Arena Negra

Capítulo 9

ABIGAIL:

El aire de la mañana estaba denso, saturado de humedad, como si la tormenta de la noche anterior se hubiese quedado suspendida, aferrándose al pueblo con uñas invisibles. Caminaba por las calles de Blackwater Hollow con pasos lentos, arrastrando aún el eco inquietante de mis sueños. Las imágenes del monstruo, los ojos voraces y el cuerpo de la joven convirtiéndose en polvo luminoso, me perseguían como una sombra adherida a mi espalda.

Mi destino era el hospital. Emily había sido ingresada tras lo ocurrido durante la noche. No podía borrar de mi mente su grito, ni la expresión de puro terror que había deformado su rostro. Su manera de temblar, de aferrarse a sus palabras como si pudiera deshacerse si las soltaba.

El hospital se erguía ante mí, un edificio de piedra desgastada, sus ventanas reflejando una luz fría y sin vida. Cada paso hacia él parecía hundirme en una sensación más profunda de desamparo. Empujé las puertas, dejando que el olor antiséptico mezclado con humedad me envolviera.

Una enfermera me guio hasta la habitación donde Emily descansaba. La encontré sentada junto a la ventana, su mirada perdida en un punto indefinible del horizonte. Su rostro, habitualmente lleno de vida, lucía apagado, marcado por el cansancio y el miedo.

—Emily —susurré mientras me acercaba.

Ella giró la cabeza con lentitud. Sus ojos estaban vidriosos, como si el terror hubiera drenado toda la luz en ellos. Me senté a su lado sin romper el silencio, esperando que su voz encontrara el camino.

—Lo vi, Abby —dijo con un hilo de voz—. Vi cómo desaparecía. No fue algo normal… no fue humano.

Un escalofrío me recorrió la columna. Sus palabras eran un reflejo exacto de las imágenes que habían poblado mi sueño. Intenté hablar, pero la garganta se me cerró.

—¿Qué recuerdas? —pregunté finalmente.

Emily apretó las manos, entrelazando los dedos con fuerza.

—No lo sé… es como si mi mente quisiera borrarlo. Pero había algo… una ausencia. Como si algo arrancara a la gente del mundo.

Sentí un peso caer sobre mi pecho. "¿Y si mi sueño no era solo un sueño?".

Emily tomó una libreta de debajo de su almohada y me la extendió. Estaba llena de nombres, fechas y mapas rudimentarios del pueblo. En el centro, los nombres de las personas desaparecidas formaban un patrón tan claro como escalofriante.

—Esto lleva años ocurriendo, Abby. Meses investigando y nadie quiere escuchar. Las desapariciones siempre están ligadas a los mismos lugares: la playa, la iglesia abandonada, el hospital… este pueblo está lleno de secretos.

—¿Por qué no me lo dijiste antes? —pregunté con una mezcla de confusión y rabia.

—Porque nadie escucha —susurró—. Pero tú lo sientes. Tú sabes que algo anda mal.

No respondí. Las palabras se estrellaban contra mi mente como olas violentas. Hojeé la libreta con manos temblorosas. Los nombres parecían acumularse como un registro de destinos sellados.

—Esto ocurre cada dieciocho años —dije de pronto, sin saber de dónde venía esa certeza.

Emily abrió los ojos con asombro.

—¿Cómo lo sabes?

—No sé cómo explicarlo… solo lo sé.

Emily pareció aferrarse a mis palabras, como si le dieran una fuerza que había perdido. Coloqué mi mano sobre la suya, intentando transmitirle calma.

—No estás sola —murmuré—. Tal vez podamos descubrir juntas qué está pasando.

—Abby… ¿de verdad me crees?

—Sí. Ahora descansa, por favor.

Cuando salí del hospital, el aire fresco no alivió nada. El peso de la libreta y de todo lo que Emily había dicho seguía oprimiendo mi pecho, como si el pueblo mismo respirara encima de mí.

Mientras caminaba, mis pensamientos fueron hacia él. Hacia la figura que había visto la noche anterior observando a distancia, quieto, demasiado quieto. La imagen de István se mezcló con la del monstruo de mi sueño. "¿Qué sabe él? ¿Qué es él?".

El silencio del pueblo era antinatural. Las sombras parecían más largas, más densas. Cada sonido me hacía girar la cabeza con el corazón en la garganta.

Miré hacia atrás una última vez. El hospital se veía lejano, casi tragado por la niebla que comenzaba a deslizarse entre las calles.

De pronto, el cielo se oscureció de forma abrupta. Una cortina de lluvia cayó con violencia, empapándome al instante. Cada gota parecía pesada, como si cargara algo más que agua. El viento ululaba, arrastrando hojas y polvo en un torbellino.

Me quedé inmóvil, sintiendo la tormenta envolverme. Había algo dentro de mí que latía al mismo ritmo que el caos del cielo. Una conexión. Un desajuste. Un despertar.

“¿Qué está pasando conmigo?”

La pregunta me atravesó. Y mientras la lluvia seguía cayendo, supe que algo se estaba moviendo en Blackwater Hollow… y en mí.




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