ABIGAIL:
La biblioteca de Blackwater Hollow se alzaba al final de una calle empedrada, como un santuario antiguo resistiendo a la humedad perpetua del pueblo. Sus muros oscuros parecían absorber la niebla, y las ventanas, eternamente empañadas, solo dejaban pasar una luz débil, casi resignada. Los crujidos del techo acompañaban cada soplo de viento, como si el edificio respirara con una vida propia.
Entré con una mezcla de alivio y desasosiego. Igual que siempre, la biblioteca era mi refugio… pero aquel día la sensación no me alcanzó del todo. La imagen del hombre de los ojos heterocrómicos (ese extraño que parecía surgir de la niebla misma) continuaba persiguiéndome desde la cafetería. Había un eco de su mirada rondando en mi mente, un eco que se mezclaba con la inquietud creciente que sentía desde la playa.
La puerta se cerró tras de mí con un sonido hueco. Saludé a la señora Helene, la bibliotecaria principal, una mujer mayor de cabello blanco recogido en un moño severo. Apenas levantó la vista de su libro para devolverme el saludo con un leve asentimiento. Siempre parecía sumergida en otro mundo, como si lo que había entre las páginas fuese más real que la vida misma.
Me dirigí al mostrador para comenzar mi rutina. El olor a papel antiguo y barniz me envolvió, y por un momento intenté aferrarme a la calma que ese aroma solía brindarme. Ordené algunos libros devueltos, dejando que el movimiento repetitivo de mis manos me distrajera, pero la intranquilidad no desapareció.
El tintineo de la campana sobre la puerta rompió el silencio. Levanté la vista y vi entrar al señor Whitaker, un pescador retirado. Su chaqueta de lana desprendía olor a sal y humo, como si acabara de venir del muelle aunque hacía años que no salía al mar. Su expresión, normalmente tranquila, estaba marcada por una tensión que no había visto antes.
—Buen día, Abigail —dijo con voz grave.
—Buen día, señor Whitaker. ¿Lo ayudo con algo?
—Necesito un mapa del litoral. Uno de los antiguos —respondió, sin mirarme realmente.
Lo guié hacia la sección de mapas. Mientras revisaba los estantes, noté que su mirada se perdía en las ventanas empañadas, como si intentara distinguir algo detrás de la neblina.
—¿Todo está bien? —pregunté.
Whitaker tardó en responder. Su voz salió baja, casi un susurro.
—Hay algo raro en el aire estos días. No sé qué es… pero no me gusta.
Un escalofrío me subió por la espalda. No insistí. Le entregué el mapa y él se alejó sin decir más.
Cuando regresé al mostrador, encontré a Emily, una voluntaria del pueblo y conocida mía desde la secundaria, colocando un fajo de papeles. Tenía los ojos hinchados y la piel demasiado pálida.
—¿Puedo dejar estos aquí? —preguntó.
—Claro. ¿Qué son?
—Volantes. Michael Reed desapareció hace tres días.
El nombre cayó como un golpe seco en mi pecho.
Tomé uno de los volantes. El rostro del chico (ojos claros, cabello castaño, sonrisa fácil) parecía sacado de un recuerdo reciente. Ahora era solo una sombra impresa.
—Es tan injusto —murmuró Emily, con la voz quebrada—. Y nadie hace nada. Nadie dice nada. Como si… como si fuera normal.
—Emily… —intenté, pero ella ya estaba temblando.
—Michael era mi amigo, Abby. Y sé que algo le pasó. No simplemente desapareció. Algo lo tomó.
Sus palabras tenían un peso que me dejó sin habla. La forma en que lo dijo… esa certeza… resonó en mí, como si mi cuerpo reconociera una verdad que mi mente aún no alcanzaba.
—Si escuchas algo… lo que sea… dímelo, ¿sí? —pidió con una súplica silenciosa.
Asentí, aunque no sabía qué podría encontrar. Emily salió apresurada, dejando tras ella una sensación de urgencia que se instaló profundamente en mi pecho.
La puerta volvió a abrirse. Sentí el escalofrío antes de verlo.
Él entró acompañado de la misma mujer que lo había acompañado en la cafetería. La pareja avanzó con una quietud perturbadora, una sincronía que no parecía humana. El hombre dejó que su mirada desigual recorriera la sala antes de posarla en mí.
Mi respiración falló.
—Buenos días —saludó con voz baja, profunda.
—B-buenos días —murmuré.
La mujer sonrió con amabilidad, pero había algo en ella… algo distante. Algo que observaba demasiado.
—Buscamos libros sobre la historia del pueblo —dijo.
Los guié hacia la sección correspondiente. Desde el mostrador, los observé. La mujer hojeaba libros sin verdadera atención. Él, en cambio… él se inclinaba sobre un tomo grueso con una delicadeza inquietante, como si las páginas pudieran quebrarse bajo su tacto.
Pero no podía dejar de mirarlo. No podía dejar de sentirlo. Cuando regresó al mostrador, llevaba el libro en la mano.
—¿Debo registrarlo? —preguntó.
—Si planeas llevarlo, sí —respondí. Mi voz sonaba más frágil de lo que esperaba.
—Planeo hacerlo —dijo. Era imposible descifrar si aquel tono era una afirmación o una advertencia.
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Editado: 05.06.2026