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Entidad Clasificada 004 Náyash: Transcripción de proyección de conciencia de sujeto X03

El sol se elevaba sobre las montañas mientras Luis se levantaba de su cama para comenzar su día. Era minero en el sector Alpha-Minería y, aunque no le gustaba, ponía alimento sobre su mesa.

Pero hoy no trabajaría; pasaría el día con su hermosa esposa Lucrecia y su pequeña hija Mariana. Al llegar a la cocina, notó que casi no les quedaba agua. Por lo que, luego de que todos despertaran, prepararon sus recipientes y se dispusieron a buscarla.

Dentro de las montañas, su pequeño poblado había encontrado una cascada con agua tan cristalina y pura que parecía, incluso, sanar a quien la bebiera. Al entrar y comenzar a recorrer sus pasadizos, algo sucedió. Un terremoto, que casi los deja sepultados. Aunque para su fortuna no pasó a mayores, decidieron seguir en búsqueda del agua.

Al llegar y comenzar a llenar sus recipientes, Lucrecia y la niña comenzaron a inquietarse. Luis las vio sentarse al costado del manantial cuando algo cambió. En él, en su cuerpo, en su ser. Se sentía eufórico y lleno de energía. El olor a humedad, tierra y encierro de la cueva fue reemplazado por un aroma dulce que no sabía de dónde provenía.

Era extraño. Se sentía igual al día en que vio a su amada esposa por primera vez. Y como si de magia se tratara, el tiempo se volvió lento. Comenzó a observar a su alrededor; estaba solo. Pero al acercarse al agua del manantial, vio a una hermosa joven mirándolo. Con su cabello dorado y ojos color cielo, simplemente sonreía y lo alentaba a saltar al agua.

Lo hizo como si su cuerpo ya no respondiera a la razón, sino al instinto. Comenzó a nadar con ella, a jugar en el agua. Todo era risas y alegría, por lo que pareció una eternidad hasta que sintió dolor. Un dolor punzante en su pecho que lo descolocó.

Observó a su alrededor; no veía nada, todo era oscuridad. La chica nuevamente se acercó, besando sus labios. No debía corresponder; su corazón le pertenecía a su amada. Aun así, lo hizo. Se sentía cálido y dulce. Como si la chica supiera perfectamente cómo él definía un beso perfecto.

Y luego sucedió. Se enredó con ella varias veces. Sabía que estaba mal, su corazón se lo gritaba, pero no podía detenerse aunque quisiera.

De un segundo a otro, escuchó un grito en la lejanía, junto a un «—¡papá, ayúdame!», sacándolo del frenesí de sexo en el que estaba. Recordó a su hija y a su esposa. Había venido con ellas y ahora no podía verlas. Trató de apartarse de esa mujer, pero parecía que su cuerpo ya no le pertenecía, no lo obedecía.

Y de nuevo, su pecho dolió, pero ahora también tenía otra sensación. Sentía algo moviéndose dentro, algo que antes no tenía. Y por un instante, ese estado de euforia desapareció. Miró a sus costados; todo estaba ligeramente oscuro. A su alrededor vio a otros hombres. Sus rostros solo veían a la nada con una sonrisa de felicidad. Tocó su pecho; definitivamente, algo se movía. Intentó zafarse del material que lo pegaba a la pared de esa cueva semisumergida y ahí fue cuando las vio.

Lucrecia, su amada, y Mariana, su pequeña hija, estaban apiladas junto con decenas de cadáveres de mujeres y niños a medio comer. Gritó de angustia y corrió hacia ellas, pero era tarde, estaban muertas. Comenzó a gritar y llorar. Había perdido a las personas que más amaba: a las que prometió cuidar y proteger.

—¿Pero en qué momento pasó? —se preguntó.

Cuando a lo lejos vio algo que lo descolocó. Una criatura extraña salía lentamente de las entrañas de esa cueva. Con su piel de color gris y una aleta en donde debería haber piernas, se arrastraba lentamente hacia él. Y junto a ella, varias más se unieron.

Observó a su alrededor buscando algo con que defenderse y se detuvo a mirar a un hombre en especial. Empezaba a convulsionar mientras su estómago reventaba; de él, varias crías de esta criatura emergían. Nadaban fervientemente, lanzando chillidos horribles.

De nuevo sintió dolor en su pecho y lo supo. Él también estaba infectado.

Cerca, vio una pequeña daga junto a un cadáver y la tomó. Acabaría con su sufrimiento; ya no tenía motivos para vivir. Pero al intentar cortarse el cuello, esa mujer volvió. Parada tras él, solo sonrió y, como si fuera magia, lo hizo desistir.

Volvió a ese frenesí de euforia sin importarle nada. Luego de un tiempo que pareció una eternidad, y del indescriptible dolor que sentía y que, por alguna extraña razón, no lo incapacitaba. Las vio. Lucrecia y Mariana. Paradas al fondo de la cueva, simplemente se acercaron, caminando sobre el agua con una sonrisa. El verlas le dio paz y consuelo. Habían venido por él; ellas no lo dejaron atrás.

Tomó sus manos y se levantó. Al observar tras él, vio su cuerpo inerte. Con una sonrisa, aún se mantenía pegado a la pared de la cueva. De su estómago salían esas criaturas y a su lado decenas de engendros solo chillaban alegres. Ya no importaba, ya no dolía, ya estaba con su familia. Delante de ellos, un portal de luz se abrió.

Lo cruzó sin dudar.

Su ciclo en la Tierra había terminado.




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