Arena Negra

Capítulo 8

ABIGAIL:

El sol brillaba con una intensidad imposible para Blackwater Hollow, como si alguien hubiera tomado un fragmento de un mundo ajeno y lo hubiese incrustado en el mío. La playa resplandecía bajo una luz dorada que no pertenecía a este pueblo. Las olas danzaban en un azul casi líquido, vibrante, demasiado hermoso para ser real. Caminé descalza, sintiendo cómo la arena tibia me envolvía los pies, y el viento cargado de un aroma dulce (sal mezclada con flores que jamás crecían aquí) me acariciaba la piel como una promesa.

La niebla se disipó apenas un instante. Y entre su velo deshilachado… apareció él.

Su figura avanzaba como si emergiera de un sueño antiguo. La luz bañaba su silueta, pero las sombras parecían aferrarse a él, obedeciéndolo. Sus ojos heterocrómicos brillaban con una intensidad imposible: uno como un océano embravecido, el otro como un cielo a punto de quebrarse. Mis pies se movieron hacia él sin permiso, guiados por un impulso que no entendía.

Cuando quedamos frente a frente, el mundo pareció suspender su respiración. Él alzó una mano y rozó el dorso de la mía con una suavidad que encendió cada fibra de mi cuerpo. Una corriente recorrió mi piel como fuego líquido. Su aroma, madera ahumada, especias cálidas y algo más, algo nocturno, me envolvió hasta marearme.

Abrí los labios para hablar, pero el sonido murió antes de nacer. La expresión de él cambió. Algo lo tensó, un aviso que intentó darme, pero…

La luz se apagó.
Como si alguien hubiese arrancado de golpe al sol del cielo.

Las sombras se estiraron, devorando la playa. El aire se volvió gélido. El aroma dulce se transformó en un hedor metálico, húmedo, como tierra recién removida sobre una tumba. Lo busqué, desesperada, pero él ya no estaba.

A lo lejos, una figura apareció entre la oscuridad: una chica corriendo, jadeando, como si huyera de la misma noche. Había algo en ella… familiar. Algo que me oprimió el pecho sin explicación. Intenté correr hacia ella, pero mis piernas parecían hundirse en la arena, ahora fría y pegajosa como barro.

Y entonces la criatura surgió.

Un cuerpo que no pertenecía a ninguna forma conocida, moviéndose con una gracia antinatural. Donde debía haber un rostro, solo había una sombra vibrante, excepto por dos ojos ígneos, hambrientos, que desgarraban la oscuridad. Se abalanzó sobre la chica con una velocidad imposible. El grito se ahogó en un instante.
Vi cómo su cuerpo se deshacía, convertido en un polvo luminoso que el viento esparció como si jamás hubiera existido.

Quise gritar.
Quise correr.
No pude.

Desperté de golpe.

Mi respiración era caótica, mis manos temblaban, y el sudor frío me pegaba el cabello a la frente. La habitación estaba oscura, pero el aire tenía una densidad extraña, como si algo del sueño hubiese cruzado conmigo.

Entonces un grito real; agudo, desgarrador, rompió el silencio nocturno.

Me levanté sin pensar, aún con el pijama rosa, y corrí hacia la ventana. Abajo, en la calle, una mujer lloraba histéricamente señalando el vacío. Las puertas comenzaron a abrirse, los vecinos saliendo con pasos lentos, murmullos contenidos… y esa calma inquietante en los adultos, tan antinatural, tan propia de este pueblo.

Bajé a la calle.
Emily estaba allí. Pálida. Con un volante arrugado temblando entre sus manos.

—Era una chica —susurró con la voz quebrada—. La vi… estaba justo aquí. Y ahora… ¡Abby, ahora no está!

Su terror se filtró directamente a mi piel. Antes de que pudiera responder, llegaron los autos policiales. Las luces iluminaron el caos en destellos azules y rojos.

Mi hermano tomó el control inmediatamente.
Adrián Barker.
Impecable. Frío. Cada orden que daba se ejecutaba con precisión. La multitud vibraba entre miedo y desconcierto.

Emily intentó explicar.

—La vi desaparecer… como si… como si algo la absorbiera.

Adrián la escuchó con esa mezcla de escepticismo y rigidez profesional. Yo lo conocía demasiado: esa expresión significaba que la información no encajaba con nada que quisiera creer.

Pero mi atención se desvió.

Allí.
Quieto.
Observándolo todo.

El hombre de los ojos desiguales. Su presencia destacaba entre la confusión. No miraba como los demás. No buscaba explicaciones humanas. Su mirada… no era humana. Había algo antinatural en ella, algo que me hizo pensar en los ojos ígneos de la criatura de mi sueño. No buscaba pistas: parecía reconocer el vacío que había dejado la chica, como si fuese un eco de sí mismo… como si estuviera viendo su propio rastro.

Nuestros ojos se encontraron.
Y mi cuerpo dejó de moverse.

Había algo en su mirada: una pregunta, una advertencia… una certeza.

Emily me tocó el brazo.

—Abby, ¿estás bien?

No supe qué responder. Cuando volví a mirar la esquina donde él estaba… ya no había nadie.
Como si se hubiese desvanecido con las sombras.

El aire seguía pesado. Mi corazón seguía acelerado. Y, por primera vez, sentí con absoluta claridad que algo, él, mi sueño, la desaparición; formaba parte de una misma oscuridad. Una que apenas comenzaba a despertar.




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