Xevia Lane
El sonido llegó antes que la luz.
Un pitido constante… demasiado limpio… demasiado ordenado para encajar con lo último que recordaba.
Intenté abrir los ojos, pero era como si los párpados pesaran toneladas.
Había voces.
Lejanas.
Superpuestas.
Una de ellas me resultaba extrañamente familiar… aunque no lograba agarrarla del todo.
Como cuando recuerdas una canción sin recordar la letra.
Algo tiró de mí hacia arriba.
O tal vez fui yo la que estaba cayendo.
No lo sabía.
El cuerpo no respondía como debía.
Solo fragmentos.
Calor.
Humo.
Un niño aferrado a mi brazo.
──No te quites la máscara…
Mi propia voz sonaba distante en mi cabeza, como si no me perteneciera del todo.
Luego… un crujido.
Muy fuerte.
Demasiado cerca.
Y después… vacío.
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El pitido volvió a cambiar.
Más rápido.
Más insistente.
Algo frío rozó mi mano.
Instintivamente intenté moverme.
Mis dedos obedecieron apenas.
Una presión leve en el pecho.
No dolor.
Solo… peso.
Abrí los ojos.
O lo intenté.
La luz blanca me golpeó de inmediato, obligándome a parpadear varias veces.
Techo.
Luces de hospital.
Demasiado claras.
Demasiado reales.
Tragué saliva.
Seco.
Rasposo.
Intenté girar la cabeza.
Error.
Todo me dio una vuelta lenta, pesada.
Y entonces lo vi.
No del todo claro al principio.
Solo una silueta.
Oscura.
Quieto.
Observando.
Fruncí el ceño.
Mi mente tardó un segundo en conectar que no estaba sola.
Otro segundo más en entender que esa silueta no era un recuerdo del incendio.
Era real.
Parpadeé otra vez.
Y el rostro empezó a definirse.
Ojos.
Serios.
Fijos en mí.
Demasiado conocidos… aunque no entendía por qué.
Mi garganta se movió.
──Yo… ──intenté decir.
Pero la voz no salió bien.
Rota.
Aire seco.
Me obligué a tragar otra vez.
La imagen frente a mí no desapareció.
Seguía ahí.
Mirándome como si yo tuviera que recordar algo importante.
Y yo.. no sabía qué era.
Solo sabía que su presencia me provocaba una sensación extraña en el pecho.
Como un eco.
Como algo que estuvo ahí antes de que todo se rompiera.
Mis dedos se movieron apenas sobre la sábana.
Buscando estabilidad.
Buscando sentido.
Y lo único que logré pensar fue:
¿Por qué siento que ya lo conozco?
La primera voz que conseguí distinguir no fue la del hombre que estaba de pie junto a la cama.
Fue la de Noah.
──Ey… tranquila. Estás bien.
Giré apenas la cabeza hacia él.
Mi hermano estaba sentado en una silla de plástico, con los codos apoyados sobre las rodillas y el cabello completamente desordenado. Tenía los ojos rojos.
No por el humo.
Por haber llorado.
Eso me preocupó más que cualquier otra cosa.
Intenté sonreír.
Solo conseguí una mueca.
──¿Qué… pasó?
La garganta me ardía.
Cada palabra raspaba como papel de lija.
Noah soltó el aire despacio.
──Se incendió tu edificio.
Cerré los ojos.
Entonces los recuerdos empezaron a regresar en pequeños golpes.
La alarma.
Los vecinos.
La señora Miller.
Las escaleras.
Una mujer gritando.
"Mi hijo sigue arriba."
Abrí los ojos de golpe.
──¡El niño!
──Está vivo.
La respuesta llegó antes de que terminara de incorporarme.
Noah apoyó una mano sobre mi hombro para impedir que hiciera el esfuerzo.
──Lo mantuviste a salvo.
Respiré aliviada.
Sentí que todo el cuerpo perdía tensión.
Al menos había valido la pena.
Fue entonces cuando volví a mirar hacia el otro lado de la habitación.
El hombre seguía allí.
Alto.
Con el uniforme parcialmente abierto después de la intervención.
Las mangas remangadas hasta los antebrazos.
Una venda pequeña en el cuello.
Y unos ojos claros que llevaban demasiado tiempo observándome.
Fruncí ligeramente el ceño.
Había algo…
Algo inquietantemente conocido.
Como una fotografía vieja vista después de muchos años.
Pero mi cabeza seguía pesada.
Confusa.
No encontraba el recuerdo.
Miré a Noah.
──¿Quién es?
Mi hermano alternó la vista entre él y yo.
Su expresión cambió por completo.
Primero incredulidad.
Luego sorpresa.
Y finalmente una sonrisa nerviosa.
──¿Hablas en serio?
Lo miré sin entender.
──Claro que hablo en serio.
Noah soltó una risa corta, incapaz de creer lo que estaba pasando.
Después dirigió la vista al bombero.
──Creo que acaba de darte el golpe más duro de la noche, Gallagher.
El silencio que siguió fue absoluto.
Porque por primera vez desde que abrí los ojos…
escuche ese apellido.
Gallagher.
Y algo muy antiguo se estremeció dentro de mí.
¿Qué tan pequeño tenía que ser el mundo para que Emris Gallagher fuera el bombero que acababa de sacarme de un edificio en llamas?
Esto tenía que ser una broma.
Una muy cruel.
Durante seis años había aprendido a vivir con su ausencia. Había enterrado su recuerdo bajo turnos dobles, guardias interminables y pacientes que necesitaban más de mí de lo que yo podía dar.
Y ahora..despertaba en una cama de hospital para descubrir que había sido él quien me había cargado entre los brazos mientras yo ni siquiera era consciente de lo que ocurría.
Mi hermano llevaba años burlándose de mi ridículo enamoramiento adolescente.
Cada vez que me descubría mirando alguna motocicleta parecida a la suya.
Cada vez que sonaba una canción que él escuchaba.