Xevia Lane

Habían pasado seis años desde la última vez que vi a Emris Gallagher.
Seis años desde aquella noche sentados sobre el capó de su motocicleta.
Seis años desde que me despedí de él sin saber que sería la última vez que escucharía su voz.
O al menos eso había creído.
La gente siempre decía que el tiempo curaba cualquier cosa.
Mentira.
El tiempo no cura.
Solo te enseña a vivir alrededor de las heridas.
Algunas se vuelven tan pequeñas que apenas las notas.
Otras siguen ahí, escondidas bajo la superficie, esperando el momento perfecto para recordarte que existen.
La mía tenía ojos color tormenta, un mechón rojo en el cabello y la sonrisa más bonita que había visto en toda mi vida.
Y, para mi desgracia, seguía apareciendo en mis pensamientos cuando menos lo esperaba.
──Lane, si sigues mirando esa taza de café como si te hubiera insultado, vamos a llegar tarde.
Parpadeé.
La voz de mi compañera me devolvió de golpe al interior de la ambulancia.
──Lo estaba considerando.
──¿Demandar al café?
──Golpearlo.
Ella soltó una carcajada.
Yo sonreí mientras daba otro sorbo.
Estaba frío.
Perfecto.
Porque nada decía "paramédica profesional" como sobrevivir a base de cafeína recalentada y tres horas de sueño.
La mañana había comenzado tranquila.
Demasiado tranquila.
Y después de cinco años trabajando en emergencias, había aprendido que eso nunca era una buena señal.
Nunca.
Porque cuando el universo te regalaba calma, normalmente era porque estaba preparando algo mucho peor.
Y aquella noche descubriría exactamente cuánto.
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La llamada de emergencia llegó cuarenta minutos después.
Una caída doméstica.
Nada grave.
Un hombre de sesenta años que había intentado cambiar una bombilla utilizando una silla plegable y una confianza excesiva en sus habilidades.
La combinación perfecta para terminar en una ambulancia.
──Te lo dije -dijo su esposa mientras nosotros lo ayudábamos a subir a la camilla-. Te dije que esperaras a mi hijo.
──Y yo te dije que estaba perfectamente.
──Harold, te caíste encima de la mesa del comedor.
──La mesa se movió.
Tuve que morderme el interior de la mejilla para no reírme.
Mi compañera ni siquiera lo intentó.
Durante los siguientes minutos soportamos una discusión matrimonial que probablemente llevaba desarrollándose más de treinta años.
Y, por primera vez en toda la mañana, me descubrí sonriendo de verdad.
Porque esas eran las emergencias que me gustaban.
Las que terminaban bien.
Las que permitían que alguien regresara a casa.
No todas tenían finales felices.
Lo había aprendido demasiado pronto.
Y de la manera más dolorosa posible.
Mi mirada descendió inconscientemente hasta las dos pequeñas mariposas tatuadas en mi muñeca.
Una roja.
Una negra.
Tragué saliva.
Algunas heridas aprendían a dormir.
Pero nunca desaparecían.
──¿Estás bien?
La voz de mi compañera me sacó de mis pensamientos.
Le dediqué una sonrisa rápida.
──Sí.
Era mentira.
Pero era una mentira que llevaba años perfeccionando.
Cuando terminé el turno, lo único que quería era llegar a casa, darme una ducha caliente y dormir durante las próximas doce horas.
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El turno terminó tres horas después.
Mi espalda lo sintió antes que mi reloj.
Salí de la ambulancia con los hombros tensos y la mente en blanco, ese tipo de agotamiento que no te permite ni pensar qué quieres cenar, solo llegar a casa.
El aire de la tarde era pesado, húmedo, típico de la ciudad.
Me acomodé la mochila sobre el hombro y revisé el teléfono sin mucho interés.
Dos mensajes.
Uno de mi hermano.
Otro de un grupo de trabajo.
Nada urgente.
Nada que no pudiera esperar.
Eso era lo que más me gustaba de los días tranquilos.
Podías fingir que el mundo no estaba a punto de romperse.
Caminé hacia la estación del metro, mezclándome con la gente que salía de oficinas, tiendas, vidas completamente distintas a la mía.
Algunos reían.
Otros discutían.
Yo solo avanzaba.
Siempre avanzaba.
Cuando llegué a mi parada, el edificio apareció entre la fila de construcciones como siempre lo hacía: silencioso, viejo en algunas esquinas, pero cálido de una forma extraña.
No era el edificio más moderno.
Ni el más bonito.
Pero era hogar.
Subí las escaleras lentamente, saludando con la cabeza a la señora del tercer piso que siempre estaba sentada con su perro en brazos.
──Buenas tardes, Xevia -dijo ella.
──Buenas tardes, señora Miller.
El perro levantó la cabeza y movió la cola.
Sonreí sin darme cuenta.
Kaiser.
Como siempre.
El ascensor estaba dañado desde hacía dos días, así que subí por las escaleras.
Segundo piso.
Tercer piso.
Cuarto piso.
Cada paso era automático, como si mi cuerpo ya supiera el camino sin necesidad de mí.
En el quinto piso el olor a comida casera se mezclaba con el ruido de una televisión encendida.
Vida normal.
Demasiado normal.
Mi mano ya estaba en el bolsillo buscando las llaves cuando escuché la voz desde el pasillo.
──¡Chica del 512!
Me giré.
La señora del apartamento 514 me hacía señas desde su puerta.
──¿Puedes ayudarme un segundo? El paquete es demasiado pesado.
Suspiré.
Dejé las llaves de lado.
──Voy.
Cinco minutos después estaba cargando una caja que claramente no había sido diseñada para una sola persona.
──Te debo una ──dijo ella.
──Me debe café.
──Trato hecho.
Sonreí otra vez.
Ese era el problema de vivir aquí.