Arena Negra

Capítulo 3

ABIGAÍL:

La lluvia de la noche anterior había dejado un aroma fresco y ligeramente metálico en el aire, mezclado con el salitre del océano que parecía envolver cada rincón de Blackwater Hollow. Caminaba por las calles adoquinadas del pueblo con el abrigo bien ceñido, sintiendo el frío calarme hasta los huesos. Era más temprano de lo habitual, pero después de la tensa conversación con Adrián, la idea de quedarme en casa resultaba intolerable.

Me dirigía hacia la biblioteca, mi refugio silencioso, un lugar donde los días transcurrían entre estanterías polvorientas y murmullos apagados. Pero aquella mañana, un impulso inesperado desvió mis pasos hacia la cafetería del pueblo. Quería una pausa, un momento para ordenar mis pensamientos.

La cafetería, pequeña y acogedora, tenía los ventanales empañados y un letrero torcido que se mecía con el viento. El aroma a café recién hecho me envolvió en cuanto crucé la puerta. A veces, ese lugar era lo único que lograba hacerme sentir parte de algo, aunque fuera por unos minutos.

—¿Lo de siempre, Abby? —preguntó Martha, la camarera, con su sonrisa cálida y sus rizos escapando bajo el gorro blanco.

—Sí, por favor —respondí, devolviéndole una breve sonrisa.

Elegí una mesa junto a la ventana, desde donde podía ver las calles aún mojadas. Afuera, el pueblo parecía suspendido en un letargo gris. Intenté concentrarme en el movimiento pausado de los transeúntes, en la normalidad aparente que tanto ansiaba sentir.

Entonces los vi.

Entraron juntos, un hombre y una mujer. Sus abrigos oscuros absorbían la luz, convirtiéndolos en figuras casi espectrales. Había algo en la forma en que se movían, una elegancia contenida, casi demasiado perfecta para un lugar como Blackwater Hollow.

El hombre, quizá algunos años mayor que yo, tenía el cabello oscuro revuelto por el viento y el porte sereno de alguien que jamás pierde el control. Pero fueron sus ojos los que me paralizaron: uno azul claro, casi luminoso; el otro gris, tan pálido como la niebla que cubría el pueblo por las mañanas.

A su lado, la mujer parecía frágil y etérea, pero había en ella una tensión escondida, una sutileza en sus gestos que delataba una fuerza silenciosa. Sus ojos analizaban todo con precisión quirúrgica.

Intenté apartar la vista, pero era imposible no mirarlos.

El hombre giró la cabeza y su mirada se encontró con la mía. Sentí algo tensarse dentro de mí, como si un hilo invisible se hubiese estirado desde lo más profundo de mi pecho. No era solo su mirada heterocrómica… era la intensidad con la que parecía observarme, como si buscara algo.

Me apresuré a bajar la vista cuando Martha dejó el café sobre mi mesa. Pero mi atención regresó inevitablemente a ellos.

Se sentaron al otro extremo del local. La mujer habló con Martha en el mostrador mientras él permanecía quieto, demasiado quieto, sin dejar de vigilarme. No era una amenaza, pero tampoco era indiferencia. Era un reconocimiento que no comprendía.

Tomé un sorbo de café, intentando controlar el temblor en mis manos.

Y entonces él habló.

—¿Nos conocemos?

Su voz, baja y firme, me atravesó como una hoja fría. Alcé la vista. Estaba inclinado hacia un lado, estudiándome con paciencia casi depredadora.

Negué lentamente. No confiaba en mi voz.

—Perdón. Pensé que tal vez… —murmuró, dejando que el silencio completara su frase.

La mujer regresó a su mesa y el momento se rompió. Aun así, su mirada permaneció en la mía un segundo más, como si quisiera memorizar algo.

Terminé mi café con rapidez y salí al exterior. El aire helado me golpeó el rostro, pero no logró borrar la sensación de que ese encuentro había removido algo dentro de mí.

Mientras caminaba hacia la biblioteca, con los adoquines húmedos bajo mis botas, no pude sacudirme la impresión de que aquel hombre había dejado una marca invisible en mi conciencia. Ese extraño, con sus ojos desiguales y su presencia inquietante, parecía haber despertado algo que no sabía cómo nombrar.

Aunque intenté ignorarlo, su mirada seguía persiguiéndome, aferrándose a mí incluso bajo la luz grisácea del día.




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