Nacemos… estudiamos… trabajamos… y morimos. Ese es el ciclo de nuestra existencia, de nuestra vida. Suena sencillo cuando lo dices de esa manera: nacer, estudiar, trabajar y morir. Más fácil que eso, imposible. Pero no lo es tanto, ya que, en el momento en el que naces, es precisamente cuando empieza lo difícil.
Sí, difícil. Esa palabra tiene mucho poder sobre nosotros cuando queremos lograr algo. Con sangre, sudor y lágrimas, que siempre derramamos día tras día, es cuando nos damos cuenta de que, en serio, pero en serio, nuestra vida fue difícil, y que aún más difícil fue lograr lo que nos proponemos.
Pronuncia esa palabra una y otra, y otra vez en tu cabeza, hasta que empieces a sentir una especie de tristeza y los hombros pesados. Cuando sientas esa sensación, ten en cuenta dos cosas importantes: una palabra o una oración pueden cambiar tu estado de ánimo en cuestión de segundos. No es necesario pasar horas y horas así, repitiéndote esa misma palabra, porque el pensamiento, el primer pensamiento que te llega cuando la repites durante unos cinco o diez segundos, eres tú… viéndote llorando o incluso suicidándote, porque tu vida es difícil, lograr tus metas es difícil.
Por eso he conocido muchos casos en los que la gente se suicida o incluso termina en un psiquiátrico, porque la depresión los hace vulnerables ante esa palabra.
Cuando era niño, esa palabra no existía en mi vocabulario. Ni siquiera existía la palabra «imposible». Pero, con el paso del tiempo, he llegado a odiar y detestar dicha palabra. Con solo escucharla, me daban dolores de cabeza, me frustraba e incluso llegué a tener ataques de ira por eso, solo por oírla salir de la boca de cualquier persona.
D-I-F-Í-C-I-L.
Solo con deletrearla me da escalofríos, al tener de repente imágenes de personas que se suicidan o que matan por tener una vida difícil; personas que incluso roban por tener que soportar que sus vidas sean… D-I-F-Í-C-I-L-E-S.
Es injusto. Sí, lo es. Pero en la vida tenemos que pasar por etapas, no difíciles, sino complicadas. Y, dependiendo de nuestra forma de ver las cosas, lograremos superar todas esas etapas. Solo hay que tener un buen corazón.
Se preguntarán: ¿por qué les digo esto? ¿Es acaso un pequeño texto de psicología?
No.
Mi historia es más complicada de lo que parece. Aunque nadie lo crea, esa palabra que les acabo de mencionar es la razón por la cual estoy en un psiquiátrico desde hace ya varios años. En menos de un año, ya me encontraba en este lugar, cuando, en realidad, el que debía estar aquí era mi padre.
Mi estúpido padre, quien me abandonó cuando tenía tres años, y mi madre había muerto cuando yo tenía un año de edad, apenas un año de nacido. Mi padre se había dado cuenta de que tener que encargarse de mí era «difícil», así que tuvo el coraje de dejarme solo en casa, sin nadie que me cuidara, sin nadie que me ayudara. Estaba solo. Sin nadie. Muriendo de hambre.
Hubo una persona que se percató de los llantos incesantes que emitía y de los gritos que soltaba mientras llamaba desesperadamente a mi padre, el hombre que había dejado abandonado a su hijo de tres años.
Y hoy, en 2021, no siento rencor hacia él.
En realidad, solo siento decepción hacia aquel hombre que me abandonó, sin una madre a la cual aferrarme cuando lloraba y gritaba su nombre por el miedo que sentía al escuchar los rayos que caían desde las nubes y chocaban contra el suelo, justo enfrente de la casa. Parecía que esos rayos poco a poco se acercaban a mí para hacerme algún daño, para electrocutarme y matarme al instante, porque sentía que no valía nada como hijo ni como ser humano.
Cuando era niño, pensaba que la naturaleza misma quería que yo muriera: electrocutado, de hambre o por cualquier otra cosa que pudiera matar a un niño de tres años.
Aprendí a hablar y a leer gracias a los libros de mi madre. Ella tenía libros de historia, anatomía, política… En fin, un montón de libros con los que aprendí muchas cosas; cosas que un niño de tres años no debería aprender solo. Pero eso hice.
Me consideraba un niño prodigio, no solo porque aprendí muchas cosas sobre el ser humano por mi cuenta, sino también por mi estado mental. Tenía trastorno de identidad disociativo. Era algo un poco complicado de llevar, pero mi enfermedad no había llegado a tanto por el momento. Aunque esa tranquilidad en mi ser no duraría mucho.
Están perdidos.
Pero nuestro escenario será Egon, un pequeño pueblo de Estados Unidos. Es un pueblo que no tiene mucha seguridad, pero yo me encargo de mantenerla. Se caracteriza por ser uno de los lugares con una tasa de mortalidad del 58 %, debido a suicidios, asesinatos en primer grado y, también, por ser la ciudad donde se encuentra uno de los hospitales psiquiátricos más famosos de Estados Unidos.
El Hospital de Egon es famoso por tratar a varios jóvenes que sufren trastornos mentales muy severos, y ha logrado tener éxito en la recuperación de estos individuos.
Para ser más claros, no quiero adelantarme, así que empecemos desde el principio, porque esta historia jugará un poco con sus mentes…
O eso espero.