ABIGAIL:
El final de la jornada dejó en mí un cansancio que parecía filtrarse en los huesos, un eco monótono que se mezclaba con la humedad perpetua de Blackwater Hollow. Salí de la biblioteca cuando el sol agonizaba detrás de un cielo grisáceo, tiñendo las nubes de un naranja apagado. El aire estaba pesado, cargado de sal y niebla, y cada brisa que rozaba mi piel me recordaba cuán lejos estábamos del mundo más allá del mar.
Caminé por las calles adoquinadas, mis pasos resonando en el silencio habitual del pueblo. Las casas, con sus cortinas opacas y ventanas cerradas, parecían ojos fatigados que observaban sin ver, atrapadas en una quietud tensa. En la plaza, un grupo de niños jugaba entre murmullos, vigilados por padres que parecían ausentes, como si la escena fuese solo una ilusión frágil que podía romperse con un soplo.
Estaba por doblar hacia mi calle cuando una figura apareció en la esquina. Emily. Su rostro, normalmente luminoso, estaba ahora marcado por ojeras profundas y una angustia apenas contenida. En su mano, una libreta temblaba.
—Abby… ¿puedes hablar un momento? —susurró, como si temiera que el propio aire estuviera escuchando.
Asentí y nos apartamos hacia un rincón entre dos casas, lejos de cualquier mirada curiosa. Emily abrió su libreta con dedos temblorosos. Sus páginas estaban llenas de nombres, fechas, dibujos de calles y senderos; mapas rudimentarios del pueblo. En el centro, un nombre subrayado con insistencia: Michael Reed.
—Esto es sobre las desapariciones —dijo en voz baja—. Michael no es el único. Hay un patrón, Abby. Siempre ocurre cerca de ciertos lugares… y creo que… —miró alrededor con inquietud—, creo que está conectado con algo de lo que nadie quiere hablar.
Sentí un nudo formarse en mi estómago. Había escuchado historias, rumores, leyendas tejidas entre los jóvenes del pueblo; y aunque muchos las tomaban por supersticiones, yo llevaba años viendo el patrón que los demás preferían ignorar. Ahora, con la libreta de Emily frente a mí, parecían tomar forma; como si los susurros cobrasen vida.
—¿Por qué me lo muestras a mí? —pregunté, aunque una parte de mí ya intuía la respuesta.
Emily clavó sus ojos en los míos.
—Porque tú también lo sientes, ¿verdad? —susurró—. Lo vi en tu cara cuando hablé de Michael. Tú… tú no eres como los demás, Abby. Sabes que algo no está bien aquí. Y tú lo sabes desde antes de que esto empezara.
No supe qué decir. Mi silencio pareció bastarle. Emily cerró la libreta con un movimiento tenso.
—Solo… ten cuidado. Y si ves algo, lo que sea… dímelo.
Asentí, sin encontrar palabras. Emily se alejó rápidamente, consumida por la urgencia, dejando tras de sí un vacío inquietante.
Me quedé inmóvil unos segundos, con el peso de sus palabras oprimiéndome el pecho. Cuando volví a caminar, mis pies avanzaron por cuenta propia; y para cuando reaccioné, estaba siguiendo el sendero que llevaba a la iglesia abandonada.
El camino serpenteaba entre colinas cubiertas de hierba alta, donde el viento hacía susurrar las briznas como voces distantes. La niebla se deslizaba entre los árboles desnudos, abrazando el paisaje como una criatura silenciosa. El olor a tierra mojada se mezclaba con el salitre del mar, creando una fragancia fría y primigenio.
La iglesia se alzó ante mí como un gigante olvidado, envuelta en un velo de niebla que parecía moverse con vida propia. Sus puertas de madera, desgastadas y astilladas, eran dos guardianes cansados de sostener secretos que nadie debía escuchar. A través de las ventanas rotas, solo se veía oscuridad.
Empujé la puerta. Un chirrido prolongado rasgó el silencio, como un lamento que llevaba demasiado tiempo atrapado. Dentro, el aire era pesado, saturado del olor a madera podrida y humedad. La penumbra se aferraba a las paredes de piedra, y mis pasos resonaron en el suelo vacío.
Entonces lo vi.
Una figura emergió de las sombras al final del pasillo.
Mi corazón se detuvo por un instante.
Era él.
El hombre de los ojos dispares. El desconocido que parecía seguirme desde la playa, desde la cafetería… desde algo más profundo.
Su presencia llenaba el espacio, desplazando el aire. Había algo en él que hacía que el mundo se estrechara, como si todo lo demás se retirara para dejarlo a él existir.
—No esperaba encontrar a nadie aquí —dije, intentando que mi voz no revelara mi sorpresa.
—No suelo encontrar a nadie cuando entro en lugares así —respondió con una media sonrisa, avanzando un paso hacia mí. Sus movimientos eran lentos, precisos, casi rituales. —. Supongo que es un buen sitio para aclarar la mente —añadió—. O para escapar.
—¿Huir de qué? —pregunté.
—De las preguntas que no quieres responder —dijo, con una calma desconcertante—. O de las respuestas que no quieres escuchar.
Sus palabras me atravesaron como una brisa fría. Había algo en la forma en que hablaba, en la cadencia profunda de su voz, que parecía tocar lugares dentro de mí que yo misma desconocía.
—Pareces tener muchas respuestas para alguien que no sabe nada de mí —murmuré.
#1016 en Thriller
#438 en Misterio
#2038 en Fantasía
#930 en Personajes sobrenaturales
Editado: 05.06.2026