y siniestro; encogió los corazones de los presentes.

—Quiero a la chica.

Aquellos dos pasos habían sido suficientes para intimidar a los soberanos y hacerles tragar saliva casi de forma instintiva.

Su careta siempre había logrado crear en la gente las más terribles pesadillas. El metal negro, acompañado de pequeñas y picudas cornamentas que hacían juego con su larga capa oscura y su tridente, hacían a cualquiera creer que se había encontrado con el mismísimo demonio.

—Si no logras atraparla, entonces me encargaré yo mismo.

Aquella amenaza había hecho mella en el soberano del Sur. Había sido la primera vez que su pulso se desestabilizaba y su vello se erizaba con tan solo escuchar dos frases.

Entreabrió la boca, pero la mirada que ejercía Acras era tan profunda que apenas le salieron las palabras. Sus oscuros ojos rojos atravesaron sus cuerdas vocales y, como si se tratara de un impulso, se mantuvo callado.

—Ordenaré a mi ejército que atraviese el Desierto Kashi e inspeccione La Ciudad Perdida. No deben de andar muy lejos.— pronunció con lentitud.

El gobernador de Argag no pudo evitar morderse el labio inferior.

—Mi señor.—captó su atención, inseguro, aunque esperanzado en que escuchase sus palabras—¿No sería más idóneo guardar fuerzas para la batalla final? Creo recordar, que no prescindís de un número tan alto de súbditos.

Acras hizo silencio. Era imposible tratar de descifrar lo que se cruzaba por su mente. Levantó su mentón y de forma autoritaria paralizó al soberano:

—En ese caso, iré yo mismo.

Ninguno de los gobernadores se atrevió a cuestionarlo. Sus palabras eran como veneno de serpiente que corrompían a cualquiera que le escuchase. Generaba temor, pero también admiración, si él quería.

—Esa es una muy buena idea, Mi Señor.

Acras se esfumó rápidamente por la puerta dejando solos a los soberanos y obligándoles a comentar lo sucedido.

—Hay que hablar con las prisioneras, y lo haremos individualmente.— comenzó el gobernador de Elion.

El gobernador del Sur no lo impidió. Era consciente de que aquello era lo más sensato y no se le ocurría ningún argumento con el que rebatirle.

—Comenzaré yo.— sonrió malévolamente el gobernador de Seirin.—Déjame hacerles una visita. 




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.