La investigación avanzaba en silencio.
En Hangzhou, Chen Zhihao seguía reuniendo piezas dispersas de un rompecabezas que todavía no podía ver completo. Cada ruta, cada registro borrado, cada contenedor marcado durante la madrugada parecía señalar hacia una misma dirección.
Ningbo.
En Ningbo, los hombres del clan Ximennisi vigilaban a Wang Jun mientras Qiao Su'ai comenzaba a sospechar que algo se movía bajo la superficie de sus propias operaciones.
Y mucho más al norte, en Shanghái, otra sombra empezó a despertar.
La lluvia había comenzado antes del amanecer.
No era una tormenta fuerte. Solo una llovizna constante, fina, persistente, de esas que no golpean con violencia, pero terminan empapándolo todo. Las calles tenían un brillo grisáceo. Las personas caminaban deprisa bajo paraguas oscuros. Los comercios abrían sus puertas. Los vendedores preparaban sus puestos con movimientos cansados.
Todo parecía normal.
Pero en el mundo de los clanes, la normalidad casi siempre era una máscara.
En una calle apartada de los grandes distritos financieros, lejos de los edificios de cristal y las avenidas donde los empresarios fingían no saber de dónde venía el dinero que movía la ciudad, una pequeña casa de té acababa de abrir sus puertas.
El local era sencillo.
Mesas de madera. Ventanales empañados. Estantes con frascos de hojas secas. Una campanilla antigua sobre la puerta. El aroma de té recién infusionado llenaba el aire con una calma que parecía imposible de encontrar en otros lugares de Shanghái.
Algunos clientes habituales conversaban en voz baja mientras observaban la lluvia deslizarse por el cristal.
Detrás del mostrador, una joven terminaba de preparar una bandeja.
Suǒ Fēi Yà.
Tenía el cabello oscuro recogido parcialmente detrás de la cabeza. Su rostro conservaba una serenidad natural, suave, pero no débil. Había algo en su manera de moverse que transmitía cuidado. Como si cada gesto estuviera hecho para no romper la tranquilidad de aquel pequeño refugio.
Muchos clientes la confundían con una empleada más.
Ella nunca se molestaba en corregirlos.
Tomó una taza humeante y la dejó frente a un anciano sentado junto a la ventana.
—Aquí tiene, abuelo Zhang.
El anciano sonrió al recibirla.
—Gracias, Fēi Yà.
Ella observó su abrigo mojado y frunció apenas el ceño.
—No debería salir con este clima.
El anciano soltó una risa baja.
—Si me quedo en casa todo el día, terminaré volviéndome loco.
Fēi Yà sonrió.
—Entonces procure no resfriarse. No quiero tener que regañarlo mañana también.
—Mientras me prepares té, aceptaré cualquier regaño.
La joven negó suavemente con la cabeza antes de regresar al mostrador.
La campanilla volvió a sonar.
Una anciana entró lentamente, apoyándose en un bastón. Antes de que pudiera pedir ayuda, Fēi Yà ya estaba a su lado.
—Tenga cuidado con el suelo dijo, ofreciéndole el brazo. Está resbaladizo.
La acompañó hasta una mesa cercana a la ventana.
—Le traeré algo caliente.
—Gracias, hija.
Aquella escena se repetía con frecuencia.
Por eso los vecinos la apreciaban.
Porque nunca actuaba como alguien importante. Nunca miraba a nadie por encima del hombro. Nunca hablaba como si su apellido pesara más que las personas que tenía delante.
Sin embargo, si cualquiera de aquellos clientes hubiera asistido a ciertas reuniones privadas en Shanghái, la habría visto de una forma muy distinta.
Porque Suǒ Fēi Yà no era una simple empleada.
Tampoco una ciudadana cualquiera.
Pertenecía al clan Suǒ.
Uno de los nombres más antiguos de Shanghái.
No tan temido como el clan Ximennisi. No tan brutal. No tan dispuesto a convertir cada deuda en una sentencia. Pero sí paciente. Influyente. Orgulloso.
Los Ximennisi aplastaban.
Los Suǒ observaban. Esperaban. Elegían el momento exacto para mover una pieza.
Su poder no siempre hacía ruido.
Pero seguía siendo poder.
Y Fēi Yà lo sabía.
Por eso prefería aquel lugar cuando podía.
La casa de té.
El aroma de las hojas calientes.
Las conversaciones sencillas.
Las personas comunes que no necesitaban medir cada palabra antes de pronunciarla.
Allí podía fingir, aunque fuera por unas horas, que el apellido Suǒ no la seguía como una sombra.
La campanilla de la puerta volvió a sonar.
Esta vez, Fēi Yà no sonrió.
No necesitó mirar demasiado para saber que aquel hombre no venía por té.
Entró vestido con un traje oscuro, sin paraguas, a pesar de la lluvia. Sus zapatos estaban mojados, pero su expresión permanecía firme. Avanzó con discreción, evitando llamar la atención de los clientes.
Fēi Yà dejó la bandeja sobre el mostrador.
Su rostro amable no desapareció por completo, pero cambió.
La suavidad quedó atrás.