ISTVÁN:
La noche en Blackwater Hollow tenía una forma peculiar de respirar. La niebla se deslizaba como un animal sigiloso por las calles angostas, aferrándose a las paredes húmedas como si quisiera escuchar los secretos de quienes caminaban entre sus sombras. Yo avanzaba por ellas con paso deliberado, dejando que el aire frío rozara mi piel y afinara mis sentidos. En este pueblo, incluso el silencio parecía observar.
Las palabras de mi padre resonaban todavía en mi mente. "No bajes la guardia. Este lugar tiene ojos que no ven, pero sienten." Su advertencia, pronunciada mientras afilaba su daga con movimientos precisos, se había clavado en mi memoria. Con Zsófia, nada era tan claro; su sarcasmo encubría inquietud, una que solo yo podía reconocer en la forma en que tamborileaba los dedos cuando intentaba ocultar tensión.
Blackwater Hollow no era como los otros pueblos que habíamos estudiado. Había una quietud enrarecida, un pulso contenido bajo la superficie. Y aunque mi familia sabía lo que buscaba, yo no podía evitar sentir que había algo más escondido en esa calma, algo que no se dejaba ver con facilidad.
Mi mirada se perdió en el vaivén de las hojas arrastradas por el viento, hasta que una figura emergió de entre la niebla. La luz de una farola la delineó poco a poco, como si la noche misma decidiera revelarla.
Abigail Barker.
Su paso era ligero, pero su postura cargaba un peso invisible, algo que parecía envolverla como un aura silenciosa. Me detuve por un instante, observándola. Había algo en ella que me atraía y desconcertaba por igual, una mezcla extraña de vulnerabilidad y resistencia.
Me acerqué, permitiendo que mis pasos fueran audibles solo cuando ya estaba lo suficientemente cerca.
—¿Eres tú quien suele perderse en sus pensamientos, o son ellos los que te llevan a lugares como este? —pregunté, con una sonrisa tenue que apenas rozó mis labios.
Abigail se detuvo. Sus ojos oscuros se encontraron con los míos, y algo en ellos pareció tensarse y abrirse al mismo tiempo.
—Tal vez un poco de ambas —respondió, con una sonrisa contenida—. Aunque, si mal no recuerdo, tú parecías bastante perdido en la iglesia.
La risa escapó de mí, suave, casi inaudible.
—Quizá todos nos perdemos un poco en este pueblo —murmuré—. La pregunta es si es el lugar… o nosotros.
Su ceja se arqueó con una elegancia sutil.
—¿Eso significa que piensas quedarte el tiempo suficiente para averiguarlo? —preguntó, una mezcla entre desafío y curiosidad brillando en sus palabras.
Su aroma llegó a mí entonces. No era solo el salitre ni el aire húmedo. Había un matiz cálido, dulce, como madera fresca y especias suaves. Una fragancia que no pertenecía a Blackwater Hollow, y quizá por eso me resultaba tan perturbadora.
—Quizá —respondí—. Aunque no sé si las respuestas que busco están aquí.
Abigail cruzó los brazos, y esa simple postura reveló más de lo que decía. Había dudas en ella, sí, pero también una fuerza tensa, como si luchara contra algo que no lograba nombrar.
—Por cierto… nunca me presenté como se debe —dije, inclinando apenas la cabeza—. Soy István. István Kováts.
Ella repitió mi nombre en voz baja. No era lo que dijo, sino cómo lo dijo: como si probara una palabra que podía quedarse atrapada en la piel.
—István… Suena diferente. ¿De dónde eres?
—Hungría —respondí—. Pero después de tantos viajes, ya no sé si importa.
—Soy Abby… digo, Abigail Barker —añadió de prisa, sonrojándose.
Sonreí sin poder evitarlo.
—Lo sé —escapó de mis labios antes de poder detenerme.
Su mirada se tornó alerta.
—¿Cómo se supone que lo sabes? —preguntó, con un filo que antes no estaba.
—En la biblioteca —respondí—. Llevabas un gafete.
Abigail parpadeó, ruborizada.
—Claro… qué tonta.
Antes de que pudiera decir algo más, una presencia se deslizó a mi periferia, afilada y tensa.
—¿Así que tú eres el misterioso forastero? —dijo una voz cargada de desafío.
Adrián Barker.
Apareció desde la sombra como si emergiera de ella. El uniforme de policía era casi decorativo; su verdadera autoridad estaba en la forma en que caminaba, en sus ojos evaluándome como si ya hubiera decidido mi veredicto.
—¿Te está molestando? —preguntó, sin apartar su mirada de mí.
—No, Adrián. Estábamos… hablando —dijo Abigail, firme pero nerviosa.
Él se acercó un paso más. Su presencia llenó el espacio como un golpe de aire frío. Su mirada recorrió mis ojos, deteniéndose solo un segundo en mi heterocromía.
Fue suficiente.
—Soy Adrián Barker. Oficial de policía —dijo, con un énfasis innecesario—. Y no te he visto antes. ¿Qué te trae aquí?
—Cosas familiares —respondí con calma.
Un músculo en su mandíbula se tensó.
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Editado: 24.06.2026