Arcadia

8- una advertencia

Leo, después de la merienda, deberás ir al pueblo. Me he quedado sin azúcar impalpable y sin chispas de chocolate. Y mañana, como sabes, tendremos…visitas.- dijo Sarah, arrugando la nariz al pronunciar las últimas palabras.

–Tía Sarah, si tienes invitados que no te agradan, ¿por qué los invitas?- preguntó Mew como al pasar mientras mojaba un gran pedazo de torta de naranja en su taza de te con leche.

Sarah miró de reojo a Leo, quien sonreía con picardía. Hacía sólo un día que el joven Mew estaba allí, y ya había entendido que pese a su cuerpito largo y desgarbado, tenía una mente brillante, siempre alerta y no se le escapaba absolutamente nada. 

- Mi padre hacía lo mismo con la nariz cuando algo no le gustaba.- dijo Mew con la boca llena.

- ¡Es cierto!- se rió Leo- Lo había olvidado. Él hacía eso.

- Y tú también lo haces. Pero no muy seguido. Es que hay muy pocas cosas que no te agradan realmente.- Mew lo miró sonriente.

- Desde que tú estás aquí, me gusta todo, Dulzura.- dijo Leo acercándose a él y abrazándolo.

- Gracias, tío. Realmente necesitaba ese abrazo. - ¿Puedo ir con ustedes al pueblo? Prometo quedarme quieto y callado.

- Si vas callado, entonces no te llevo…

Mew esbozó otra sonrisa.

- Yo no voy. Pero ustedes vayan. Aquí está la lista de lo que necesito para mañana.

Mew recordó la conversación que había oído entre la señorita Braddock y el señor White, sobre su tía Sarah.

- Iremos suavecito por el camino.- dijo Leo- Y está nublado. Seguro que el aire fresco te hará bien.

- ¡No! Ni pensarlo. Además hoy es Sábado y a esta hora, medio pueblo estará haciendo las compras. Sabes que no me gusta ir al pueblo.

- No te preocupes, tía. – pronunció Mew acercándose a ella- Nosotros compraremos todo lo que necesites. A mi padre tampoco le gustaba demasiado la multitud. Eso fue lo que más le costó de la vida en Tierra Firme. Allí, en la ciudad, hay mucha gente a toda hora.

Mientras Leo le enseñaba a subir a la carreta, Mew volvió a  recordar las palabras de la señorita Braddock. Y sonrió. ¡Qué diferente era Playa Esmeralda de la opinión que aquella señora tenía! ¡Y qué feliz comenzaba a sentirse  ahora que empezaba a ver esa realidad!

El camino hacia el pueblo era un sendero que se retorcía entre medio de colinas bajas coloradas, siempre bordeando la costa bañada por la espuma blanca del mar. Más allá de la extensa y azul masa de agua se adivinaba el contorno de Tierra Firme, que se perdía de a ratos en una niebla densa que parecía esfumar algunas partes, haciendo de aquel paisaje un cuadro fantasmagórico.

Medio kilómetro antes de llegar al pueblo, el único en toda la isla, el camino dejaba de zigzaguear en el polvo de la tierra virgen para convertirse en una línea angosta de adoquines grises, puestos allí por los propios fundadores de Playa Esmeralda, hacía más de un siglo.

El pueblo no era más que cinco manzanas de casas bajas con techos de tejados coloridos: azules, rojos y verdes, con su infaltable plaza principal, el edificio de la Alcaidía a un lado y algunos negocios de ramos generales, del otro.

Una fuente de agua, sin agua, era la única muestra de arquitectura de la plaza que, además, carecía de árboles, bancos o flores. Era solo un cuadrado de tierra colorada y adoquines delineando su contorno. A esa hora, la plaza y el centro del pueblo, incluyendo las calles laterales, estaban abarrotadas de gente sumergida en las compras sabatinas. Caminaban tranquilamente, cargando paquetes y bolsas, mirando vidrieras y saludando a sus vecinos con un educado movimiento de sombreros, los hombres y de cabezas, las mujeres.

Leo guió a la carreta hasta unas líneas blancas pintadas cerca del cordón y ayudó a Ann a descender.

- Vamos, Dulzura. Empezaremos por aquel negocio.- dijo Leo, señalando un comercio que se alzaba a unos metros, al otro lado de la calle.

Atravesaron la plaza, cruzaron la calle empedrada y entraron. Mew se quedó unos minutos cerca de la puerta, viendo los cajones de madera que se hallaban apilados, con mucha prolijidad en la entrada. Había en ellos una gran variedad de verduras y frutas.

Todo le parecía tener un tamaño tres ó cuatro veces más grande de lo normal. Y además los colores brillaban a la luz del sol de una manera singular. Mew no pudo evitar rozar con sus dedos una pera lustrosa y grande que tenía cerca. Sintió su suavidad y su perfume. Y en seguida se le hizo agua la boca.

Tomó la pera y entró a paso acelerado al negocio, buscando a Leo. Lo encontró cerca de un largo mostrador oscuro con varias balanzas y cajas apiladas sobre la madera lustrosa.

Leo tenía una expresión seria en su rostro, mientras escuchaba a un hombre bajo, rechoncho, con un bigote exagerado que daba varias vueltas en sus extremos y llevaba anteojos con adornos brillantes.

Mee se acercó un poco más y notó que un par de sus dientes relucían en la boca del hombre cuando hablaba.

- La decisión correcta es que vendan ahora, señor Weiss. ¿Puedo llamarlo Leo?

Leo lo miró con evidente desagrado pero cuando habló lo hizo con voz suave y pausada:

- Puede llamarme como quiera. Pero entienda de una buena vez que la granja Arcadia no está ni estará jamás a la venta, señor Patterson.



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En el texto hay: espiritus, mewgulffanfic, romancebljuvenil

Editado: 17.09.2023

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