ISTVÁN:
La niebla parecía un animal vivo, enroscándose en cada rincón de Blackwater Hollow mientras avanzaba hacia la casa donde mi familia y yo habíamos decidido establecer nuestro campamento temporal. A pesar de la preparación exhaustiva que mis padres nos habían brindado antes de llegar aquí, nada había podido anticipar la opresión constante de este lugar. Me habían advertido sobre el silencio, la desconfianza de los locales, las calles que parecían ser prisioneras de un tiempo estancado. Pero estar aquí era diferente; el pueblo tenía una forma de absorberte, de volverse parte de ti, hasta que comenzabas a cuestionar dónde terminabas tú y dónde empezaba este lugar.
Al cruzar la puerta de madera desgastada, el crujido resonó como una advertencia en el aire pesado. El calor de la chimenea me recibió, junto con el murmullo bajo de Zsófia, que estaba sentada a la mesa con un montón de papeles desparramados frente a ella. Sus cabellos oscuros y ondulados caían sobre sus hombros, enmarcando un rostro de rasgos afilados que parecía esculpido para transmitir una mezcla constante de desafío y misterio. Sus ojos, de un marrón profundo que capturaba la luz de la chimenea como si guardaran pequeños fuegos secretos, se levantaron brevemente para encontrar los míos, y una chispa de burla destelló en su expresión mientras tamborileaba los dedos contra la mesa con una cadencia casi hipnótica.
—¿Tardaste tanto porque estabas admirando el paisaje o porque encontraste algo que valiera la pena? —preguntó, su tono mordaz como de costumbre.
Dejé caer mi abrigo en el perchero y me senté frente a la chimenea, sin responder de inmediato. Sabía que mi silencio la irritaría más que cualquier respuesta ingeniosa.
—¿Y bien? —insistió, cruzando los brazos mientras inclinaba la cabeza ligeramente hacia un lado, esperando algo, cualquier cosa que pudiera avivar su diversión.
—El paisaje no cambia, pero las sombras son interesantes —respondí finalmente, dejando que mis palabras fueran tan ambiguas como ella deseara interpretarlas. Sabía que no se rendiría fácilmente.
La verdad era que mi mente seguía atrapada en los ojos de Abigail. Esa chispa en su mirada, la forma en que parecía contener algo que quería gritar pero no podía. Era como si llevara un secreto demasiado grande para ella sola. Había algo en esa vulnerabilidad que me inquietaba.
Zsófia se levantó de su asiento, caminando hacia la chimenea con una gracia calculada. La luz del fuego acentuaba sus facciones angulosas, su expresión que siempre oscilaba entre la diversión y la crítica.
—La gente aquí es curiosa —dijo, rompiendo el silencio—. Hoy vimos a esa chica colocando volantes en la biblioteca también. Estaba tan desesperada que parecía que cada hoja que pegaba llevaba una parte de su esperanza. ¿Crees que esas desapariciones significan algo para ellos? —Su tono era ligero, pero sabía que había algo más detrás de sus palabras.
—¿Qué decían los volantes? —pregunté, aunque ya lo sabía por los que vi con más detenimiento del que debería. La imagen de los papeles descoloridos y las palabras "Michael Reed" seguían frescas en mi memoria, como un eco persistente de la desesperación de esa chica.
—Michael Reed. Otro nombre, otro rostro perdido. Como si pegar papeles fuera a devolverlo. —Zsófia suspiró, apoyándose contra la pared. Luego, su mirada se posó en mí, más inquisitiva que antes—. Es curioso, István. Tú siempre ves lo que los demás pasan por alto. Tus ojos no dejan escapar nada.
Sus palabras eran un reconocimiento velado de mi heterocromía, un rasgo que siempre había sido tanto una herramienta como un peso. Pero Zsófia rara vez se detenía ahí.
—Siempre me pregunto cómo funciona... eso que tienes. Descifrar más de lo que el resto de nosotros podemos —añadió, con un tono casi casual.
Antes de que pudiera responder, la voz de nuestro padre, Viktor, llenó el espacio desde su rincón junto a la ventana.
—La gente de este pueblo está acostumbrada a ignorar lo que sucede frente a sus narices —dijo, sin apartar la mirada del exterior. Su voz era baja, casi un murmullo, pero cada palabra llevaba el peso de una sentencia—. No se preocupan por lo que no pueden entender. Solo actúan como si nada hubiera pasado.
Mis ojos se dirigieron hacia él. Su figura, recortada contra la penumbra, parecía tan imponente como siempre. Mi madre, Ilona, estaba a su lado, vertiendo té en una pequeña taza de porcelana con movimientos tan precisos que parecían un ritual.
—Entonces, ¿deberíamos hacer lo mismo? —pregunté, sabiendo que la provocación en mi tono no pasaría desapercibida.
Viktor giró su rostro hacia mí lentamente. Sus ojos, oscuros e insondables, me estudiaron con una intensidad que nunca lograba descifrar del todo.
—No estamos aquí para actuar como ellos. Pero tampoco para llamar la atención innecesariamente. Tus ojos, István, pueden ser un don y una carga. Recuerda por qué estamos aquí y úsalo sabiamente.
El silencio que siguió fue denso, cortado solo por el leve tintineo de la cuchara de Ilona al remover su té. Zsófia, buscando disipar la tensión, se dejó caer en el sofá frente a la chimenea con un suspiro exagerado.
—¿Y qué hay de la chica de la cafetería? —preguntó de repente, con una sonrisa maliciosa que no se molestó en ocultar—. ¿Fue interesante o solo otra cara más en este pueblo aburrido?
#1146 en Thriller
#497 en Misterio
#2197 en Fantasía
#940 en Personajes sobrenaturales
Editado: 24.06.2026