La vida a veces se pone difícil, no podemos estar todo el tiempo felices, pareciere imposible que la calma durase más de un año, que la sonrisa en nuestro rostro permaneciera más de un minuto, que la paz en nuestro corazón no se viera amenazada cada día por cualquier cosa, oh que difícil es vivir. Pero si te dijera que todo tiene un propósito, que todo pasa por algo, que nada es casualidad, que hay un motivo ¿me creerías? Bueno, Samara lo va a averiguar.
15 de marzo del 2020.
El viento soplaba, era un lunes, cinco de la tarde, el ruido de las voces y risas era lo que resonaba en aquella preparatoria, era hora del receso.
— Samara.
El ruido de la multitud a su alrededor fue la única respuesta que tuvo, Samara miraba un grupo de jovenes que bromeaban entre ellos sin prestar atención a su amiga.
— ¡Samara!
Por fin reacciona ante el llamado de su amiga, la mira y alza una ceja esperando que hablara.
— Que si vamos a la cafeteria, muero de hambre.
— ¿cuándo no tienes hambre Estefanía? vamos, pero tu invitas que aun no me pagan en el trabajo y no tengo ni un peso. — respondió Samara quien estaba recargada sobre su mano en la mesa.
— mmh, esta bien, sabes que por el dinero no hay problema — respondió Estefanía guiñando un ojo y levantándose de la silla. Samara rodó los ojos, que presumida era, la amaba.
— la ultima en llegar es un huevo podridoo — dijo Estefania y salió corriendo hacia la cafeteria.
— Tan infantil como siempre. — se levantó y fue detrás de ella sin intención de perder. También era algo infantil, al final solo tenian diecisiete años.
A lo lejos, un chico pelinegro observaba a ambas, no pudo evitar sonreír al verlas correr, y más cuando la ultima se tropezó y casi caia al suelo.
"Que tonta" pensó.
Cuando las perdió de vista regreso su mirada al libro que leía.
Samara cursaba el quito semestre de preparatoria, no era muy sociable, su única amiga era Estefanía quien prácticamente la adopto un día hace dos años, al verla sentada en una mesa aislada de todos Estefanía sintió compasión y le habló, desde entonces no se le despegó. Samara agradecía eso, gracias a ella no se sentía tan sola y a demás le pagaba todo, cómo no estar feliz por eso.
Las clases habían terminado, era hora de volver a casa, la parte menos favorita de Samara, decia que en la escuela se distraía y al menos solo pensaba en hacer bien sus trabajos, pero al llegar a casa los problemas volvían.
Samara saco sus llaves y abrió la puerta de su casa color gris, era pequeña, de un piso. Al entrar inmediatamente alguien corrió hacia ella y le salto encima, ella lo sostuvo y sonrió.
— ¡SAMM, volvistee! — grito el pequeño niño, irradiaba una felicidad tan grande, como si hubiera visto a su superhéroe favorito en persona.
— si, volví ¿ya comiste? ¿dónde esta la abuela?
— Aun no comemos, la abuela se quedó dormida, esta en su cuarto y otra vez vino ese señor y dijo que si no pagábamos la renta en un mes nos sacarían.
Samanta bajo al niño y suspiro mirando un lugar fijo en la casa para despues mirarlo.
— no te preocupes, pagaremos. — Revolvió el cabello del niño y se dirigió a la habitación de su abuela para ver como estaba. Abrio la puerta y la vio acostada durmiendo profundamente, camino hacia ella y se inclino para darle un beso en la mejilla y susurrar a su oído.
— ya llegue abu, descansa.
Dicho esto salio de la habitación y se dirigio a la cocina a preparar la cena, unos ricos molletes de frijoles.
La economía en la casa dependía de Samara, la abuela ya era grande y no podia trabajar, así que Samara trabajaba en turno de noche, daba de cenar a Sebastián, su hermano de diez años y salía a trabajar. Trabajaba en una farmacia, de once a siete de la mañana, iba a casa, desayunaba con su familia, dormía un rato y se alistaba para ir a la prepa, al llegar dormía toda la tarde, o lo que quedaba de ella, cenaban y volvía al trabajo, una rutina pesada pero necesaria si quería darle una buena vida a su hermano.
Pero a decir verdad, estaba cansada, no lo quería admitir pero necesitaba ayuda, necesitaba un buen descanso, pero no podía dárselo, al menos no ahora.
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Todo se veía obscuro, samara corría, huía y volteaba hacia atrás como si alguien la persiguiera, quería gritar por ayuda, pero no había a quien, no veía a nadie cerca, sentía desesperación, cuando de repente escuchó una voz que le decía ''ven a mi''
Samara abrió los ojos de golpe, estaba en el sillón, se había quedado dormida al llegar del trabajo, vio la hora en su celular, las once, era tardísimo, se levantó de golpe y fue a despertar a su hermano pero se sorprendió al verlo ya en la cocina desayunando, la abuela estaba a su lado sentada.
— buenos dias Sam, tranquila ya prepare la comida, ve y alístate que se te hace tarde para la escuela.
— buenos dias y gracias. — Sam salio corriendo a su habitación y se arreglo lo mas rápido que pudo, tomo su mochila, le dio un beso a su hermano y a su abuela y salio de la casa, ya era tarde, y hoy tenía un examen a primera hora, corrió cómo pudo a la parada del camión, espero y espero y nada, odiaba tanto los camiones, no sabia que hacer, no llegaría si tardaba mas, ya eran las doce y entraba a la una.
Miraba y miraba y nada, estaba pensando pedir un uber pero no tenía dinero, miraba los precios y no le favorecían, en eso escucha el claxon de un carro que la hace levantar la mirada, y ve un carro rojo parado frente a ella, ve que la ventana del auto baja y un chico pelinegro, de tez blanca y pecoso se asoma. Samanta podía jurar que lo vio brillar.
— ¿necesitas que te lleve? — preguntó el chico, una sonrisa adormaba su rostro, samanta penso que desprendía confianza y amabilidad, no sabia como era posible.
— voy a la prepa ¿vas para allá? — se acerco al carro para poder escucharle mejor.
— claro, ahí estudio, te he visto en los recesos así que supuse que necesitabas un aventon.