ABIGAÍL:
El sol se deshacía detrás de las nubes grises cuando volví a cruzar las callejuelas mojadas de Blackwater Hollow. El aire denso, cargado de sal y humedad, me envolvía como una manta fría. El encuentro con aquel hombre en la playa aún vibraba en mi mente, persistente como un eco. Sus ojos desiguales, uno profundo como una tormenta sobre el mar, el otro gris como la niebla perpetua del pueblo, habían quedado estampados en mí. No lograba comprender qué había en esa mirada: ¿curiosidad? ¿Advertencia? ¿Las dos cosas mezcladas en un secreto imposible?
Sentía que algo suyo había quedado suspendido en el aire junto al rugido del mar. Algo que no sabía nombrar.
El sendero de regreso a casa era corto, pero pesado, como si las piedras bajo mis pies guardaran secretos acumulados durante generaciones. Las casas viejas parecían inclinarse hacia mí, observándome con sus ventanas empañadas y sus maderas hinchadas por la humedad. El olor a moho y salitre impregnaba todo. Los árboles, altos y retorcidos por el viento, se alzaban como figuras espectrales entre la bruma. Blackwater Hollow siempre susurraba, siempre escondía algo.
Y yo, sin quererlo, me sentía atrapada en ese murmullo.
Todo parecía al borde del derrumbe: el pueblo, mi familia, yo misma.
Al llegar a la puerta de la casa, siempre imponente, siempre fría, el aire pareció espesarse sobre mi pecho. Empujé la madera lentamente, como si el hogar mismo estuviera aguardando mi regreso.
Dentro, el silencio no era ausencia: era presencia. Un silencio denso, vigilante, capaz de amplificar cada pensamiento hasta volverlo ensordecedor. Me envolvía como una sombra que no soltaba. La luz filtrada por las cortinas gruesas apenas lograba romper la penumbra.
Al fondo, en la sala principal, mi madre estaba sentada en su sillón, examinando unos papeles. Su quietud era inquietante, como siempre. Mi padre, Gregor, permanecía en la penumbra, más sombra que hombre, observando todo sin parecer realmente presente.
—¿Dónde has estado? —la voz de Eleonora cortó el aire.
No era una pregunta. Era una sentencia disfrazada.
—Caminando por el pueblo —respondí. Intenté sonar natural, pero el pecho me pesaba.
Eleonora levantó la mirada. Sus ojos siempre parecían ver más de lo que mostraban. Asintió con lentitud, como si algo en mí estuviera siendo evaluado.
—Tienes que aprender a no perder el tiempo —dijo, suave e inflexible.
Una pausa se instaló entre nosotras, espesa. Luego añadió, con esa calma que siempre me inquietaba:
—He oído rumores. Forasteros. Una familia extraña que llegó hace unos días. Nadie los conoce. La gente dice que trajeron un aire de tormenta... y que su llegada despertó algo en este lugar. No quiero que te acerques a ellos. Aquí no se tolera a quienes vienen de afuera.
Mi inquietud creció. ¿A qué se refería? ¿Por qué todo debía ser un acertijo?
—No hagas caso a esas habladurías —intervino mi padre sin levantar la vista del libro.
No me tranquilizó. Un susurro escapó de mí antes de poder detenerlo:
—¿Y las desapariciones? ¿Las que ocurren cada cierto tiempo?
Nadie respondió. Nadie reaccionó. Como si no hubiera hablado.
Desde el umbral, Adrián levantó la cabeza. Su voz fue tranquila, pero contenía una extraña certeza.
—Las desapariciones son parte del ciclo, Abigaíl. Nadie te lo dirá, pero es así. La gente se va… y vuelve a pasar. Este lugar siempre cobra su precio.
Me recorrió un escalofrío. Su mirada era fría, calculadora… pero había un brillo en ella que no pude descifrar.
—No te preocupes —añadió, como si sus palabras pudieran consolar a alguien.
Necesitaba alejarme de todos ellos, aunque fuera por un instante. Con el corazón acelerado, me excusé en silencio y me dirigí a mi habitación. El pasillo, estrecho y lleno de sombras, parecía más largo que de costumbre. Al cerrar la puerta detrás de mí, sentí un leve alivio, como si aquel pequeño espacio fuera el único lugar del mundo donde podía permitirme respirar.
Encendí la lámpara junto a mi escritorio y dejé que la luz tibia barriera la penumbra. Mis libros, apilados sin orden en la mesita, parecían observarme. Los ojeé sin buscar realmente nada: viejas ediciones gastadas de novelas clásicas que había heredado, historias de mundos ajenos donde podía esconderme por un rato. No quería pensar en leyendas locales ni en la historia de mi familia; necesitaba evadir, perderme en palabras que no me recordaran quién se suponía que debía ser.
Pero ninguna palabra me calmó. El silencio de la casa era demasiado profundo, como si se filtrara por las grietas y vigilara desde todos los rincones.
Finalmente, incapaz de soportar la opresión que crecía dentro de mí, me levanté. Necesitaba salir, aunque fuera a enfrentar la tormenta, que afuera rugió con más fuerza. Las ventanas vibraban con el viento, la lluvia golpeaba como dedos insistentes. La atmósfera en la casa parecía volverse irrespirable.
Me levanté. Necesitaba salir. Aunque fuera solo para respirar.
La playa estaba a pocos minutos. Y aunque la niebla era espesa, era el único lugar donde sentía que el aire no me ahogaba. El sonido del mar, la arena negra bajo mis pies, el horizonte oculto por la bruma... todo eso me devolvía algo que el resto del pueblo me arrebataba.
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Editado: 05.06.2026